lunes, 5 de septiembre de 2011

Antonio Orejudo / Fabulosas narraciones...




“¿Terminaría alguna vez su novela? Y terminada, ¿la publicaría? Se preguntó cómo sería la vida de un novelista devorado por su público. Podía imaginarlo: le preguntarían cómo era posible que a su edad hubiera escrito una novela tan sólida. Él tenía una respuesta para esa pregunta. Contestaría que había escrito una novela tan sólida porque había tenido la paciencia de quedarse mucho tiempo sentadito en su cuarto. Diría más. Diría que lo que diferenciaba a un novelista de un poeta ultraísta era el tiempo que uno y otro permanecían delante de su escritorio. Los poetas ultraístas más exigentes se quedaban en casa durante meses para escribir un buen poema. Muy bien, lo aceptaba. Pero es que una mala novela necesitaba, al menos, dos años de plena dedicación, aunque normalmente se consumían quince. Que no atribuyera el reportero, añadiría, a la mera casualidad que casi todos los artistas de su generación fueran poetas. A esas edades se tenían tantos novios y novias, tantos amigos, tantas ganas de divertirse, de beber, de irse de putas, que muy pocos estaban dispuestos a quedarse quince años en casa para escribir una novela. Una poesía ultraísta era otra cosa. Se podía componer en una mañana o después de una merienda-cena. Luego el ultraísta tomaba una ducha tonificante y podía salir con la novia o con los amigos a tomar un cock-tail. Los novelistas como él habían tenido que decir muchas veces que no, y más de una chica les había dejado por imposibles y aburridos. Algunos reporteros, sin embargo, querrían hacerle seguramente preguntas de tipo más frívolo, de esas que proporcionan al gran público una estampa inédita de Patricio Cordero Pereda, el hombre. Muy bien, adelante. ¿Cuál era su principal virtud? La creatividad. ¿Su principal defecto? Todos los que se derivaban de ella, especialmente la vanidad. ¿Cuál era su animal favorito? Detestaba a los animales. ¿Su comida favorita? Los pajaritos fritos, especialmente si habían sido cruelmente capturados en Madrid mediante cepos, a despecho del Movimiento Pro Gorrión Madrileño. Cualidad que prefería en la mujer. Su capacidad para adoptar comportamientos masculinos. Cualidad que prefería en los hombres. Su capacidad para adoptar comportamientos femeninos. ¿Qué era lo que más temía? La mediocridad ajena. ¿Era él un mediocre? Algunas noches, ésa era la verdad, pensaba que sí; y entonces levantaba los ojos al cielo y pedía una señal, una marca de genialidad. Eran éstas, como la presente, largas noches de mano en la mejilla y frases deleznables que tiraban de espaldas: Bruno salió de la posada, y ¿qué encontró fuera? Fuera no encontró nada.
En fin, siempre estoy a tiempo de ser un mal escritor, denominarme novelista singular, como Unamuno, y llegar a figura señera de las letras españolas, pensaba a veces, metido en la cama, para consolarse y poder conciliar el sueño.”


Antonio Orejudo  (Fabulosas narraciones por historias)

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