martes, 13 de diciembre de 2011

Demostrado: Los gamusinos encebollaos son lo mejó p’al cutis.






Yo me dí cuenta de lo que era “la capital”, el día que entré en el vagón del metro, di los buenos días, y nadie me contestó.
Javier Cámara.


Aviso: Lo que sigue no es ningún chascarrillo. Es solo una mirada afectuosa al superpoblado mundillo de los genios postulantes.

La actitud inexplicablemente prepotente y ridículamente soberbia que aqueja a esos “pollos”, prototipos de escritores (de novelas, o de cuentos o de versitos o de blogs) provincianos, -que no, que no se diserta en términos socio/geográficos- en cuanto se creen entronizados, (de un par de montaditos de mortadela, un pregón o una portadilla será la culpa)  “triunfitos” en la “capital de las letras con ánimo de lucro” se puede deber según nuestro inmodesto parecer (que hemos copiao de por ahí) a: el exceso de flujo de oxígeno en el cerebro, o también, a su falta. O, en casos extremos, a la  caída del pelo del más escandaloso de sus atributos, el descarnado ano, presumiblemente de tanto engullir.






Es posible que, al “no muy ejemplar”, por decirlo a la urdangarin,  mundillo de las letras (no confundir con las inmaculadas de los usureros), la llegada periódica de más inmundicia tóxica, cacareando, mientras trepa a codazos, su supuesta genialidad y su absoluta e incondicional determinación de chupar o mamar lo que haya que chupar o mamar, (para ganar plaza fija y amorrarse al bote-gracias), de llegar a ser un tío grande, importante, de los que cortan el bacalao y se quedan con la mejor tajada, de los que acceden a grandes audiencias y dan conferencias sobre cualquier temática a este y al oeste lado del charco y forman parte del núcleo duro de los premios “jugosos, por lo bien dotados” y dirigir sedes “de nivel adquisitivo” del Instituto Cervantes y vivir de la puta madre (la teta endeudada del estado), con dietas y adelantos de varios ceros, hasta que llegue, no hay prisa, la inmortalidad; sea algo que no le haga experimentar el más mínimo asombro o dolor.
Pero señores, porqué, se pregunta el sufrido gremio de charcuteros, o la benemérita asociación de víctimas de las hojas parroquiales, esos desaprensivos aldeanos no reciclan su propia basura, por muy avalada que esté por el concejo regulador de la cosa nostra, de puertas adentro del campo, como está mandao; en vez de tarifarla en el coche de línea a la capital, en la que, es evidente hasta para el más cegato, que ya no queda espacio para un solo  chupón más.






Aunque es cierto que buena parte de la comisión del delito (haber puesto en marcha, en los albores, el tinglado exportador) puede recaer en esa piara jesuítica de amigorros que, a la salida de los talleres-catequesis, atontaos por el tufo a sacristía y para, de camino, malmeter; no paraban de decirles, (por puñetera envidia dicen las luminarias; por quitarse a los pelmazos de encima, decimos nosotros, que sabemos por propia experiencia que, cuando los paletos se ponen a ello, pueden llegar a ser muy cabrones y muy insolidarios) que eran unos tontainas, que no decían más que tontunas y que se largaran de una puta vez a dar la brasa y venderles los gamusinos a los “tolilis” de la capital. Que hicieran acopio de todos sus “molesquines” y encordasen el paquete de geniales manuscritos…y que, moviendo profesionalmente el trasero y ensayando una pose de intelectual malhumorado, muy leído, insobornable, absolutamente moderno, agresivo y selectivamente faltón, con una pincelada de rojo en los morros, a modo de reclamo y ayuda a la introducción, enfilaran el glamuroso camino del éxito económico y literario.
Y que lo hicieran, a ser posible, a toda PRISA, ¡cagando leche merengada!, antes de que les inauguraran un Zara donde el “Café Sonajero” y les jodieran el mítico espacio escénico donde tan “castamente” oficiaban  sus ídolos, con cerillero-prestamista bueno, incluido.  

ELOTROOTRO

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