miércoles, 13 de julio de 2011

DeLillo / Submundo




En el palco, J. Edgar Hoover se desembaraza de una página de revista que ha caído sobre su hombro, adhiriéndose a él. Al principio le irrita que el objeto haya entrado en contacto con su cuerpo. Luego, su mirada cae sobre la página. Es una reproducción en color de un cuadro atiborrado de figuras medievales agonizantes o muertas: un paisaje de desolación y ruina visionarias. Edgar nunca ha visto un cuadro como aquél. Cubre la página por completo y, sin duda, domina el contenido de la revista. Sobre la tierra rojiza y pardusca desfilan ejércitos de esqueletos. Hombres empalados en lanzas, colgados de horcas, clavados en ruedas de púas previamente aseguradas en árboles desnudos, cuerpos abiertos a los cuervos. Legiones de muertos que forman tras escudos hechos de tapas de ataúdes.




La muerte en persona a lomos de un jamelgo esquelético, en busca de sangre, la guadaña presta mientras acucia a aturdidas masas de gente en dirección a la entrada de quién sabe qué trampa mortal, una construcción extrañamente moderna que podría ser un túnel de metro o un pasillo de oficinas. Un fondo de cielos cenicientos y naves en llamas. Edgar no alberga dudas de que la página proviene de la revista Life, e intenta hacer acopio de indignación, preguntándose por qué una revista llamada Life querría reproducir un cuadro de dimensiones tan espeluznantes y espantosas. Pero no consigue apartar los ojos de la página. (…)




Los muertos han venido a llevarse a los vivos. Los muertos amortajados, los regimentados muertos a caballo, el esqueleto que toca el organillo.
Edgar permanece en el pasillo, encajando entre sí las dos páginas opuestas que componen la reproducción. La gente trepa sobre los asientos y grita roncamente en dirección al campo. Él no aparta las páginas de su rostro. No se había dado cuenta de que solo estaba viendo la mitad del cuadro hasta que la página de la izquierda descendió flotando y alcanzó a atisbar un trozo de terreno gris rojizo y un par de esqueletos humanos tañendo unas campanas. La página rozó el brazo de una mujer y se desvió para aterrizar sobre el pecho temeroso de Dios de Edgar. (…)


Edgar lee el cuadro de información que contiene la nueva página. Se trata de una obra del siglo XVI realizada por un maestro flamenco, Pieter Bruegel, y se titula El triunfo de la muerte.
Un título descarado, diría yo. Pero se siente intrigado, lo admite: la página izquierda podría ser mejor incluso que la derecha.
Estudia la carreta llena de calaveras. De pie en el pasillo, contempla al hombre desnudo perseguido por los perros. Observa el perro esquelético que mordisquea al bebé que la muerta sostiene en sus brazos. Son sabuesos flacos alargados y muertos de hambre, perros de guerra, perros infernales, perros de cementerio infestados de ácaros, de tumores perrunos y de cánceres caninos.
El querido Edgar, tan libre de gérmenes, el hombre que cuenta en su hogar con un sistema de filtrado de aire que vaporiza las motas de polvo, encuentra cierta fascinación en las úlceras, las lesiones y los cuerpos en descomposición, siempre y cuando su contacto con la fuente sea estrictamente pictórico.



Descubre la mitad de la escena a una segunda muerta montada por un esqueleto. La postura es de carácter incuestionablemente sexual.
Pero ¿está seguro Edgar de que la figura montada es una mujer o podría tratarse de un hombre? De pie en el pasillo, rodeado por la gente que no cesa de vitorear y con el rostro hundido entre las páginas. La página posee una inmediatez que le llama la atención. Sí, los muertos caen sobre los vivos. Pero comienza a darse cuenta de que los vivos son pecadores. Los jugadores de naipes, los amantes que juguetean, ve al rey envuelto por un manto de armiño y con su fortuna almacenada en toneles. Los muertos han venido a vaciar las cantimploras de vino, a servir calaveras en bandeja a la gente de bien durante el almuerzo. Ve gula, lujuria y codicia.





A Edgar le encanta todo esto, Edgar, Jedgar. Admítelo: te encanta. Hace que se le ponga de punta el vello corporal. Esqueletos con pollas ahusadas. Muertos tocando los timbales. Muertos enfundados en sacos de arpillera rebanándole el pescuezo a un peregrino.
Los colores de la carne y de la sangre y los cuerpos arremolinados, he aquí un censo de modos horribles de morir. Contempla el cielo abrasado a gran distancia, más allá de los promontorios de la página de la izquierda: Muerte en otros lugares, Conflagración en sitios diversos. Terror universal, las cornejas, los cuervos en silencioso planeo, el grajo encaramado a la grupa del jamelgo blanco, eternos blanco y negro, y piensa en una torre solitaria que se erige en el campo de pruebas de Kazajstán, la torre equipada con la bomba, y casi puede oír el viento al soplar a través de las estepas de Asia Central, allí donde el enemigo vive envuelto en largos abrigos y gorros de piel, hablando esa vieja y pesada lengua suya, grave y litúrgica.


¿Qué secreta historia están escribiendo? Está el secreto de la bomba y están los secretos que la bomba inspira, cosas que ni siquiera es capaz de intuir el Director –un hombre cuyo propio corazón secuestrado alberga cada supurante secreto del mundo occidental- debido a que tales maquinaciones se encuentran aún en desarrollo. Esto es lo que sabe, que el genio de la bomba está impreso no solo en su física de partículas y rayos sino en la ocasión que crea para otros nuevos secretos. Por cada detonación atmosférica, por cada atisbo que obtenemos de la fuerza desnuda de la naturaleza, ese extraño globo ocular desorbitado que explota sobre el desierto, por cada una de ellas calcula que hay un centenar de tramas que corren a enredarse y multiplicarse bajo tierra.



¿Y cual es la conexión entre Nosotros y Ellos, cuántos vínculos amontonados hallamos en el laberinto neutral? No basta con odiar a tu enemigo. Has de entender el modo en que tú y él llegáis a completaros profunda y mutuamente.
Los viejos muertos follándose a los vivos. Los muertos extrayendo ataúdes del suelo. Los muertos de la colina tañendo las viejas y ásperas campanas que repican por los pecados del mundo…

Don DeLillo  (Submundo)


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