miércoles, 14 de diciembre de 2011

Claudio Magris / "El infinito viajar"





UN PADRE, UN HIJO



En la sala del monasterio barcelonés de Pedralbes –uno de los grandes monumentos del gótico catalán- que acoge una sección de la colección Thyssen-Bornemisza, entre los poco numerosos visitantes se nota la presencia de una pareja formada por un padre y un hijo. El primero es un aseado señor de unos setenta y cinco años, poca estatura y aire tranquilo, y lleva de la mano al segundo, evidentemente afectado por el síndrome de Down, o sea, como impropiamente suele decirse, un mongólico.

Los dos, precediéndome, van parándose delante de cada cuadro y el padre le explica al hijo, llevándole todo el tiempo de la mano, la Virgen de la humildad de Fra Angelico, tema predilecto de las órdenes mendicantes, la sombra de la que sale el Retrato de Antonio Anselmo de Tiziano, el canario que se escapa de la jaula en el Retrato de una dama de Pietro Longhi. El hijo le escucha, asiente con la cabeza, murmura algo de vez en cuando; puede que tenga cuarenta o cincuenta años pero tiene, sobre todo, la edad indefinible de un niño marchito. El padre le habla, le escucha, le contesta; probablemente lleve haciendo esto toda una vida y no parece ni cansado ni angustiado, sino complacido por enseñarle a su hijo a amar a los Maestros.

Cuando llega al Retrato de Mariana de Austria, reina de España, se agacha para leer el nombre del autor, después se yergue de golpe y, dirigiéndose al hijo con un tono de voz un poco alto, le dice: “¡Velázquez!”, y se quita el sombrero levantándolo lo máximo posible. La cruz que una injusticia imperdonable le ha cargado sobre los hombros con la discapacidad del hijo no ha curvado su espalda, no lo ha doblegado ni maleado, no le ha privado de la alegría de reconocer la grandeza, homenajearla y hacer partícipe de ella a la persona por la que verosímilmente vive, su hijo. A menudo el dolor troncha, agria, empuja comprensiblemente a negar lo que otros, con quienes la suerte ha sido pródiga de dones, han logrado crear conquistando la gloria en el mundo; sobre todo una pena que te enclaustra en las sombras, como la de esa discapacidad, hace que sea difícil alegrarse y disfrutar con el esplendor alcanzado por otro. Tal modo respetuoso y alegre de quitarse el sombrero es un gesto regio, y el evidente placer con que el padre le comunica su entusiasmo al hijo lo es todavía más. Ese amor paterno y filial hace que esas dos personas se basten, como se basta el amor. Y ante ese hombre, que sin saberlo se convirtió para mí en un pequeño maestro, hay que quitarse el sombrero.
19 de marzo de 1996

Claudio Magris  (El infinito viajar)


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