martes, 5 de julio de 2011

Magris, Pascal, Gombrowicz...



Desde Andreis, una pequeña desviación para Poffabro, en Val Colvera. El pueblo está casi desierto, las ventanas son ojeras vacías, aquí y allá se descompone una puerta de madera. En busca de un tallista de flores, renombrado por su maestría y por las historias antiguas que recuerda, preguntamos a la única persona que cruza por aquellas callejuelas, un anciano con la cara roja y opaca de vino. Responde, con dignidad, que no sabe, y añade que ha perdido la memoria, dominando por un momento plácidamente el vacío en el que se ha precipitado. Alguien, al observar los balcones trabajados en madera oscura, el orden de los leños apilados bajo las escaleras, la gracia de las ventanas, dice que las casas son bonitas. “No, no son bonitas, vengan a ver lo feas que son por dentro”: una mujer se asoma a la ventana, el pelo revuelto. Son feas, vengan a verlo, repite con voz aguda y demasiado alta, varias veces, incluso cuando los desprevenidos admiradores del pueblo han vuelto ya la esquina.

Claudio Magris  (Microcosmos)



Cuando considero la corta duración de mi vida, absorbida en la eternidad precedente y siguiente –memoria hospitis unius diei praetereuntis-, el pequeño espacio que ocupo e incluso que veo, abismado en la infinita inmensidad de los espacios que ignoro y que me ignoran, me espanto y me asombro de verme aquí y no allí, porque no existe ninguna razón de estar aquí y no allí, ahora y no en otro tiempo. ¿Quién me ha puesto aquí? ¿Por orden y voluntad de quién este lugar y este tiempo han sido destinados a mí?

PASCAL




La tía pregunta si no tenemos frío, que adonde vamos, de dónde venimos, con que fin, cuándo, con quién, por qué y para qué. Contesto que estamos de excursión.

Witold Gombrowicz

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