jueves, 14 de julio de 2011

W. H. Auden





1 DE SEPTIEMBRE DE 1939



Estoy sentado en uno de los garitos
de la calle Cincuenta y dos
indeciso y asustado
mientras expiran las taimadas esperanzas
de una década mezquina y fraudulenta:
oleadas de furia y miedo
circulan por los países brillantes
y ensombrecidos de la tierra,
obsesionando nuestras vidas privadas;
el innombrable olor de la muerte
ofende la noche de septiembre.





La investigación precisa puede
desentrañar la ofensa entera
desde Lutero hasta ahora
que ha hecho enloquecer a una cultura,
averiguar qué ocurrió en Linz,
en qué inmensa Imago se erigió
un dios psicopático:
la opinión pública y yo sabemos
lo que todos los escolares aprenden:
a quien mal se inflige
maldades comete a cambio.






Tucídides, exiliado, sabía
todo lo que un discurso puede decir
sobre la Democracia,
y lo que hacen los dictadores,
la bazofia caduca que predican
ante una tumba apática;
lo analizó todo en su libro,
la ilustración ahuyentada,
el dolor que crea hábito,
el manejo inadecuado y la desdicha:
debemos sufrirlos todos de nuevo.



En este aire neutral
donde los rascacielos ciegos se sirven
de toda su altura para proclamar
la fuerza del Hombre Colectivo,
cada lenguaje derrama su vana
excusa competitiva:
pero quién puede vivir mucho tiempo
en un sueño eufórico;
desde el espejo miran,
el rostro del imperialismo
y el agravio internacional.




Los rostros en la barra
se aferran a su jornada mediocre:
las luces no deben apagarse nunca,
la música siempre debe sonar,
todas las convenciones conspiran
para hacer que este fuerte adopte
el mobiliario del hogar;
no sea que veamos dónde estamos,
perdidos en un bosque encantado,
niños asustados de la noche
que nunca han sido buenos ni felices.




La basura militante más timorata,
claman personas importantes,
no es tan burda como nuestro anhelo:
lo que escribió el loco de Nijinsky
sobre Diaghilev
es cierto respecto del corazón normal;
pues el error arraigado en el hueso
de cada mujer y cada hombre
ansía lo que no puede alcanzar,
no el amor universal
sino ser amado nada más.




Desde la oscuridad conservadora
hacia la vida ética
vienen los necios funcionarios,
repitiéndose su voto matinal:
“Seré fiel a mi esposa,
me concentraré más en mi trabajo”,
y los gobernadores impotentes se despiertan
para reanudar su juego obligatorio:
¿Quién puede liberarlos ahora,
quién puede llegar al sordo,
quién puede hablar por el mudo?


Lo único que poseo es una voz
para desarmar la mentira plegada,
la mentira romántica en el cerebro
del sensual hombre de a pie
y la mentira de la Autoridad
cuyos edificios tantean el cielo:
no hay nada parecido al Estado
y nadie existe en soledad;
el hambre no deja opción
al ciudadano ni a la policía;
debemos amar al prójimo o morir.



Indefenso bajo la noche
nuestro mundo yace estupefacto;
aun así, diseminados por doquier,
irónicos puntos de luz
destellan allí donde los Justos
cruzan sus mensajes:
ojalá yo, compuesto igual que ellos
de Eros y polvo,
atormentado por la misma
negación y desesperanza,
muestre una llama afirmativa.

W. H. Auden







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PINTURAS DE LEON GOLUB
Las obras de Leon Golub (Chicago, 1922- Nueva York, 2004)
presentan un reto al modelo dominante de desarrollo del arte después de 1950. Ajeno a la experimentación de los medios que ha caracterizado la producción artística de estas décadas, su trabajo plantea una renovación pictórica en la que géneros que se pensaban agotados, como la pintura de historia o el retrato, vuelven a tener una capacidad expresiva y crítica inesperada. Su evolución resulta por igual un tanto paradójica, motivando que el debate entre abstracción y figuración deje de tener sentido: su estancia en París junto a su compañera, la artista Nancy Spero, desarrollada entre finales de los cincuenta y principios de los sesenta, se caracteriza por seguir las pautas del informalismo abstracto de Michel Tapies o de Jean Dubuffet, evolucionando hacia espacios en los que la obra progresivamente va ocupando el realismo más traumático.

El escenario político internacional del momento, caracterizado por la brutalidad de hechos como la guerra del Vietnam, el apartheid sudafricano o las consecuencias de los deseos imperialistas, reverbera en la pintura de Golub como si se tratara de un murmullo imposible de silenciar. Es más, no se produce el aislamiento de la sociedad y del clima político, propio de la tradición pictórica moderna, sino todo lo contrario, apareciendo así constantes alusiones en sus pinturas a personajes, sucesos políticos y sociales concretos.

En una ocasión, Golub indicó que su obra era la invitación a un lugar en el que nadie querría estar, dando por sentado que sus cuadros ponen al espectador delante de una situación que le convierte en un testigo o cómplice cuya mirada es devuelta por los personajes que ejercen dolor. El vínculo entre verdugo y espectador transforma todo acto violento en el cuestionamiento de la incapacidad de acción que se asume en la retórica visual contemporánea.

Fuente: Museo Reina Sofía.

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