jueves, 22 de septiembre de 2011

De Moscú llega un Picasso...


No me lo puedo de creer:

“Picasso, necesitado por entonces de materiales, reutilizó en esta ocasión uno de sus lienzos grandes en el que había pintado un retrato del pintor Francisco Iturrino…”

Bueno pues sí, en la hojita impresa que regalan en el Museo del Prado, así, de esta manera tan pusilánime, es como nos cuentan que en esa época Picasso no tenía un puñetero franco, soportaba hambre y frío, no vendía un solo cuadro, pintaba como un poseso por las noches a la luz de las velas y como no podía dejar de pintar obras maestras, y no había pasta para comprar lienzos,  no le quedó  más remedio que pintar encima del retrato que había hecho unos años antes de su amigo y colega Iturrino; se trata de esa maravilla que lleva por título “La acróbata de la bola”.

No es que me moleste tanto la estúpida y ñoña manera de “disfrazar” la cruda realidad, como la perniciosa costumbre que tienen los “escribidores”  de catálogos de “tergiversar” las circunstancias reales de la vida de los artistas y los datos que configuran la sociedad en la que producían sus obras. Cuando es precisamente “eso” lo que nos puede permitir, por supuesto que entre otros factores, hacernos una “idea aproximada” del tipo de caldo donde se cuecen, por ejemplo, las propuestas vanguardistas…

Un minuto después de leer esto llega la becaria de turno (quede claro, porfa, que no la considero responsable de nada, faltaría más, sino más bien otro involuntario eslabón de la cadena de víctimas del cretinismo academicista  dominante) que “explica” la obra y dice algo así como “en esta época Picasso se sintió profundamente cautivado por el mundo del circo…” y claro… salgo de estampida a meterme mi dosis de  insulina.

Debe de ser muy difícil, me digo,  contarle a la gente cómo era entonces Montmartre y eso otro que tan finamente llaman “el estudio Bateau-Lavoir” (sin luz, sin agua corriente, con ratas, con goteras, sin…), qué gente  vivía, es un decir, allí y en que condiciones y, por qué, casualmente, acampaba el Circo Medrano en aquellos andurriales parisienses recién sembrados de fosas comunes con los cadáveres  de los revolucionarios que participaron en aquel movimiento insurreccional ¿conocido?  como la “Comuna de París”. 

Y, ya del tirón,  por qué un pintor español muerto de hambre, cuando sale con el “cubo” a buscar agua, (a su novia-modelo, Fernande Olivier, no la deja salir sola de la insalubre mansión, y es que Pablo es un poquito “moro”, por seguir con la pusilanimidad)  a la fuente comunitaria o cuando algunas noches   se dedica a empinar el codo en la única taberna del arrabal, encuentra “familias amantes de los bellos y ancestrales oficios circenses” cuya plasticidad, ¡oh!, encandila, y que, vaya usted a saber por qué, resultan, ¡bendito sea Dios!,  modelos “asequibles”. Y sí, por qué no, el futuro genio se deja cautivar, hechizar y embelesar…y lo que quieran los señores catedráticos que “nos escriben” la “historia del arte”.


 

No estoy hablando de cargar las tintas en plan “dickensiano”, no, un poco de generosidad interpretativa, no se trata de eso, sino de procurar no sisar datos básicos que ayuden a “entender” qué carajo es “eso” que hace de Picasso un maestro, un genio, un vanguardista, un incansable “abridor” de puertas a espacios ignotos, inexplorados y que la mayoría de artistas no sospechaban siquiera de su existencia, las puertas digo; un genio que, salvo en la abstracción, ha dominado y marcado de cabo a rabo el arte plástico del siglo XX; a mucha distancia, pienso yo, de todos los demás.

Sus años de formación, su etapa barcelonesa, sus primeros años parisienses, están, en aquel momento, a punto de desembocar en esa revolución que conocemos con el nombre de “cubismo”. Lamentablemente, a día de hoy, es decir cien años después, la inmensa mayoría sigue sin poder “entender” que diantres es eso de los “cubos”… y desdichadamente no existe ninguna perspectiva, con la enseñanza cada día más al servicio de las empresas y sus negocietes, de que la cosa mejore…

La obra es de 1905 (24 añitos cumplía el nota), el retrato de Iturrino era de 1901 y estuvo expuesto en la exposición que compartieron ambos artistas, celebrada por cierto en la galería de Ambroise Vollard, (este “sí” que puede ser un dato muy importante: Vollard poseía más de 2oo obras de Cézanne, y claro no es difícil colegir lo que “el español” pudo aprender o chupar,  en los almacenes del más espabilado de los galeristas parisinos, ya saben, las fuentes principales del cubismo, no las únicas, fueron las máscaras y esculturas africanas y Cézanne) así que cuatro años después, Picasso, que todavía no era PICASSO, seguía a dos velas y optó por pintar su obra “rosa” sobre el retrato de  Iturrino. La obra la compró dos años después, en 1907, la escritora judía Gertrude Stein, otra espabilada que se lucró con todos los jóvenes artistas que atracaron en el París del primer tercio de siglo. A su debido tiempo se lo vendió al galerista alemán Daniel-Henry Kahnweiler, uno de los primeros valedores de Picasso y el gran impulsor comercial del cubismo, quien a su vez se lo vendió a un coleccionista ruso, un tal Ivan Morosov. Y en eso llegó la revolución bolchevique y “la niña” pasó al Museo Pushkin de Moscú. Ahora nos visita en Madrid.

Hasta el 18 de Diciembre se puede disfrutar en el Prado.

ELOTROOTRO

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