lunes, 5 de diciembre de 2011

Ignacio Martínez de Pisón / “Enterrar a los muertos”




 



“…el antiguo activista (Dos Passos) volvió a ponerse en movimiento cuando un amigo suyo, el artista santanderino Luis Quintanilla, fue detenido con motivo del movimiento insurreccional de Asturias de octubre de 1934 por formar parte del comité revolucionario de Madrid. Quintanilla era también (y sobre todo) amigo de Hemingway, al que había conocido en una borrachera en un bar de Montparnasse en 1922. Hombre de agitada biografía que en su juventud había sido marino y boxeador y que desde 1927 militaba en el PSOE, iba a ser juzgado por un tribunal militar, y la condena amenazaba con ser particularmente severa: el fiscal pedía para él dieciséis años de cárcel.






Para dar publicidad al caso y forzar al gobierno español a ser clemente, Hem y Dos organizaron una exposición de sus aguafuertes en la galería neoyorquina Pierre Matisse y, al igual que estaba haciendo en Inglaterra y Francia (en este país, a iniciativa de André Malraux), promovieron una campaña de recogida de firmas entre personalidades como Henri Matisse, Thomas Mann, Sinclair Lewis o Theodor Dreiser, con el que Dos Passos había colaborado en la defensa de Sacco y Vanzetti. La exposición debía asimismo servir para recaudar fondos para los encarcelados, y los dos escritores recurrieron para ello a sus contactos con liberales de la alta sociedad. Entre ellos estaban, por ejemplo, los adinerados y elegantes Sara y Gerald Murphy, buenos amigos de Hemingway y Dos Passos desde principios de la década anterior. En su biografía de los Murphy, Amanda Vaill reproduce un telegrama de Gerald en el que se alude a la excelente acogida de la exposición: “CUATRO VENDIDOS PRIMER DÍA”



El catálogo incluía sendos textos de Hemingway y Dos Passos. El de éste señalaba que “Quintanilla ha expresado su disgusto por medio de sus aguafuertes y de su actividad revolucionaria. Es natural que los burócratas civiles y religiosos, los latifundistas y los explotadores industriales que han recurrido al ejército, los políticos aprovechados y especialmente los guardias civiles, le hayan metido en la cárcel para devolver el poder en España a la propiedad”. Los dos novelistas no se conformaban con ayudar a su amigo, sino que además buscaban denunciar la forma en que el gobierno había aplastado la rebelión. “No es bonito usar tropas moras, bombarderos y artillería pesada sobre tus propias gentes y ciudades”, escribió Dos Passos a Malcolm Cowley, director del New Republic. Una de las cartas que por entonces envió a Robles revela, no obstante, el escepticismo que le inspiraban campañas de ese tipo. Aunque en ella dice haber firmado “varias protestas de Barbusse” y “una petition en el caso de Quintanilla”, no cree que eso pueda influir en Gil-Robles o Lerroux, al que en otra carta llama “hijo de perra”.






Para su sorpresa, las cosas salieron mejor de lo esperado. En febrero del 35, Dos informó a Edmund Wilson de que Quintanilla había “sido trasladado a una fantástica celda que Juan March había arreglado para sí mismo, y los rumores apuntan a que dentro de seis meses estará en libertad”. A finales de mayo Quintanilla estaba ya en libertad provisional, y escribió al novelista una larga carta en la que le informaba de su nueva situación y le expresaba su agradecimiento: “Vd. No podrá imaginarse lo que es leer a la caída de una tarde de invierno, en la celda  de una cárcel, donde todo son humillaciones y violencias, el prólogo que para el catálogo de mi exposición escribieron Vds.” El fiscal había rebajado su petición a cuatro años de cárcel, y lo más probable era que Quintanilla no tuviera que reingresar en prisión.





La inquietud de Dos Passos por el pintor santanderino se reavivaría en el verano del año siguiente, cuando a los Estados Unidos llegaron noticias de que había sido asesinado por pistoleros fascistas. Luego se supo que Quintanilla, que había participado en el asalto al madrileño Cuartel de la Montaña, estaba vivo. La guerra civil española acababa de estallar.”
   


Ignacio Martínez de Pisón  (Enterrar a los muertos)


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