viernes, 9 de septiembre de 2011

George Grosz en Nueva York



“Me daba palmaditas en la espalda, claro que solo en mi imaginación y después, al meterme en el ascensor rápido, que no paraba de la primera planta hasta la 31, me sentía flotar sobre las nubes, muy satisfecho conmigo mismo. No está mal pensaba. Espléndido país, esta Norteamérica… Todavía era relativamente joven, no tenía más que cuarenta y cuatro años, y mi sueño estaba más vivo que nunca.
Las alumnas (en su mayoría seguían siendo damas que me había traspasado Maurice) pertenecían casi todas a las capas de financieros pudientes de Nueva York. Eso le daba a mi escuela un toque chic que no me desagradaba. Sin embargo, al mismo tiempo también acepté a algunos de mis mejores alumnos procedentes de la Art Students League, con lo que el asunto adquiría un aire algo más democrático. De todos modos, no quiero parecer irónico a este respecto. Estaba orgulloso de mis alumnas y muchas veces, cuando veía sus abrigos de visón colgados en el perchero de la entrada, me sentí como debe sentirse el director de un club exclusivo.
Algunos de mis alumnos me impresionaban especialmente. Por ejemplo uno, rico y distinguido, que empezó a interesarse por la pintura cuando ya era mayor. Le recomendaron mi escuela para formarse, o tal vez solo para perfeccionarse. Su chófer solía acompañarlo a clase y se encargaba de sacar los tubos del color que yo le indicaba de la costosa caja inglesa, nueva y reluciente, y de aplicar algo de pintura a la paleta que mi alumno sostenía en su mano calzada con guante blanco. Una pequeña ceremonia que día tras día causaba la misma admiración…


(…) Otro de mis alumnos hacía años que era pintor abstracto. Como tal había organizado ya algunas exposiciones, incluso con cierto éxito, y quería comprobar si podía pintar también de otra manera. No es que le faltara talento, pero pintar al natural le pareció más bien aburrido. Yo lo comprendía muy bien, sobre todo después de haberme explicado una vez qué es lo que le interesaba del arte. Él creía que lo importante es la impresión.
-Muy interesante –le contesté.- -Nada que objetar. ¿A qué se refiere usted en concreto?
-Al efecto de la caída –me dijo.
-¿Cómo dice?
Entonces me explicó su método de trabajo. Pintaba sus obras más espontáneas del modo siguiente: cogía con la mano un bote de pintura y la dejaba caer desde determinada altura sobre el lienzo, colocado en el suelo.
-La impresión que se obtiene es el efecto caída, ¿comprende? Al rato bajo un poco el bote de pintura. Cambia la impresión. Lo subo de nuevo. Otra vez cambia todo. Finalmente, me subo a una silla. No se imagina usted, Mister Grosz, cómo cambia la impresión con estas maniobras.
-Es muy, pero muy interesante –le comenté. –Nada que objetar…

En cierta ocasión me telefoneó el marchante de arte Julian Levi. Era el año en que el gran Salvador Dalí celebraba sus éxitos triunfales en Nueva York. Levi era su manager y su marchante; quería saber si Dalí podía dibujar en mi escuela y disponer de un modelo. Como es lógico, le contesté entusiasmado que sí. Creía con razón que la visita sería una buena publicidad para mi escuela.
Y en efecto, Dalí se presentó vistiendo un grueso y esponjoso abrigo confeccionado con piel de imitación. Alrededor del cuello llevaba una bufanda roja y gualda, con hilos de oro; el famoso bigote adornaba su labio superior, aunque todavía no lo había convertido en las posteriores antenas de medio pie de largo. Mis alumnos estaban electrizados por la presencia del pintor más famoso después de Picasso. Las alumnas, todas ellas mujeres cultas y viajeras, empezaron a hablar en francés, medio inconscientes de lo que hacían. Dalí en cambio se mostró desusadamente humilde; pidió una pequeña banqueta, se sentó muy cerca de la tarima, sacó un anticuado cuaderno de dibujos en cuya tapa figuraba en letras doradas la palabra Sketches, desató el lacito que sujetaba las hojas y sin levantar ni una vez la vista, concentrado por completo y sin pronunciar palabra, dibujó en tamaño diminuto uno de los pies del modelo…
Después me invitó a un restaurante llamado Russian Tea Room. Su esposa Gala, su musa inmortal y adorada, que al mismo tiempo era muy buena negociante, nos estaba esperando. Lo primero que hizo fue exigirle que le enseñara el dibujo que había hecho. Dalí sacó el cuaderno del bolsillo del abrigo; le pregunté con mucha cortesía si me permitía ver también su esbozo. Me lo concedió y pude ver aquel piececito dibujado en miniatura que ahora está en el Museum of Modern Art.”

George Grosz  (Un sí menor y un NO mayor)


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