sábado, 6 de agosto de 2011

Thomas Bernhard



En realidad, por las catástrofes no hay que preocuparse, porque ya vendrán.

Todo hombre quiere al mismo tiempo participar y que lo dejen en paz.

Se sabe que estar solo es mucho más agradable, pero por otra parte, no se puede estar solo.

Cuando digo que no me importa un pimiento el pimiento, quiero decir que no me importa un pimiento.




Cuando se está solo mucho tiempo, cuando se ha acostumbrado uno a estar solo, cuando se ha adiestrado uno para estar solo, se descubren cada vez más cosas por todas partes, donde para los demás no hay nada.

Tus sentimientos no tienen valor si se te quedan dentro. Y tampoco tu protesta sirve de nada si nadie la oye, porque entonces te ahoga. Y uno palma. Eso tampoco tiene sentido. Por eso sale uno de casa y da a conocer su protesta.




Durante semanas no escribo nada. Meses, años. Pero de repente, otra vez hay algo. Entonces miro en el cajón, en mi cofrecillo de joyas. La verdad es que no hago otra cosa, abro una cajita fuerte, y ahí hay otra vez un manuscrito. De algún modo ha vuelto a crecer algo. Mientras la gente corretea por ahí tan contenta, escribir sobre ella no tiene interés. ¿Qué se puede escribir? Sobre todo, porque de todas maneras no es verdad lo que se escribe sobre nadie. Da igual que se escriba con mucha autenticidad la verdad sobre alguien o que se crea hacerlo, en cualquier caso será radicalmente falso. Al fin y al cabo, se trata sólo de la visión de uno, en el estado de ánimo en que escribe. Que media hora más tarde puede ser completamente distinto. Y luego viene además el que lo lee, que lo ve de una forma totalmente distinta.



Bueno, en aquella época escribía ya novelas, muy largas, de trescientas páginas, cosas increíbles, no. Una se llamaba “Peter va a la ciudad”, e iba yo por la página cien, y Peter estaba todavía en la estación. Así pues, entonces dejé de escribir, el plan era equivocado. Ni siquiera había llegado a sentarse en el tren e iban ya ciento cincuenta páginas. Economía, cero.




Desde hace quince años tiro todo lo que tiene un aspecto oficial o, en general, lo parece. Lo leo por encima, porque me interesa, y luego lo tiro y, naturalmente, no contesto. Me asombra verdaderamente que, cuando hace diez años que lo tiro todo, me sigan llegando cosas. Escasean un poco más, pero siguen llegando invitaciones francamente ingenuas. Sin idea de nada: nos agradaría mucho y todo eso y le pagaríamos tanto y esperamos noticias suyas… yo pienso: qué pobres son.
No me dejo arrastrar ya nada. Todo lo tiro al cesto de los papeles. Continuamente recibo invitaciones a congresos en Santander, en Salamanca o en Madrid, o en donde sea, es espantoso. Son reuniones sobre nada en especial, donde se encuentran con sus colegas. Durante ocho días se hinchan de comer, tienen a su disposición un coche con chofer, y han reservado un apartamento en el Hotel Palace. Pero pueden esperar sentados a que les responda.
Entonces no se lo creen, es muy curioso, no pueden imaginárselo, que alguien renuncie a ocho días de balde.




Desde hace quince años no acepto ya premios. Ni premios ni nada. Pero la mayoría son astutos, porque te consultan antes. Eso resulta idiota también, porque entonces buscan a otro. Los honores son de todas formas una idiotez. Sólo tienen sentido cuando no se tiene dinero o se es joven, o se es viejo y no se tiene dinero. Cuando se tienen medios de vida como yo, no hace falta aceptar ningún premio. Los honores son una insignificancia, algo absurdo. Sólo conozco a gente horrible que los reparta. Cuando me imagino a Canetti, allí en la escalinata, de frac, y el rey sentado ante su plato ya vacío…
Nadie lo escuchó, pobre hombre.

Thomas Bernhard

No hay comentarios:

Publicar un comentario