No era la muerte, pues yo estaba de pie,
y todos los muertos, están acostados-
no era de noche, pues todas las campanas
agitaban sus badajos, a mediodía.
No había helada, pues en mi piel
sentí sirocos –reptar-
ni fuego –pues sólo mis pies de mármol
podían helar un santuario-
y sin embargo, se parecían a todas
las figuras que yo había visto
ordenadas, para un entierro,
rememoraba el mío-
como si mi vida fuera recortada,
y calzada en un marco,
y no pudiera respirar sin una llave,
y era como si fuera medianoche –ciertas
cuando todo lo que late –se detiene-
y el espacio mira a su alrededor-
la espeluznante helada –primer otoño que llora,
repele la apaleada tierra-
pero, todo como el caos –interminable-
insolente-
sin esperanza, sin mástil-
ni siquiera un informe de la tierra-
para justificar la desesperación.
Emily Dickinson
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