martes, 30 de agosto de 2011

Natalia Ginzburg / Las pequeñas virtudes

 

 

 

Invierno en Abruzos

Deus nobis haec otia fecit.


En Abruzos hay sólo dos estaciones: el verano y el invierno. La primavera es nevosa y ventosa como el invierno, y el otoño es caliente y límpido como el verano. El verano empieza en junio y termina en noviembre. Se van las largas jornadas de sol sobre las colinas bajas y quemadas, el polvo amarillo de la carretera y la disentería de los niños, y comienza el invierno. La gente, entonces, deja de vivir en las calles, desaparecen de las escalinatas de la iglesia los niños descalzos. En el pueblo del que hablo, casi todos los hombres se marchaban tras las últimas cosechas: se iban a trabajar a Terni, a Sulmona, a Roma. Era un pueblo de albañiles: algunas casas estaban construidas con gracia, tenían terrazas y columnitas como pequeñas villas, y sorprendía encontrar en ellas, al entrar, grandes cocinas oscuras con los jamones colgados y amplias alcobas pálidas y vacías. En las cocinas, el fuego estaba encendido, pero había varias clases de fuegos: grandes fuegos con leños de encina; fuegos de ramas y hojas; y fuegos de gamonitos recogidos uno a uno del suelo. Era fácil distinguir a los pobres y a los ricos mirando el fuego que encendían; más fácil que mirando las casas y a la gente, sus ropas y zapatos, que eran más o menos iguales todos.



Cuando llegué al pueblo del que hablo, al principio las caras me parecían iguales, todas las mujeres se parecían, ricas y pobres, jóvenes y viejas. Casi todas tenían la boca desdentada: allí las mujeres pierden los dientes a los treinta años a causa de las fatigas y la mala alimentación, del desgaste de los partos y de las lactancias, que se suceden sin tregua. Pero, poco a poco, comencé a distinguir a Vincenzina de Secondina, a Annunziata de Addolorata, y comencé a entrar en todas las casas para calentarme con aquellos fuegos diversos.
Cuando empezaba a caer la primera nieve, una lenta tristeza se apoderaba de nosotros. Nos sentíamos como exiliados: nuestra ciudad estaba lejos, y lejos, los libros, los amigos, las vicisitudes varias y cambiantes de una verdadera existencia. Encendíamos nuestra estufa verde, con su largo tubo que atravesaba el techo, y nos reuníamos todos en la habitación de la estufa, y allí se cocinaba y se comía, mi marido escribía sobre la gran mesa oval, los niños esparcían juguetes por el pavimento. En el techo de la habitación había pintada un águila: yo miraba el águila y pensaba que aquello era el exilio. El exilio era el águila, era la estufa verde que zumbaba, era el vasto y silencioso campo y la nieve inmóvil. A las nueve tocaban las campanas de la iglesia de Santa María, y las mujeres acudían para la bendición, con sus chales negros y la cara roja. Todas las noches mi marido y yo nos dábamos un paseo: todas las noches caminábamos del brazo, hundiendo los pies en la nieve. Las casas que bordeaban la carretera estaban habitadas por gente conocida y amiga, y todos salían a la puerta y nos decían: «¡Vayan con Dios!» A veces, alguno preguntaba: «Pero ¿cuándo vuelven a su casa?» Mi marido decía: «Cuando termine la guerra». «¿Y cuándo terminará esta guerra? Usted que sabe tanto y que es profesor, ¿cuándo terminará?»…

Natalia Ginzburg   (Las pequeñas virtudes)

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