jueves, 28 de julio de 2011

Submundo / Don DeLillo





(…)
-A veces pienso que la educación que dispensamos es más apropiada para tipos de cincuenta años que piensan que se han equivocado con su vida la primera vez. Demasiados conceptos abstractos. Verdades eternas a diestro y siniestro. Uno aprovecharía más el tiempo mirándose los zapatos y enumerando las partes. Y tú en especial, Shay, viniendo de donde vienes.
Aquello pareció animarle. Se inclinó sobre la mesa y escrutó, ésa es la palabra, mis botas húmedas.
-Qué feas son, ¿verdad?
-Sí que lo son.
-Enumera sus partes. Adelante. Aquí no somos tiquismiquis. No somos tan intelectualmente esnobs que no podamos poner a prueba a un alumno cara a cara.
-Que enumere las partes –dije-. De acuerdo. Cordones.
-Cordones. Uno en cada bota. Sigue.
Alcé un pie del suelo y lo hice girar torpemente.
-Suela y tacón.
-Sí, continúa.



Volvió a depositar el pie en el suelo y contemplé la bota, que se me antojaba tan poco reveladora como un simple receptáculo cerrado de color marrón.
-Continúa, muchacho.
-No queda mucho más que nombrar, ¿no cree? La parte de arriba y la parte de delante.
-La parte de arriba y la parte de delante. Es como para echarse a llorar.
-La parte redonda de delante.
-Eres tan elocuente que tendré que detenerme un instante para recobrar la compostura. Has nombrado los cordones. ¿Cómo se llama lo que hay bajo los cordones?
-La lengüeta.
-¿Y pues?
-Sabía el nombre. Es sólo que no la veía.
Aparatosamente, se inclinó aún más sobre la mesa, sentándose de nuevo en la silla giratoria, mirándome de nuevo, girando una cuarta parte de círculo con ademán decisivo y alzando la pierna derecha lo suficiente como para que el pie, el zapato, se apoyaran sobre el borde de la mesa.
Un zapato negro de religioso, normal y corriente.
-De acuerdo –dijo-. Tenemos claro lo de la suela y el tacón.
-Sí.
-Y hemos identificado la lengüeta y los cordones.
-Sí –dije yo.




Deslizó el dedo a lo largo de una pieza de cuero que recorría la parte superior del calzado hasta terminar debajo del cordón.
-¿Qué es? –dije.
-Dímelo tú. ¿Qué es?
-No lo sé.
-Es la vuelta.
-La vuelta.
-La vuelta. Y esta sección rígida que hay sobre el talón es la contra.
-Eso es la contra.
-Y esta pieza que hay en medio, entre la vuelta y el trozo que bordea la suela. Eso es el cuarto.
-El cuarto –dije.
-Y la pieza que hay sobre la suela. Eso es el cinto. Dilo, muchacho.
-El cinto.
-Hay que ver cómo se disfrazan las cosas más cotidianas. Porque no sabemos cómo se llaman. ¿Cómo se llama el sitio por dónde pasas los cordones?
-Eso debería saberlo.
-Claro que lo sabes. Las perforaciones que hay a ambos lados de la lengüeta.
-No logro acordarme de la palabra. Ojete.
-Quizá te perdone la vida, después de todo.
-Los ojetes.
-Sí. ¿Y las fundas de metal que hay en los extremos del lazo?
Golpeó el extremo del cordón con la uña del dedo medio.
-Eso no lo adivino ni en mil años.
-El herrete.
-Ni en mil años.
-Herrete o cabete.
-Herrete –dije yo.
-Y el pequeño anillo de metal que refuerza el borde del ojete a través del que pasa el herrete. Esto que estamos haciendo es física del lenguaje, Shay.
-El pequeño anillo de metal.
-¿Lo ves?
-Sí.
-Eso es la virola –dijo.
-Dios mío.
-La virola. Apréndelo, sábelo y ámalo.
-Me estoy volviendo loco.
-Esto es la sabiduría arcana y definitiva. Y cuando llevo mis zapatos al zapatero y él los pone sobre el soporte para repararlos, ya sabes, esa pieza con forma de pie. ¿Cómo se llama eso?
-No lo sé.
-La horma.
-Me va a estallar la cabeza.
-Las cosas más cotidianas representan los conocimientos más olvidados. Esos nombres son fundamentales para tu progreso. Las cosas cotidianas. Si no fueran tan importantes no los definiríamos con un latinajo tan magnífico. Dilo –dijo.
-Cotidiano.
-Una palabra extraordinaria que sugiere la profundidad y el alcance de lo habitual…


Don DeLillo  (Submundo)

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