Salí temprano –llevé mi perro-
visité el mar-
las sirenas del sótano
subieron para verme-
y las fragatas –del piso alto
tendieron sus redes de cáñamo-
creyendo que yo era una laucha-
encallada –en la arena-
ningún hombre me conmovió –hasta que la marea
cubrió mis inocentes zapatos,
llegó hasta mi delantal –hasta mi cinturón,
traspasó mi corpiño-
fingió que iba a devorarme-
totalmente, como el rocío
sobre un macizo de verbenas-
entonces –yo también me volví-
y él, él –me siguió- de cerca-
sentí su tacón de plata
contra mi tobillo –luego mis zapatos
desbordaron de perlas-
hasta que llegamos al pueblo en tierra firme-
parecía no conocer a nadie-
e inclinándose –me miró intensamente-
el mar –se retiró-
Emily Dickinson

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