miércoles, 6 de julio de 2011

Precipicios (49)


Precipicios (*)
(*) Despeñadero o derrumbadero por cuya proximidad no se puede andar sin riesgo de caer.

Hasta que me canse, se me ha encaramado a la chepa el capricho,  voy a reseñar los comienzos (los precipicios) de los libros que leo y releo, por el gusto de rumiar…



AVISO DE LECTURA

Materia prima de qué. Pues lea el libro y lo sabrá. Claro que a lo mejor no le gusta lo que el espejo le cuenta. Para algunos este conjunto de narraciones-testimonio pudiera ser algo semejante a encontrarse con un aguafiestas en medio de una feliz reunión de cumpleaños (en el cumpleaños del jefe por ejemplo, suponiendo que nos hayan invitado). En todo caso comprobará que se trata de un aguafiestas discreto, educado, solvente. Su voz no es ni chirriante ni agresiva. Simplemente se dedica a preguntar cómo nos va en este trajín que llamamos vida. Y unos cuantos personajes nos lo cuentan: bien, mal, podía ser peor, qué quieres que te diga. Érase una vez la vida. Hay un narrador que oye y narra. Deja que los sueños y los fracasos tomen la palabra. Una galería de personajes que suben a la pasarela y sin poses de figurín muestran el debe y el haber. Vidas ordinarias, no extraordinarias. La narración nuestra de cada día dánosla hoy y perdona nuestras deudas e hipotecas, así como nosotros no perdonamos a nuestros deudores. Sueños, trabajos y deudas, la materia prima con la que construimos la ficción del cada fin de mes. Y a quién dios se la dé san pedro se la bendiga.

Caballo de Troya




Conozco el camino

“Siempre me pasa lo mismo, es así como yo hago un psicotécnico, me pongo muy nerviosa y aquí no puedo fumar”, me dice mientras se muerde una cutícula del dedo meñique. No deja de morderse las uñas ni un instante, cuando saca el dedo de la boca le sale un hilillo de sangre y entonces vuelve a chupárselo. Al otro lado del cristal, un montón de chicas atienden llamadas, cada una en su celda –la psicóloga las ha llamado puestos-, aisladas en medio del entramado que forman las mamparas. Están haciendo encuestas para saber qué se ha comprado estas navidades.
La psicóloga que nos entrevista –traje chaqueta y pelo recogido, maquillada ni mucho ni poco- utiliza un tono condescendiente, como si buscase implicarnos y demostrarnos la importancia que dice que tiene este trabajo. La corrección del traje de chaqueta y el maquillaje adecuado encajarían en el papel de una secretaria de alto standing, aquí se ven forzados. Mueve mucho las manos, pero sus maneras son empalagosas y poco creíbles, se nota que actúa, que sigue las normas de algún guión, un guión que parece gastado, rutinario, que ya ha sido interpretado muchas veces; que es un trabajo de mierda lo sabemos todos, pero debe parecer que no nos damos cuenta.
-Es fundamental que entendáis que para nosotros los psicotécnicos son muy importantes. Atenderéis a cien personas cada día y no quiero que os volváis locas. –Las tres chicas me miran y se ríen, les ha hecho gracia el femenino, sólo hay dos hombres en la planta y uno es el informático de guardia-. Imaginad que os insultan. Sí, imaginad que os gritan por teléfono. A veces la gente está enfadada; imaginad que tenéis que atender la llamada de un señor que afirma que lo han estafado y dice que ya ha llamado diez, quince, veinte veces, y que no ha obtenido respuesta satisfactoria alguna. No digo que no lo hayan estafado ni que no lo hayan atendido, él lo cree y eso es suficiente. ¿Qué tenéis que hacer?...

Francesc Serés  (Materia prima)

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