lunes, 19 de septiembre de 2011

Párrafos de..."Ventajas de viajar en tren" / Antonio Orejudo



“…tanta era la furia con que huían de los disparos de los mismos soldaos que habían gritao que saliéramos a to meter y que nos esperaban afuera pa disparar contra nosotros ráfagas de metralleta que barrían los cuerpos como si fueran las virutas de madera que caían a mis pies y que yo tenía que esquivar si no quería acabar como los que no pudieron correr como corrí yo y otros muchachos hasta que estuvimos extenuaos y nos dimos cuenta de que habíamos soltao de nuestros padres las manos y de que estábamos solos en el mundo…”



“…robando lo que podíamos y alimentándonos a duras penas durante tres meses, en el transcurso de los cuales muchos se daban por vencidos y se quedaban en la cuneta, entre cuerpos sin piernas o entre piernas descompuestas, esperando pareja suerte, invocando a la muerte que a otros les llegó en plena diarrea, sin poder alcanzar frontera ni campo de refugiaos a rebosar, especialmente de muchachos como nosotros, que habían lograo escapar y que habían suplicao como nosotros que nos dejéis entrar, que nos dejéis entrar…”





“…con la condición de que nos hicieran una foto a cada uno de nosotros y nos marcaran con un número y un nombre a la espalda, tocándome a mí en suerte el “10” de Míchel, azar que interpreté en clave de profecía, según la cual, aunque no encontraría a mis padres, que estaban muertos, o si vivos nunca me reclamarían, sería fichao por los alevines del Madrí, certeza esta que tenían tos los compañeros con quienes pasé luengos meses en el campo, sin saber qué hacer, viendo de vez en cuando a la muchacha ex llorona y neoloca, que tenía el “1” de Arconada, y a quien las monjas le dieron a cuidar unos patitos hasta que la adoptaron, según me dijeron las monjas en mi lengua materna, lo cual yo también exigí pa mí, contestándome ellas que me fuera a tomar por culo…”


“…cuando ya me había escapao con la camiseta del Madrí y el número“10” de Míchel a la espalda, y, cruzao tol África negra camino de la entidad blanca, donde exhibiré la rapidez de mi regate, hasta llegar a un campamento ceutí que se llamaba, según rezaba un letrero situao a la entrada “Todos al mar para que coman los tivurones” junto a trescientos negritos que habían tenío la misma idea que yo y que aguardaban allí con camisetas del Sabadell ser fichados por los alevines del Madrí, y a quienes no les hizo mucha gracia que llegara uno con el “10” de Michel a la espalda, dispuesto a hacer la prueba de la entidad blanca, y a quedarse concentrao en el campamento primoroso…”


“…un buen día me metí en un barco que iba pa las oficinas de la entidad blanca, con riesgo de que sucediera lo que finalmente ocurrió y fue que al poco de zarpar me descubrieron, y aunque pensé que no iban a ser capaces de echarme al mar teniendo como tenía el número “10” a la espalda, el “10” de Míchel digo, me equivoqué, mas antes de hacerme saltar por la borda me machacaron a palos pa que entrara caliente en el agua fría, donde superviví y superviví tres días encima de uno de los palos mencionaos, con tan solo una sopita de colores en mi tripa de color hasta ser pasto de tivurones o llegar a una playa de la provincia de Almería, cuya tierra y pesticidas guardo en mi corazón por ser allí donde trabajé por primera vez gracias al buen oficio de un modesto horticultor que se arriesgó a ser sancionao por la normativa comunitaria a causa de permitirnos el recoger de su invernadero los tomates…”



“…la sede social de Aúpa Negritos, donde yo habitaba haciendo además las veces de guarda jurao en la noche, pero era feliz, comía y entrenaba pa no decepcionar en mi debut a la afición blanca y participaba activamente en las reuniones de la organización, matizando las observaciones del sacerdote en jefe cuando en las conferencias con asistencia de autoridades civiles y militares de la provincia, incluidos los legionarios, aseveraba, circuspecto y entendió el muy experto en temas de inmigración, que nosotros los negritos tropicales gustan de vestir ropajes llamativos y de comer sandía, teniendo el ritmo en el cuerpo y en el cuerpo una piel áspera y un olor característico, que nos sale de no lavarnos, a ver si le decís a los horticultores de El Ejío, gritaba yo en to la parroquia apostólica, que hagan justicia y pongan del agua caliente en el riego por goteo porque nos salen sabañones en el pene sangrando por de dentro las de mi tierra mujeres con víruses venerables, lo que causó gran alboroto y una entrevista subsiguiente con el sacerdote en jefe en la que me comunicó que el permiso de trabajo temporal tocaba lamentablemente a su fin y que yo iba a convertirme de la noche a la mañana en un inmigrante ilegal de tres pares de cojones, que a ver lo que hacía, y le pedí amparo contestándome el buen samaritano que ése era mi problema, negro cabrón, que me has dejao en ridículo…”

Antonio Orejudo  (Ventajas de viajar en tren)

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