miércoles, 30 de noviembre de 2011

Marcos Giralt Torrente / Tiempo de vida






“Qué incordio para mi padre, por mucho que por debajo fluyera una corriente de satisfacción por mis logros, ver dibujarse en el futuro de su hijo los tormentos de incertidumbre que le atemorizaban del suyo. Qué incordio que todo se perpetuase y que a las consecuencias de haber elegido un oficio tan inseguro como la pintura se le añadieran las consecuencias de que yo hubiese elegido uno de parecidas características. Cuánto más favorable para él habría sido que me dedicase a una profesión estable y bien remunerada, en la que la promoción personal se sustentara en la valía y no en el mercadeo con pulgares que caen o se alzan según caprichosas apetencias. Una profesión de verdad, no esta irresponsable prolongación de la infancia en la que consisten los oficios artísticos. Una profesión que me procurase rápidos rendimientos para así dejar a un lado sus carencias.




Es fácil imaginar que mi padre, preocupado siempre por el dinero, no querría que yo viviera con el mismo temor, y no solo porque suponía que, no faltándome, era más improbable que le reprochara nada. Conocía las fluctuaciones de una vida: había pasado de ser en la treintena un artista casi consolidado, a sueldo de una exitosa galería, a una época de sequía en la que tuvo que inventar otros trabajos para sobrevivir, y de ésta a un corajudo renacimiento en el que, desarrollando una obra madura y potente, de las mejores de su generación, pese al prestigio recuperado, no había logrado trascender el círculo de los enterados, lo que se traducía en respetuosas pero modestas críticas cada vez que exponía, casi ninguna promoción pública por parte de museos importantes, y escasas ventas en comparación con otros. Sabía que en estas profesiones o tienes éxito o el fracaso te deja sin dinero para pagar el recibo de la luz y sabía que el talento, salvo excepciones, no es lo determinante para destacar, sino que intervienen otros factores como la suerte o la capacidad, no tan frecuente entre quienes tienen un don, de no concitar odios, prejuicios ni envidias, no de ser invisible pero sí inocuo, inocuo para el ego de los que solo tienen ego y un poco de poder; conocía todo eso y también los estragos que causa sentirse inmerecidamente apartado y hubiese preferido que yo no corriera el riesgo.





No hablo solo de las limitaciones materiales; hablo de los obstáculos que se interponen para que la expuesta vanidad del artista se vea satisfecha; del reconocimiento, necesario reconocimiento, que mi padre llegó a tocar y que, por eso, lo aguijoneó hasta tan tarde como mayo de 2006, cuando en una entrada en su diario se refirió a el con estas palabras: “Silencio desde abril 6, ahora es mayo. Pensaba escribir algo sobre mi estado de cosas pero cuando me lo planteaba ganaba el ¿para qué? Escucho ahora viejas canciones de Gilbert Bécaud después de manchar un cuadro de 250 x 180 que se unirá a todos los demás que no sé dónde meter (…). Tengo extrañas sensaciones en estómago y vientre y el cansancio ha disminuido un poco.” Prosigue a lo largo de un corto párrafo hablando de mí, de la tranquilidad que, dice, le proporcionaba en esa época, y continúa: “Pintar es hacer algo que antes no existía, no es borrar u olvidar; es hacer y vivir, así que pienso seguir con ello. Esta mancha se convertirá en algo que ni yo sé, todo irá evolucionando hasta que aparezca un algo que provoque mi reconocimiento y aceptación”.


Marcos Giralt Torrente  (Tiempo de vida)



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