viernes, 28 de octubre de 2011

Formas de volver a casa / Alejandro Zambra



“Creía que pasaríamos semanas e incluso meses a la intemperie, a la espera de algún lejano camión con alimentos y frazadas, y hasta me imaginaba hablando por televisión, agradeciendo la ayuda a todos los chilenos, como en los temporales –pensaba en esas lluvias terribles de otros años, cuando no podía salir y era casi obligatorio quedarse frente a la pantalla mirando a la gente que lo había perdido todo.
Pero no fue así. La calma volvió casi de inmediato. En ese rincón perdido al oeste de Santiago el terremoto había sido nada más que un enorme susto. Se derrumbaron unas cuantas panderetas, pero no hubo grandes daños ni heridos ni muertos. La tele mostraba el puerto de San Antonio destruido y algunas calles que yo había visto o creía haber visto en los escasos viajes al centro de Santiago. Confusamente intuía que ese era el dolor verdadero.
Si había algo que aprender, no lo aprendimos. Ahora pienso que es bueno perder la confianza en el suelo, que es necesario saber que de un momento a otro todo puede venirse abajo. Pero entonces volvimos, sin más, a la vida de siempre.
Papá comprobó, satisfecho, que los daños eran pocos: nada más que algunas grietas en las paredes y un ventanal trizado. Mi mamá solamente lamentó la pérdida de los vasos zodiacales. Se quebraron ocho, incluido el de ella (piscis), el de mi papá (leo) y el que usaba la abuela cuando venía a vernos (escorpión) –no hay problema, tenemos otros vasos, no necesitamos más, dijo mi padre, y ella le respondió sin mirarlo, mirándome a mí: sólo el tuyo se salvó. Enseguida fue a buscar el vaso del signo libra, me lo dio con un gesto solemne y pasó los días siguientes un poco deprimida, pensando en regalar los demás vasos a gente géminis, a gente virgo, a gente acuario.
La buena noticia era que no volveríamos pronto al colegio. El antiguo edificio había sufrido daños importantes y quienes lo habían visto decían que era un montón de ruinas. Me costaba imaginar el colegio destruido, aunque no era tristeza lo que sentía. Sentía simplemente curiosidad. Recordaba, en especial, el sitio baldío al final del terreno donde jugábamos en las horas libres y el muro que rayaban los alumnos de la media. Pensaba en todos esos mensajes volando en pedazos, esparcidos en la ceniza del suelo –recados burlescos, frases a favor o en contra de Pinochet. Me divertía mucho una frase en especial: A Pinochet le gusta el pico.
Entonces yo estaba y siempre he estado y siempre estaré a favor de Colo-Colo. En cuanto a Pinochet, para mí era un personaje de la televisión que conducía un programa sin horario fijo, y lo odiaba por eso, por las aburridas cadenas nacionales que interrumpían la programación en las mejores partes. Tiempo después lo odié por hijo de puta, por asesino, pero entonces lo odiaba solamente por esos intempestivos shows que mi papá miraba sin decir palabra, sin regalar más gestos que una piteada más intensa al cigarro que llevaba siempre cosido a la boca.”

Alejandro Zambra  (Formas de volver a casa)


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