sábado, 10 de septiembre de 2011

Rafael Reig / Guapa de cara / Los Secretos




“En el colegio Santa Clara, la infancia se eterniza, el tiempo transcurre a mano, avanza y retrocede, movido fotograma a fotograma con una manivela de Cine Exin. Era un chalé del Viso, un colegio mixto, las chicas llevábamos falda escocesa y los chicos jersey de pico. En los recreos, los chicos juegan al rescate, a la guerra (hay que contar hasta veinte cuando te alcanza una bala, luego vuelves a vivir), al fútbol y al gol regateado o gol centrado. Las niñas, casi siempre a la goma o a la cuerda, en el patio pequeño, donde están las canastas del baloncesto. Mis mejores amigas eran Marisol Mateos, que tenía pulgares retráctiles y sabía escupir cáscaras de pipas, y Fátima Fernández, a la que no le salieron tetas casi hasta el final de BUP. También Maite Munárriz, la rubia, de la que estaban enamorados todos los chicos. Tenía también amigos: Eduardo Sandoval, que llevaba uno de los cristales de las gafas tapado con esparadrapo. “Así el otro se esfuerza más”, decía. Y Carlos Vilora y Fernando Eguilaz. El que fue el amor de mi vida y el que fue mi marido. Jugábamos a egiptólogos, a dibujar Casa de la Tortura y a redactar descripciones literarias copiadas de Azorín.
En los recreos celebrábamos juicios con un Madelman en el Tribunal de Nuremberg. La sentencia se ejecutaba en el patíbulo de la barandilla de la escalera, le ahorcábamos con el cordón de uno de los zapatos de Mario Navalón. A las Nancys les atábamos las faldas a las piernas y las colgábamos boca abajo, como a la amante de Mussolini. Las chapas, las canicas y el yo-yo volvían cada año en la misma época, aparecían y desaparecían a intervalos regulares, como la tosferina y las ganas de vivir. En clase solía escribir en un cuaderno:

María Dolores Eguíbar Madrazo
Viriato 52, piso 5, letra A
Madrid
España
Europa
La Tierra
Sistema Solar
La Vía Láctea
El Universo
???

Rafael Reig  (Guapa de cara)










“Nos pasamos media vida tropezando con los muebles, pillándonos los dedos en las puertas, dándonos coscorrones contra el pico de las mesas. Sin embargo, llega ese día en que te agachas a coger una cacerola y, al incorporarte, te das en la cabeza con la puerta del armario de los vasos. Si lo primero que piensas es que es culpa de tu marido, que otra vez se la ha dejado abierta, entonces el matrimonio ya está muerto, el amor se ha evaporado y no hay nada que hacer.
El día que una ya no dice “¡La puta puerta!”, sino “¡Qué cabrón!”, todo ha terminado.
Ya no es la puta puerta contra lo que te has tropezado, sino tu vida entera, tu vida que está mal cerrada, que está donde no debería estar, al acecho, preparada para golpearte en la frente. “¡La puta vida!”, eso es lo que una piensa, porque el problema no es ese armario que no tendría que estar abierto, sino la vida que llevas, que no debería estar ahí, atravesada en medio de tu camino.
No tiene remedio, hay que dar un portazo.
A partir de entonces, por las mañanas, lo primero que encuentras es una colilla flotando en el váter. La cucharilla del café manchando la encimera. La ropa sucia en el bidé. Los zapatos por el suelo. Igual que siempre, sí, pero antes no te dabas cuenta. Ahora, en cambio, ya no ves otra cosa y tropiezas una y otra vez contra tu propio cuerpo que te está cerrando el paso.
Te preguntas qué ha sucedido. ¿Ha cambiado él? ¿He cambiado yo? ¿Hemos cambiado los dos en direcciones opuestas? …

Rafael Reig  (Guapa de cara)

***

No hay comentarios:

Publicar un comentario