martes, 19 de julio de 2011

W. H. Auden




EN MEMORIA DE W. B. YEATS
(m. enero de 1939)

I

Desapareció en lo más crudo del invierno:
los arroyos estaban helados, los aeropuertos casi desiertos,
y la nieve desfiguraba las estatuas públicas;
el mercurio se hundió en la boca del día agonizante.
los instrumentos de que disponemos coinciden:
el día de su muerte fue un frío y oscuro día.

Lejos de su enfermedad
los lobos corrían por bosques perennes,
el río campesino no se dejaba tentar por los muelles de moda;
los labios de luto
ocultaron la muerte del poeta a sus poemas.

Pero para él fue su última tarde como él mismo,
una tarde de enfermeras y rumores;
las provincias de su cuerpo se sublevaron,
las plazas de su mente quedaron vacías,
el silencio invadió los barrios,
la corriente de su sentimiento falló; se convirtió en sus admiradores.

Ahora está disperso por un centenar de ciudades
y entregado por completo a afectos desconocidos,
para encontrar su dicha en otra clase de bosque
y ser castigado bajo un código de conciencia extranjero.

Las palabras de un hombre muerto
se transforman en las entrañas de los vivos.

Pero en la importancia y el ruido del mañana
cuando los agentes vociferen cual bestias en el parqué de la Bolsa,
y los pobres padezcan los sufrimientos a que están bastante acostumbrados,
y cada uno en la celda de sí mismo esté casi convencido de su libertad,
unos cuantos miles recordarán este día
como uno recuerda un día en que hizo algo un tanto fuera de lo normal.

Los instrumentos de que disponemos coinciden:
el día de su muerte fue frío y oscuro día.

W. H. Auden

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