martes, 9 de agosto de 2011

Un 6 de agosto de 1660 / Pere Gimferrer





LA CASA DEL PINTOR

En una semana, sólo con seis días de diferencia, murieron primero el pintor y luego su mujer. Él –Velázquez- era ya un hombre fatigado, extenuado por las dobles funciones de artista y de aposentador real, en aquel verano terrible de 1660, cuando, en un viaje ininterrumpido de casi tres meses, que había empezado en abril, el séquito de Felipe IV llegó a la Isla de los Faisanes, en el Bidasoa, para firmar la Paz de los Pirineos, entregando a la corona francesa buena parte de Cataluña, y a Luis XIV, en matrimonio, a la infanta María Teresa, un enlace que sería semilla lejana pero infalible de la futura Guerra de Sucesión, destinada a remachar el desastre catalán. En casos como éstos –muy tristes, sin embargo; por digna que fuese, era en el fondo una claudicación- un aposentador real tiene mucho trabajo: ha de acomodar a todo el mundo, ha de cuidar de muchos detalles, y no puede decir que el viaje le fatiga. Y, además, si es pintor no dejará de serlo, de modo que –el 3 de julio, ya en la sequedad de tralla del verano de la meseta- Velázquez llega destrozado a Madrid, porque durante todo el viaje no ha hecho más que caminar de noche –no se podía viajar bajo el sol inmisericorde- y trabajar de día. Morirá el 6 de agosto, y, el 12 lo hará su mujer, sombra borrosa y muda. Un gran silencio, como un espacio en blanco en el fondo de la tela, o con aquellas figuras vistas tenuemente en un espejo en Las Meninas.





Pero el silencio no dura en la casa del pintor que era también la casa del aposentador. Empieza la barahúnda: hay que inventariar los bienes. Velázquez había llegado a ser hombre rico. Tenía, aparte de su taller, una casa particular de cuatro plantas: vestíbulo, estrado, una cochera con un coche rojo, grande y viejo, una caballeriza con dos mulas negras; el dormitorio donde murieron el pintor y su mujer, un salón librería, un desván, otros cuartos y dormitorios. Tenía muchos libros, principalmente relacionados con la pintura de manera directa o indirecta: las Metamorfosis, de Ovidio, por ejemplo, que son hoy sólo un texto literario, pero que eran imprescindibles para un pintor del XVII como filón de temas mitológicos. Tenía cuadros: del Greco, de Tiziano, hasta cuarenta y cuatro telas. Tenía joyas, y veintiocho tapices. El fisco se incautó de todos estos bienes, y no los devolvió a sus herederos hasta al cabo de seis años.

Mucho ruido y pocas nueces: la prosa burocrática del inventario habla del Velázquez visible, funcionario de la Corte, ennoblecido por el favor real; un hombre acomodado, que había hecho carrera. Nada nos dice del Velázquez no visible, es decir del autor de los cuadros. En las Cortes del ancien régime se produce el último momento de sintonía entre el artista y el poder. Pero es una sintonía aparente, basada en una simulación tácita por ambas partes. Cuando muere Racine –poeta travestido de funcionario-, el duque de Saint Simon lo evoca con estos términos: “En su trato no había nada del poeta, pero sí del hombre como debe ser, el hombre modesto y en definitiva, el hombre de bien”. Del Velázquez propietario de la “casa del Tesoro”, los contemporáneos pensaban sin duda lo mismo. La verdad está en otro lugar: en la llama deslumbrante, frágil y secreta de los versos, en la suprema sutileza de la pincelada que llega a suplantar la percepción del ojo.
La verdad del hombre es el arte del hombre.

Pere Gimferrer   (Dietario)

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