sábado, 26 de noviembre de 2011

Alan Pauls / Historia del llanto





“El 11 de septiembre de 1973, de visita en casa de un amigo dos años mayor, una de esas amistades desparejas que han sido y serán su especialidad y en las que él siempre es el menor, sale del cuarto de su amigo para buscar una ración del budín marmolado que lo pierde y cuando vuelve, con cuatro rodajas oficiales en el plato y dos clandestinas en el estómago, lo sorprende sentado en el borde de la cama, llorando sin consuelo frente a la pantalla del televisor blanco y negro donde el Palacio de la Moneda de Santiago echa humo por todas las ventanas, cuatro veces bombardeado, a lo largo del día, por escuadrones de aviones y helicópteros de la Fuerza Aérea, mientras la voz compungida de un locutor de noticiero repite el rumor según el cual Allende –el todavía presidente Salvador Allende, como lo llaman, vaya a saber uno si por simpatía, por escrúpulo jurídico, en el sentido de que Allende no dejará de ser presidente de Chile cuando el Palacio que era sede de su poder quede reducido a cenizas por el fuego militar, sino cuando haya otro que ocupe su lugar, o simplemente por desconfianza, por un recelo profesional hacia los rumores que la insistencia con que el locutor se hace eco de éste no hace sino contradecir- se habría suicidado, después de resistir en el interior del Palacio con sus colaboradores más cercanos, disparándose en la boca con el fusil AK-47 que alguna vez le regaló Fidel Castro.



Lo ve llorar, y antes de que entienda con todas las letras por qué llora, antes de conectar todo lo que sabe de las convicciones políticas de su amigo, muy parecidas a las suyas pero, según la impresión que siempre lo ha torturado, tanto más convincentes, a tal punto que desde que lo conoce y se familiariza con su posición política, como ambos llaman a eso que por entonces es obligatorio tener, que nadie puede darse el lujo de no tener, siempre se ha sentido de algún modo como un impostor, el doble pálido de su amigo, el farsante que repite en un lenguaje débil, plagado de reflejos automáticos y fórmulas de segunda mano, todo lo que de labios de su amigo parece brotar en la lengua natural de la verdad –antes de conectar todo lo que sabe de su amigo con las imágenes que ve, que evidencian hasta qué punto sus convicciones políticas acaban de sufrir una herida de muerte, siente una ola de envidia que le corta literalmente el aliento. Él también quisiera llorar. Daría todo lo que tiene por llorar, pero no puede. Ahí, parado en el cuarto de su amigo, mientras convoca a las apuradas las tragedias, todas virtuales, en las que confía para recibir la bendición de una congoja instantánea, se da cuenta de que no llorará. No sabe si son las imágenes, que por algún motivo no le llegan tanto o tan profundo o tan nítidas como a su amigo, o si son los dos años menos que tiene, que así como le dan prestigio –puesto que lo consagran como ejemplo de una tradición de precocidad política, la comunista, que cuenta ya con una larga lista de ejemplos notables, es decir: alguien que a los trece lee y comprende y hasta objeta con fundamento ciertos clásicos de la literatura política del siglo XX que pondrían contra las cuerdas a los militantes más experimentados-, así también de algún modo lo debilitan, disminuyen en él la capacidad física o emocional de experimentar la política que en su amigo, a los quince, está ya a pleno. 




O ¿no será en realidad que la presencia y el dolor de su amigo, sentado frente al televisor, con la cara, como buen miope, casi pegada contra la pantalla, absorbe de tal modo el significado y la fuerza de la información que irradia el aparato que para él ya no queda nada, ni restos, ni una miga del tamaño de las que él mismo acaba de dejar en la cocina al zamparse las dos rodajas de budín marmolado, nada que pueda afectarlo y traducir en él todo lo que entiende –porque lo entiende todo y mucho mejor, sin duda, que su amigo, a quien esa misma mañana, sin ir más lejos, le explica con tres o cuatro brochazos de impertinente lucidez la cadena de causas y efectos que une una vulgar huelga de camioneros con el derrumbe de los mil días de la primera experiencia de socialismo democrático de América Latina- al idioma último o primero de los sentimientos?”


Alan Pauls   (Historia del llanto)


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