lunes, 31 de enero de 2011

Obertura de los derrotados





En 1939, recientemente terminada la Guerra Civil, Evaristo Fernández Blanco compondría su Obertura trágica, con la urgencia de quien ha sido testigo de la barbarie y es consciente de la desaparición del mundo de aquellos que, en términos benjaminianos, no pudieron realizar su proyecto vital. En este sentido, resuenan en esta pieza, como homenaje a los héroes republicanos, fragmentos del himno anarcosindicalista “A las barricadas” y de “La Internacional”. Como es obvio esta obertura no fue estrenada hasta 1983, siendo recuperada recientemente en un contexto de reivindicación del trabajo de este compositor largamente olvidado, como olvidadas han sido, de modo general, las aspiraciones de quienes quisieron construir otra realidad posible.

Fuente: Contraindicaciones

Emilio Lledó / Pensar hoy



Por lo que me dicen, a principios del nuevo siglo, hay que pensar en él; en lo que nos traerá, en lo que nos quitará. Al intentar una respuesta a tan interesante pretensión, surge una primera dificultad. ¿Pensar lo que va a ser una época que se presenta, según se predica, como sociedad tecnológica, sociedad de la información, y otros retumbantes pronósticos? La respuesta podría dejarse a los profetas, augureros, pitonisos, magos, oscurividentes, clérigos o hechiceros de distintas sectas, que vaticinan sin cesar sobre nuestro futuro y hasta nos acosan con sus vaticinios. Pero, a lo mejor, eso no es pensar aunque tales personajes utilizan el lenguaje -el instrumento esencial de la comunicación humana- para crear formas de comunidad, identificaciones y diferencias, casi siempre con muy concretas y nada mágicas intenciones.
Habría que saber primero lo que significa ese verbo "pensar", esa palabra. No es un sustantivo: algo hasta cierto punto firme, estable, duradero, como la mesa, la silla o incluso manejable como la pluma con la que escribo; o como mi amigo, o esa pareja que pasea ante mi balcón. Hay, sin embargo, una diferencia entre la pluma, la mesa y, sobre todo, mi amigo, o esa pareja que pasa ante mi balcón. La diferencia, así a primera vista, es que esos seres, esas personas, son también "sustantivos", seres reales, que caminan, que respiran y sobre todo -por eso son personas- que tienen dentro de sí algo más etéreo, más inasible, que fluye por las neuronas y que sustantivamos llamándole pensamiento, aunque no lo veamos, aunque no lo podamos tomar en nuestras manos, ni siquiera cuando lo expresamos ni, casi, cuando lo escribimos.


Un objeto delicado, misterioso, porque está lleno de grumos mentales, de opiniones que se van formando y que, muchas veces, no podemos controlar, ni siquiera saber cómo han venido, por qué las tenemos. Desconocemos incluso si son verdaderamente nuestras o nos las han puesto en el cerebro, nos las han impuesto para cultivar nuestra ignorancia; para degenerarnos, desquiciarnos, hacernos agresivos e irracionales.
Un objeto delicado y por ello peligroso. Está expuesto a mil ataques en los que podemos perder lo que somos y el sentido de dónde estamos. Pero, al mismo tiempo, ese incesante fluir de nuestras ideas, del producto de esa luz interior que nos hace conscientes y dice quiénes somos, qué clase de ser somos, es lo más importante, lo más intenso, lo más hermoso de la vida humana.
Pensar, dicen los expertos, es establecer relaciones lógicas, racionales, entre cosas, sucesos, intuiciones, y hacer que esas relaciones tengan coherencia y sentido. Pero pensar debe ser también algo más sencillo, incluso más primitivo, más inmediato: tener proyectos, deseos, opiniones, afectos, sensibilidad, pasiones.
En la vida social, el pensamiento resultado de esas iluminaciones -porque pensar es dar luz, alumbrar-, de esas proyecciones y apetencias del sujeto, convierte a los seres humanos en reflejos conscientes, donde aparece un territorio mucho más amplio que el que comprende esa coherencia que llamamos "lógica".
Pensar debe ser también una forma mental que analiza lo que ven nuestros ojos, lo que oímos, lo que experimentamos en el curso, en el "discurrir", de cada vida. Creo que en todos los tiempos el proceso del pensamiento fue siempre el mismo. Porque como dijo el filósofo en la primera línea de un libro ya famoso: "Todos los hombres tienden por naturaleza a ver, a entender, a idear". Pensar el siglo XXI es en el fondo, como proceso de conocimiento, lo mismo que en el siglo XVIII, o en el XII, y no digamos en el siglo V antes de nuestra era, cuando uno de aquellos geniales personajes que inventaron la racionalidad, la justicia, la felicidad, dijo que no le importaba tanto saber lo que era el bien, la ética, sino que fuéramos buenos, decentes; que supiéramos elegir entre el bien y el mal, entre el necesario pero tantas veces miserable bien personal y el bien de la comunidad a la que pertenecemos, que es el mundo entero, la vida entera. Inventaron, se miraron en el espejo de esas palabras porque supusieron decirlas y porque su mente, a pesar de posibles contradicciones, era libre y luchaba por esa libertad.



Pero, por supuesto, hay que pensar el nuevo siglo. Y pensar, como digo, fue siempre ejercer esa posibilidad de interpretar y, sobre todo, de poder y querer entender. Otro texto famoso de la filosofía, en un libro que hablaba de antropología, de lo que son o deben ser los seres humanos, se preguntaba: "¿Qué puedo saber? ¿Qué debo hacer? ¿Qué me cabe esperar?". Las preguntas tan próximas, tan elementales, señalaban el amplio horizonte de toda la historia, y es en esa historia entera donde siempre, bajo múltiples formas, han resonado. Preguntas de toda la vida y que el tiempo no desgasta jamás.
Pero es verdad que, como cantaba la vieja zarzuela, "hoy los tiempos adelantan que es una barbaridad". Adelantan o atrasan. Porque como también se ha comentado, muchas veces, "nunca como hoy han tenido los seres humanos tantas posibilidades de información, de comunicación y, paradójicamente, nunca han estado tan silenciosos, tan inermes, tan deteriorados". Es cierto que la ignorancia y el oscurantismo han dominado la existencia humana y su organización social. Pero la inteligencia deformada, degenerada es aún peor que la barbarie.

Ese silencio personal se debe, sobre todo, a que no aprendemos a pensar, a que esa afirmación tan certera de que "el hombre es lo que la educación hace de él" se realiza a duras penas. Los fomentadores de la ignorancia, los fanáticos de tantas falsedades, no quieren la libertad de la mente, la libertad de aquellos a quienes, de sutiles maneras, subyugan y explotan porque les roban el único, verdadero, tesoro del pensamiento, de la "libertad de conciencia". La liberación y autonomía de la mente, de la capacidad de interpretar y entender, pone en peligro los intereses de las implacables oligarquías que los engendran.
La oposición entre los poderosos y los inermes, los "pudientes" y los que casi nada pueden, los farsantes y los inocentes, ha recorrido la historia de la humanidad. Pero hoy, precisamente, por el imperio de esas nuevas divinidades que llaman "mercados", y con todas las excepciones que queramos, de sus indecentes mercachifles domina, como la "cólera de las imbéciles", el mundo. La forma más indigna de dominio es la corrupción de la inteligencia, de la capacidad de discernir, de amar, de "contemplar el cielo estrellado fuera de mí, y la ley moral dentro de mí". Y la corrupción de los "poderosos" fomenta la degeneración de sus lacayunos vasallos e incluso, en el colmo de su estulticia, la imitación. Sorprende que corruptos reconocidos, incluso condenados, sean votados, elegidos, por entontecidos ciudadanos -¿corrompidos también por su propia avaricia?



A lo largo de la historia siempre hubo semejantes deformaciones, pero en los comienzos del nuevo siglo mereceríamos que no fueran ya posibles las monstruosidades que nos trasmiten los medios de información y que parecen increíbles. Pero las sabemos y eso ya es importante, aunque nos las disuelvan en papillas ideológicas. Es, efectivamente, arriesgado estar en el mundo. "Es difícil ser bueno en un mundo malo", decía la portada de una revista alemana no hace muchos años. Es verdad que la vida como tensión y camino, la "lucha por la vida", parece caracterizar a los seres humanos. Pero todo ello, en nuestro convulso y cruel territorio, en la dura historia que día a día vivimos, produce un lamentable e indeseable fenómeno social: estamos tan asfixiados por la "sociedad de la información" -¿del conocimiento?- que acabamos por acostumbrarnos e insensibilizarnos.

Pensar es además, en la incomparable complejidad de nuestro mundo, algo tan necesario o más que en otros tiempos. Pero en el nuestro, en el que a pesar de todo se han hecho indudables progresos -la ciencia, la lucha por los derechos humanos, la liberación de tantos fantasmas y discriminaciones, etcétera-, no basta ya con saberlos, con interpretarlos. Hay que plantearse la segunda pregunta kantiana: "¿Qué debo hacer?".
Este es el reto que el pensar nos lanza. Un pensar que tiene que ser alumbrado por todos esos ideales de "filantropía" que la mejor tradición cultural nos ha entregado. Ideales que hay que discernir, que limpiar, de las pegajosas desinformaciones que podemos padecer precisamente por la "sociedad de la información". El pensar hoy, entre esos ideales, tiene una exigencia ineludible: la educación. Pero esa exigencia nos traslada al "hacer" al que se refería el interrogante kantiano. Sólo el "hacer del pensar"; la creación de instituciones que fomenten la libertad de la mente será el quehacer esencial de nuestro tiempo. Una empresa política que, por cierto, se funda en otro "hacer": el de la inteligencia y honradez de quienes nos gobiernen. Honradez y decencia que necesita de la nuestra al elegirlos.


Emilio Lledó (Sevilla, 1927)

Fuente: El País 22/01/2011

Precipicios (26)

Precipicios (*)
(*) Despeñadero o derrumbadero por cuya proximidad no se puede andar sin riesgo de caer.

Hasta que me canse, se me ha encaramado a la chepa el capricho, voy a reseñar los comienzos (los precipicios) de los libros que leo y releo, por el gusto de rumiar…



“Desde hace tiempo vengo con la intención de recoger algunos episodios de la vida de Abdul Bashur, amigo y cómplice del Gaviero a lo largo de buena parte de su vida, y protagonista, en modo alguno secundario, de no pocas de las empresas en las que Maqroll solía comprometerse con sospechosa facilidad. En muchas de ellas Bashur desempeñó el papel de salvador, rescatando a Maqroll en los momentos críticos, gracias a esa astuta paciencia que constituye uno de los rasgos predominantes del carácter levantino. Ahora he resuelto emprender esa tarea de cronista, que iba aplazando indefinidamente. La razón para hacerlo surgió de un hecho característico de los altibajos y sorpresas que poblaron la existencia del Gaviero.


En un cambio de trenes en la estación de Rennes, cuando iba camino a Saint-Malo para asistir a una reunión de amigos dedicados a preservar la tradición de los libros de aventuras y de viajes, perdí la conexión y tuve que esperar el paso del próximo tren con destino al ilustre puerto bretón. Caía una lluvia insistente y helada y resolví quedarme tranquilo en la sala de espera, leyendo un libro de Michel Le Bris sobre la Occitania medieval. Estas salas son semejantes en el mundo entero. Un ambiente de tierra de nadie, el gastado mostrador donde nos ofrecen el consabido café chirle con su indefinible gusto a desamparo y los hostigantes licores de la región, de color y sabor harto improbables; su puesto de periódicos y revistas, viejos de varias semanas, que no atraen ya la atención de nadie por lo atrasado de sus noticias y las imágenes locales insulsas y desteñidas. Los afiches de turismo pegados en las paredes sugieren siempre estaciones balnearias con un relente de enfermedad y decadencia o muestran picos nevados cuyo nombre nada nos dice y para nada invitan a la necia proeza de escalarlos. Las bancas, siempre duras y tambaleantes, acogen a los anónimos pasajeros que esperan su tren con esa resignación fatal del que ha perdido ya la esperanza de dormir esa noche en su hogar. Todo el mundo se encuentra allí resignado a lo que suceda, sin importar lo que sea.


Alguien pronunció mi nombre de repente, allá desde una esquina de la sala, en donde una estufa de gas intentaba en vano luchar contra el frío y la humedad ambientes. No vi quién me llamaba y me acerqué, entre curioso y molesto…”

Álvaro Mutis (Abdul Bashur, soñador de navíos)

Otrerías


La sinécdoque, ahí donde la ves,
puede llegar a ser una cuestión de estado.


ELOTRO

sábado, 29 de enero de 2011

Otrerías


A mí no me preocupa tu orden
siempre y cuando no descoloque mi caos.


ELOTRO

viernes, 28 de enero de 2011

Amy Hempel


SAN FRANCISCO

¿Sabes lo que creo?
Creo que fueron los temblores. Eso debió de ser. ¿La manera en que el suelo rodó como rola-bolas bajo nuestros pies? ¿Recuerdas que tú y yo estábamos almorzando con papa?
-Supongo que eso no será un terremoto –dijiste-. ¿Estás moviendo la mesa?
Fue en ese momento cuando tuvo que suceder. Un reloj en un aparador, un objeto así de pequeño…Las sacudidas debieron tirarlo al suelo.
¿Y cómo podia saberlo Maidy? Maidy, que estaba en la consulta del medico. Tantos años en el divan de un psiquiatra y, de repente, el divan “se mueve”.
Dios mío, Maidy está en el divan cuando la gran sacudida.
Maidy no te lo contó, pero ¿sabes lo que le contestó el medico? Lo que le contestó cuando ella saltó del divan y exclamó:
-Santo Dios, ¿ha sido eso un terremoto?
El médico le contestó lo siguiente:
-¿Te ha “parecido” un terremoto?
Creo que estamos de acuerdo, hay que verlo por el lado bueno.
De modo que creo que fue en ese momento cuando debió suceder. No es que a mí me importe. Es Maidy la quiere saberlo. Cree que se lo merece, por ser la hija mayor. Aunque, ¿dónde estaba la hija mayor cuando sucedió? ¿Cuál de tus hijas fue la que te encontró?
Cuando Maidy empezó a preguntar por tu reloj, me pareció que tenía que decirlo. Le dije:
-¿Con el cuerpo aún caliente?
Maidy me contestó que el cuerpo no es la persona, que la “esencia” es la persona y que la esencia abandona el cuerpo, junto con las posesiones del cuerpo...;por ejemplo, ¿su reloj?
-El tiempo vuela –dije-. Como una flecha. La “mosca de la fruta” vuela –repetí-. La mosca de la fruta vuela como un plátano.
Así de fácil resulta gastarle una broma a Maidy.
¿Recuerdas lo fácil que era?
Ahora Maidy cree que yo cogí tu reloj. Lo cree porque llegué allí la primera, y piensa que lo primero que se me ocurrió fue cogerlo. Maidy sigue preguntando:
-¿Quién cogería el reloj de mama?
Y me pregunta:
-¿cogiste “tú” el reloj de mama?

Amy Hempel (Cuentos completos)

Vicente Aleixandre


A ti, viva


Es tocar el cielo, poner el dedo
sobre un cuerpo humano.

NOVALIS




Cuando contemplo tu cuerpo extendido
como un río que nunca acaba de pasar,
como un claro espejo donde cantan la aves,
donde es un gozo sentir el día cómo amanece.

Cuando miro a tus ojos, profunda muerte o vida que me llama,
canción de un fondo que sólo sospecho;
cuando veo tu forma, tu frente serena,
piedra luciente en que mis besos destellan,
como esas rocas que reflejan un sol que nunca se hunde.

Cuando acerco mis labios a esa música incierta,
a ese rumor de lo siempre juvenil,
del ardor de la tierra que canta entre lo verde,
cuerpo que húmedo siempre resbalaría
como un amor feliz que escapa y vuelve.

Siento el mundo rodar bajo mis pies,
rodar ligero con siempre capacidad de estrella,
con esa alegre generosidad del lucero
que ni siquiera pide un mar en que doblarse.

Todo es sorpresa. El mundo destellando
siente que un mar de pronto está desnudo, trémulo,
que es ese pecho enfebrecido y ávido
que sólo pide el brillo de la luz.

La creación riela. La dicha sosegada
transcurre como un placer que nunca llega al colmo,
como esa rápida ascensión del amor
donde el viento se ciñe a las frentes más ciegas.

Mirar tu cuerpo sin más luz que la tuya,
que esa cercana música que concierta a las aves,
a las aguas, al bosque, a ese ligado latido
de este mundo absoluto que siento ahora en los labios.

Vicente Aleixandre (La destrucción o el amor)

Otrerías


El veredicto de las urnas
suele abusar
del secreto de sumario.


ELOTRO

jueves, 27 de enero de 2011

Ricardo Piglia / Diarios


Jueves


Curiosamente nadie parece haber reparado en que no fue T. W. Adorno el primero en establecer una relación entre el futuro de la literatura y los campos de exterminio nazis. En 1948 Brecht, en sus Conversaciones con los jóvenes intelectuales, ya había planteado el problema. "Los acontecimientos en Auschwitz, en el ghetto de Varsovia y en Buchenwald no admiten indudablemente descripción alguna en forma literaria. En efecto, la literatura no está preparada para semejantes acontecimientos, no ha desarrollado medio alguno para ellos".


Luego Adorno se refirió al mismo asunto en su ensayo de 1955 La crítica de la cultura y la sociedad, donde escribe con su habitual tono admonitorio: "La crítica cultural se encuentra frente al último escalón de la dialéctica entre cultura y barbarie: después de lo que pasó en el campo de Auschwitz es un hecho de barbarie escribir un poema, y este hecho corroe incluso el conocimiento que señala por qué se ha hecho hoy imposible escribir poesía". Brecht no acepta por supuesto esa condena de la poesía, sólo se refiere a las dificultades técnicas que plantean las relaciones entre historia y literatura.


Unos años antes, en su Diario de trabajo, el 16 de septiembre de 1940, había escrito: "Sería increíblemente difícil expresar el estado de ánimo con que sigo la batalla de Inglaterra en la radio y con que luego me pongo a escribir Puntila. Este fenómeno demuestra por qué no se detiene la producción literaria, a pesar de guerras como ésta. Puntila casi no significa nada para mí, la guerra lo significa todo; sobre Puntila puedo escribir casi cualquier cosa, sobre la guerra nada. Y no quiero decir que no escribir, sino que realmente. Es interesante observar cómo la literatura, en tanto práctica, está alejada de los centros en los que se desarrollan los acontecimientos de los cuales depende todo".


La tesis de Adorno encontró rápida difusión entre los críticos culturales siempre dispuestos a aceptar la metafísica del silencio y los límites del lenguaje. Brecht en cambio, con astucia y sin ilusiones, siguiendo la experiencia de los perseguidos y de los malvivientes, nunca se preguntó si era lícito lo que estaba haciendo, sólo le interesaba saber si era posible.

Ricardo Piglia (Diarios)


Fuente: El País

miércoles, 26 de enero de 2011

Ángel González


POR RARO QUE PAREZCA

Me hice ilusiones.
No sé con qué, pero las hice a mi medida.
Debió de haber sido con materiales muy poco consistentes.

Ángel González

Vicente Molina Foix


Paqui Aguilar
“La Devesa”
Carretera de Teulada
Jávea (Alicante)
Espagne


París 2 de septiembre de 1964

Querida Paqui:


Te escribo aunque dentro de dos semanas ya me tendrás en Valencia, y con mil cosas que contarte. Pero como son tantas las que cada día me pasan, tanto lo que veo y escucho y aprendo, me apetece adelantarte algo.
Acostada por acostada. Por fin me fui a la cama anteayer con Tullio, pero no en su “chambre de bonne”. Aquí todos vivimos en esas habitaciones de chacha, unos cuartos asquerosos que las familias tienen en las buhardillas de los edificios y que antiguamente eran los cuchitriles del servicio; ahora que ya no hay criadas o si las hay no son de las de dormir en casa, los parisinos alquilan esos cuartuchos sin water ni lavabo a los estudiantes como nosotros. La mía es muy céntrica, está al lado de la academia donde estudio francés y de los cines del Barrio Latino que son a los que más voy. Pago poco, y hago ejercicio subiendo todos los días los seis pisos sin ascensor.
Lo que te decía. Como a Tullio su portera no le deja subir con gente y en mi chambre no era plan, nos dejó su cama, en un cuarto más grande que los de “bonne”, Faustino el Juez, así se le llama porque prepara desde hace tiempo y yo creo que no muy en serio oposiciones a judicatura. Tendrá más de treinta años y es muy amable y muy culto y muy politizado. Pero mi acostada te la quiero contar cuando nos veamos, me da no sé qué por carta. Sí te digo que ni fu ni fa, quizá porque era la primera vez que lo hacía “con premeditación”, como diría el Juez. Con Moncho no, no he estado nunca en ese plan, aunque dos o tres veces nos metimos mano en su coche y él se corrió una noche, no sabes el apuro que le entró, porque me hizo una mancha en la falda.


Cuando acabamos Tullio y yo (él se vuelve mañana a Italia, y yo creo que nunca más nos veremos), le tenía que devolver las llaves de su cuarto al Juez, y nos encontramos en un café del bulevar Saint-Michel. Faustino estaba con dos chicos de Madrid, más jóvenes que él, y uno muy mayor, que era un exilado español de la Guerra Civil. También se unieron después al grupo del café uno de unos 50 años, Ramiro, que había sospechas de que fuera un confidente de la policía española, aunque a mí me cayó bien, hablando con él al salir del bar sobre literatura, en la que está empollado, y otro muy simpático y hablador, más bien “trosko”, Antonio López Campillo, casado con una francesa rubia, Evelyne, que también vino y hablaba poco.

Estuvimos charlando dos horas todos los del café, y esa conversación y lo que vino después me ha hecho pensar mucho y me ha abierto algunas puertas en mi cabecita ignorante. Paqui, ¿te suena el nombre de Julián Grimau? Seguro que no, como a mí. Grimau era un dirigente comunista importante, un pez gordo de su partido, que fue detenido, dicen que por un “soplo”, en Madrid, donde vivía haciendo trabajo político clandestino. En uno de los interrogatorios en la Dirección General de Seguridad los de la Social le tiraron por una ventana, después de “haber pasado por sus manos”, aunque la policía dijo que Grimau se había tirado él mismo, para suicidarse. Tuvo fractura de cráneo y heridas graves en las muñecas, pero en cuanto se curó le juzgaron en Consejo de Guerra, acusándole de delitos de tortura que habría cometido durante la Guerra Civil. Fue condenado a muerte y fusilado el 20 de abril del año pasado, y eso que medio mundo se movilizó en contra y hasta el Papa le escribió a Franco una carta pidiéndole que conmutara la pena. Le dieron veintisiete balazos, y como la Guardia Civil no quiso formar pelotón, tuvieron que disparar soldados jóvenes de los que están en la mili. Una carnicería. La prensa española, que está toda controlada por el gobierno y censurada, no dijo nada, y por eso nadie en España se enteró del caso, que en toda Europa fue sonadísimo. Ahora además se ha sabido que el Fiscal que le acusó ante el tribunal militar, un tipo que pedía siempre penas de muerte en todos los juicios, ni siquiera tenía los estudios de Derecho, y parece que le han metido en la cárcel por falsificar sus títulos. Pasado mañana, aprovechando que el Ministro de Información y Turismo Fraga Iribarne pasa por París dentro de la campaña del gobierno para hacer propaganda en Europa de nuestros “25 Años de Paz” (sin comentarios), hay una manifestación de protesta ante la embajada española, pidiendo la revisión del caso de Julián G. y una condena de la ONU por los abusos legales de ese tribunal que le condenó sin pruebas. Ya te diré de palabra todo lo que vea y escuche.
Ahora me despido, con muchos besitos y ganas de verte


Begoña.



Vicente Molina Foix (El abrecartas)

Otrerías


Y, aún así, hay tantas formas de equivocarse…


ELOTRO

sábado, 22 de enero de 2011

W.G. Sebald


Haiku


Sin contar
queda la historia
de las caras vueltas hacia otro lado.


W.G. Sebald

Otrerías








PERFORMANCE EN TÚNEZ

(Aprovechando la celebración en nuestra patria de la feria de turismo (FITUR) más importante del mundo mundial, la chusma tunecina ha puesto sobre las calles poco más de un centenar de muertos y nos ha robado las portadas de todos los informativos del mundo libre, a pesar de que nosotros habíamos enviado en representación de toda Spain a la suegra de Letizia. stop. Pa mí que hay una conjura pepeluí. stop. tu trini. stop.)

viernes, 21 de enero de 2011

Otrerías


Luis, desiste –dijo ella.
No, nada –contesté yo.

ELOTRO

Vicente Aleixandre / Se querían


Se querían


Se querían.
Sufrían por la luz, labios azules en la madrugada,
labios saliendo de la noche dura,
labios partidos, sangre, ¿sangre dónde?
Se querían en un lecho navío, mitad noche, mitad luz.

Se querían como las flores a las espinas hondas,
a esa amorosa gema del amarillo nuevo,
cuando los rostros giran melancólicamente,
giralunas que brillan recibiendo aquel beso.

Se querían de noche, cuando los perros hondos
laten bajo la tierra y los valles se estiran
como lomos arcaicos que se sienten repasados:
caricia, seda, mano, luna que llega y toca.

Se querían de amor entre la madrugada,
entre las duras piedras cerradas de la noche,
duras como los cuerpos helados por las horas,
duras como los besos de diente a diente sólo.

Se querían de día, playa que va creciendo,
ondas que por los pies acarician los muslos,
cuerpos que se levantan de la tierra y flotando…
Se querían de día, sobre el mar, bajo el cielo.

Mediodía perfecto, se querían tan íntimos,
mar altísimo y joven, intimidad extensa,
soledad de lo vivo, horizontes remotos
ligados como cuerpos en soledad cantando.

Amando. Se querían como la luna lúcida,
como ese mar redondo que se aplica a ese rostro,
dulce eclipse de agua, mejilla oscurecida,
dónde los peces rojos van y vienen sin música.

Día, noche, ponientes, madrugadas, espacios,
ondas nuevas, antiguas, fugitivas, perpetuas,
mar o tierra, navío, lecho, pluma, cristal,
metal, música, labio, silencio, vegetal,
mundo, quietud, su forma. Se querían, sabedlo.



Vicente Aleixandre (La destrucción o el amor)

Otrerías


He de reconocer que desde hace algún tiempo casi todas las mujeres que frecuento (creo que estoy encoñao) de manera voluntaria, digo, son del tipo que el vulgo califica como viejas y que con respecto a su edad son octogenarias o están en puertas. Esta inofensiva y viciosilla perversión es una de mis últimas aficiones y he de reconocer que su práctica continuada me está resultando muy pero que muy gratificante además de, pásmense, absolutamente rejuvenecedora. De alguna forma, además, ha invertido la tendencia que me empujaba inexorablemente hacia una cada vez más firme y profunda misoginia. Para nadie que me conozca un poquito es un secreto que la gente, en general, me cae muy mal, no me gusta. Y cuando es en concreto y de cerca, salvo muy escasas excepciones, todavía peor; entiéndanme: por las apariencias (esas buenas pintas, ese buen olor, ese buen tono, esas sonrisitas) que como todo el mundo sabe es lo único de lo que te puedes fiar.
Yo, por mi parte, me trabajaba sin ningún disimulo la pose de misántropo generalista, quiero decir, sin marcadas tendencias de género: ecuménica. Pero resulta que últimamente y por reseñar algunos casos, entre las dos señoras vicepresidentas, las pajines, la sinde, la perrita y la bizca del pp (Tomeo dixit), las rosas díez y monteros, las elviritas lindas y demás…pues tengo que reconocerlo, en mi opinión a lo asquerosito de su calaña, a lo estólido de sus argumentos y a lo abyecto de su nada abnegada labor añaden la escasez de la ración y como ya sabemos que la gente como yo nunca está conforme con nada y menos con el lugar que le ha tocado en las relaciones de producción (mas que nada por lo del reparto de las plusvalías) y siempre está en plan llorica y poniendo pegas a todo…

Pero en éstas leí, porque tiempo libre sí que tengo, aunque no sé donde, que la gente insensata no debe de confundir la parte con el todo ni el todo con el lateral izquierdo ni el frontal con los bajos fondos y que aunque la mayoría de los componentes de un determinado género de acreditadas pelanduscas nos provoquen rechazo, hay que dar una oportunidad a la pazzzz y otra al amorrrrrrrr, porque donde menos lo esperemos te encuentras acampado a un consanguíneo o puede aparecer una espléndida oportunidad de negocio. (Por ejemplo: quien les iba a decir a ustedes, criaturas bienpensantes, que en lugar tan miserable como Haití se pueden amasar, como se han amasado, grandes fortunas. ¿Se percatan o siguen sin coscarse?)
Pero no nos vayamos por los cerros de Úbeda que estamos muy a gustito aquí en Babia. Como les iba predicando, de las octogenarias habitualmente uno piensa de todo y nada bueno. Que si la pérdida de la turgencia les ha quitado el encanto físico, que si se han quedado en puro pitraco arrugado, que si las pequeñas pérdidas las ponen perdidas, que si ya no ven, casi no oyen, que si están secas y no producen fluidos que compartir, que no les funciona regularmente el tránsito intestinal, no sienten, no padecen, son viejas y se les nota en demasía…y bien, en ciertas partes muy castigadas por el uso o su falta puede que sí, pero en su obra, tras degustarla muy placenteramente por cierto, paréceme que no, rotundamente no, afirmaría.
Un suponer: Idea Vilariño, Louise Bourgeois, Alice Munro, Patricia Highsmith, Nancy Spero, Adrienne Rich, Aurora Venturini, Wislawa Szimborska, Ana María Matute…

Como decía el siempre sobrio y sensato Charles Bukowski: “chavales, podéis quedaros con vuestras vírgenes…”

Y si se me permite añadir, de las octogenarias que lo acepten, faltaría más, ya me ocupo yo.

ELOTRO

jueves, 20 de enero de 2011

Elgar Cello Concerto 1st mov. / Jacqueline du Pré

Proverbios


Solo cuando hayas dejado
de amar y de odiar,
quizás puedas entender.

Proverbio Zen


Escucha o tu lengua
te volverá sordo.

Proverbio Sioux.



El que hace su fortuna en un año,
debería ser colgado doce meses antes.
Proverbio ruso



La verdad nunca muere,
pero vive una vida miserable.

Proverbio judío.

Precipicios (25)




“Las primas” de Aurora Venturini: Aviso de lectura


A ustedes, tan cultos, les sonará aquello que decía Tolstói de que solo las familias desgraciadas tienen historia; pues bien, la familia de esta novela, aunque no lo parezca, es una familia feliz y normal. Todos sufren algún retraso mental o físico pero, si miramos bien, eso pasa hasta en las mejores y más reales familias. Y una, la narradora y protagonista, tiene algunos problemas con el lenguaje que resuelve consultando el diccionario. A sus hermanas y primas, con mayores desarreglos, les pasa lo que nos pasa a todos: que si nos descuidamos nos hacen daño, que si nos enamoramos nos hacen daño, que si odiamos nos hacemos daño, que si nos morimos nos olvidan, que si nos lo creemos nos estafan.
Y una nos lo va contando en clave un tanto optimista: arrieritos somos y en el camino nos encontraremos, quien la hace la paga, quien bien te quiere te hará llorar, quien ríe el último ríe mejor. Hay violaciones, embarazos no deseados, separaciones violentas, mortales sexos orales, asesinatos. En resumen: una novela idealista e ideal.
“Las primas” ganó el Premio de Nueva Novela en Argentina, entre otros méritos, por la originalidad y fuerza de su escritura. Al abrir la plica (en Argentina las abren después de fallar el premio) resultó que la autora tenía ochenta y cinco años. Alguien pensó que era una broma de Vila-Matas pero no. Ya quisiera.

Caballo de Troya




Precipicios (*)
(*) Despeñadero o derrumbadero por cuya proximidad no se puede andar sin riesgo de caer.

Hasta que me canse, se me ha encaramado a la chepa el capricho, voy a reseñar los comienzos (los precipicios) de los libros que leo y releo, por el gusto de rumiar…





La infancia minusválida


Mi mamá era maestra de puntero, de guardapolvo blanco y muy severa pero enseñaba bien en una escuela suburbana donde concurrían chicos de clase media para abajo y no muy dotados. El mejor era Rubén Fiorlandi, hijo del almacenero. Mi mamá ejercitaba el puntero en la cabeza de aquellos que se hacían los graciosos y los mandaba al rincón con orejas de burro hechas de cartón colorado. Raramente un malportado reincidía. Mi madre opinaba que la letra con sangre entra. En tercer grado la llamaban la señorita de tercero pero estaba casada con mi papá que la abandonó y nunca volvió a casa a cumplir obligaciones de pater familiae. Ella asumía tareas docentes turno mañana y regresaba a las dos de la tarde. La comida ya estaba hecha porque Rufina, la morochita que oficiaba de ama de casa muy consecuente, sabía cocinar. Yo estaba harta de puchero todos los días. En el fondo cacareaba un gallinero que nos daba de comer y en la quintita brotaban zapallos milagrosamente dorados soles desbarrancados y sumergidos desde las alturas celestiales a la tierra, crecían junto a violetas y raquíticos rosales que nadie cuidaba, ellos insistían en poner la nota perfumada en aquel albañal desgraciado.



Nunca confesé que aprendí a leer la hora en las esferas de los relojes a los veinte años. Esta confesión me avergüenza y sorprende. Me avergüenza y sorprende por lo que ustedes sabrán de mí después y vienen a mi memoria muchas preguntas. Especialmente viene a mi memoria la pregunta: ¿qué hora es? Verdad de verdades, yo no sabía la hora y los relojes me espantaban como el rodar de la silla ortopédica de mi hermana.
Ella, más cretina que yo, sí sabía leer la esfera de los relojes aunque ignorara leer libros. No éramos comunes por no decir que no éramos normales.
Rum…rum…rum… murmuraba Betina, mi hermana paseando su desgracia por el jardincillo y los patios de laja. El rum solía empaparse en las babas de la boba que babeaba. Pobre Betina. Error de la naturaleza. Pobre yo, también error y más aún mi madre que cargaba olvido y monstruos.
Pero todo pasa en este mundo inmundo. Por eso no es lógico afligirse demasiado por nada ni por nadie.
A veces pienso que somos un sueño o pesadilla cumplida día a día que en cualquier momento ya no será, ya no aparecerá en la pantalla del alma para atormentarnos.

Aurora Venturini (Las primas)

Otrerías


Cada vez con más insistencia, acaricio la idea -aunque no sé si finalmente encontraré el tiempo y las fuerzas para poder reunir el coraje necesario- de exilarme definitivamente en el vasto, neblinoso y acogedor terruño de mi enciclopédica ignorancia.


Post scriptum: Quede constancia que al exilio iría, en su caso, absolutamente solo; sin servicio doméstico ni nada.

ELOTRO

miércoles, 19 de enero de 2011

Chatwin / Böttger


(Quien no ha ido alguna vez paseando con Miguel Gila por las callejuelas de Addis Abeba y se ha preguntado, ¿Qué hora será en Kuala Lumpur o, sin ir más lejos, quién inventaría (quizás) la porcelana?)



Johannes Böttger nace en 1682, en Schleiz, Turingia, y es hijo de un funcionario de la Casa de la Moneda. Después de pasar la infancia en el taller de su abuelo, que es orfebre, lo envían a trabajar como aprendiz a las órdenes de un boticario de Berlín llamado Zorn.
Estudia libros de alquimia: el beato Ramon Llull, Basilio Valentino, Paracelso y el Aphorismi Chemici de Van Helmont, donde las sustancias alquímicas figuran con los nombres de León Rubí, Cuervo Negro, Dragón Verde y Lirio Blanco.
Se convence de que el oro y la plata maduran en las entrañas de la tierra, a partir del arsénico rojo y blanco. Una noche, sus compañeros aprendices lo encuentran semiasfixiado por los vapores de arsénico, en el laboratorio de Zorn.
Entre los clientes de la farmacia se cuenta un monje mendicante griego, Lascaris, que tiene fama de poseer la Tintura Roja, o “León Rubí”, una pizca de la cual basta para transmutar el plomo en oro.
El monje se enamora del muchacho.
Böttger consigue una redoma de la tintura y ejecuta su primera transmutación “exitosa”, en los aposentos de un amigo estudiante. El segundo experimento “exitoso” se desarrolla en presencia de Zorn y otros testigos escépticos.
Las damas de Berlín encuentran irresistible al joven alquimista. Su reputación se expande: llega a oídos del rey Federico Guillermo el “Gran Amante”, quien obtiene una muestra de oro gracias a Frau Zorn…y dicta una orden de arresto contra Böttger.
Böttger huye a Wittenberg, que está subordinada a la corona de Augusto el Fuerte.
En noviembre de 1701, los reyes de Prusia y Sajonia realizan maniobras militares a lo largo de sus fronteras. ¿Cuál de estos soberanos indigentes se apoderará del fabricante de oro? Böttger es escoltado a Dresde por una guardia armada, como un físico nuclear fugitivo.
En la Jungfernbastei, una de las diversas prisiones donde se alojará durante los trece años siguientes, come en vajilla de plata, tiene un mono domesticado y se pone a trabajar, en un laboratorio secreto, en la búsqueda del “arcanum universale” o Piedra Filosofal.
Hacia 1706 el Tesoro de Sajonia ha agotado sus recursos como consecuencia de la guerra con Suecia y de las compras compulsivas de porcelana china hechas por el rey. Augusto, enfurecido por el fracaso de Böttger, amenaza con trasladarlo a otro laboratorio: la cámara de tortura.
Böttger conoce a Ehrenfried Walther, Graf von Tschirnhaus. Este químico sobresaliente, amigo de Leibniz, está próximo a descubrir el secreto de la porcelana “auténtica”, pero no logra diseñar un horno de cochura suficientemente caliente para fusionar la capa vitrificada y el cuerpo de la pieza. Reconoce el talento de Böttger y le pide su cooperación. El alquimista accede, para salvar el pellejo.
Böttger cuelga un cartel sobre la puerta de este taller: DIOS, NUESTRO CREADOR HA CONVERTIDO A UN FABRICANTE DE ORO EN ALFARERO.
En 1708 entrega a Augusto las primeras muestras de porcelana roja y, al año siguiente, de la blanca.
En 1710 se funda en Meissen la Fábrica Real de Porcelana de Sajonia, que empieza a trabajar en escala comercial. “Arcanum” –palabra que generalmente emplean los alquimistas- es el término oficial que designa la composición de la pasta. La fórmula es declarada secreto de Estado. Casi inmediatamente el asistente de Böttger traiciona el secreto…y lo vende a Viena.
En 1719 Böttger muere, víctima del alcohol, la depresión, el delirio y el envenenamiento químico.
Durante la inflación alemana de 1923, los bancos de Dresde emiten moneda de emergencia, en porcelana roja y blanca de “Böttger”.


Bruce Chatwin (Utz)

Brecht y la Guerra Civil




"Poema de solidaridad con el
Congreso de Escritores Antifascistas, Valencia 1937"



Mi hermano era piloto,
llegó un día una postal,
hizo su equipaje y
rumbo al sur echó a volar.

Mi hermano era un conquistador,
nuestro pueblo vive estrecho
y hallar espacio es,
entre nosotros, un viejo sueño.

La tierra que mi hermano conquistara
está en la Sierra del Guadarrama
y un metro ochenta mide en longitud:
poco más que medía su ataúd.


* Brecht mandó este poema al Congreso de Escritores Antifascistas, celebrado en Valencia, en 1937, como muestra de su solidaridad, al no asistir.


La traducción es de Ricardo Bada.

Fuente: La nave de los locos.

Otrerías


Llega un momento en la vida, del que casi nadie escapa, en el que caes en la cuenta de que es inútil esperar más: hay que empezar a aprender. En el siguiente paso y como corolario del que nadie escapa, enfrentarás la gran revelación trascendental, la devastadora epifanía: comprobarás de manera empíricamente brutal que no se aprende un carajo.


ELOTRO

martes, 18 de enero de 2011

Amy Hempel


PUEBLO PLAYERO

La casa vecina a la mía fue alquilada durante el verano por una pareja que soltaba tacos cuando cometía un fallo jugando al críquet. Por la noche ponían la música fuerte, y me gustaba. Era una música desconocida para mí. Por la mañana, yo recogía los envases de Coronita –con su cuña de lima dentro- que habían arrojado por encima del seto divisorio y se los lanzaba de vuelta a su jardín. No nos presentamos a lo largo de aquellos tres meses.
Nuestras casas están separadas por un seto alto que se ve reforzado por unos pinos que dan más intimidad durante el invierno. El día en que oí una voz femenina que no era la de la esposa del inquilino, me aposté en una zona de vegetación más densa, aunque con un claro que me permitía ver. En ese momento era el hombre el que hablaba, o al menos el que intentaba hablar: empezaba a decir cosas que parecía no acertar a concluir. Vi cómo aquella mujer, arrodillada, le hacía algo memorable con la boca. A continuación, él la incorporó.
-Me parece que estás hambrienta. Quizá deberíamos buscarte algo de comer…
La mujer tenía una risa fácil.
-A París es adonde vamos a irnos tú y yo –dijo él.
Ella le preguntó qué tenía de malo este sitio, y añadió:
-Me gustan los pueblos playeros.
Me entraron ganas de telefonear a la oficina de su esposa, en la ciudad, para oír cómo sonaba su voz, en el caso de que contestase. No era por un sentimiento de compañerismo. La única vez que me dirigió la palabra fue para decirme que por qué no cortaba el césped más tarde. Eso fue a mediodía. Le repliqué que las ordenanzas municipales prohíben cortar el césped antes de las siete y media de la mañana y que yo había esperado hasta las nueve. La propietaria de la casa había contratado a un jardinero para que cuidase el jardín. Así y todo, tenía yo la seguridad de que las orquídeas estaban desatendidas. A lo largo de todo el verano estuve pendiente del momento en los dos inquilinos salían juntos de la casa, de modo que pudiese entrar yo con la llave que estaba escondida en un saliente del cobertizo, para así analizar el estado de la tierra y regar las orquídeas.
La mujer que no quería ir a París dijo que tenía que irse.
-Pero yo no quiero que te vayas –le dijo el hombre.
-Piensa en el beso que voy a darte en la puerta –le consoló ella.
Nadie tiene en cuenta que el sonido se transmite a través del agua. Incluso a través del agua de una piscina. Una semana después de aquello, estando ausente su marido, la esposa comía con unas invitadas junto a la piscina. No tuve que esconderme para escuchar lo que hablaban. Podrían haberme visto si se hubieran tomado la molestia de mirar hacia el frambueso, donde yo arrancaba hierbajos.
Las mujeres le decían a la anfitriona que era su oportunidad. “Lo que es justo es justo”, y la animaban a hacer cosas que en otras circunstancias no haría. “Sin remordimientos”, la animaban. “Aunque seas una persona propensa al remordimiento, aunque tengas un carácter melancólico como para dar ese paso.”
Las mujeres decían: “No es que tengamos inteligencia, sino que ponemos en primer plano la pasión. ¿Quién puede negar que ha tenido alguna vez ese tipo de sentimientos?”
Las mujeres le aseguraban a la esposa del inquilino que no se sentiría así eternamente. “Te sentirás peor, sin embargo, antes de sentirte mejor, porque eso es inevitable.”
Le recomendaron que diera largos paseos, que contemplara los amaneceres y los atardeceres, que buscara consuelo en la naturaleza, aunque todas admitieron que no había alivio posible en el mundo para eso y que había que ser tonta para esperar encontrarlo.
El fin de semana en que se instaló la pareja –su contrato de arrendamiento comenzó el Día de los Caídos, a finales de mayo- la oí hacer una apuesta relativa a la luna. Ella opinaba que estaba creciente y él que menguante. Unos días después, la luna lucía casi llena en el cielo nocturno. Oí que la mujer le decía a su marido que había ganado ella, aunque, como no habían expresado los términos de la apuesta, sabía perfectamente que mi vecina no iba a ganar nada.

Amy Hempel (Cuentos completos)

Vicente Aleixandre


Hija de la mar



Muchacha, corazón o sonrisa,
caliente nudo de presencia en el día,
irresponsable belleza que a sí misma se ignora,
ojos de azul radiante que estremece.

Tu inocencia como un mar en que vives-
qué pena a ti alcanzarte, tú sola isla aún intacta;
qué pecho el tuyo, playa o arena amada
que escurre entre los dedos aún sin forma.

Generosa presencia la de una niña que amar,
derribado o tendido cuerpo o playa a una brisa,
a unos ojos templados que te miran,
oreando un desnudo dócil a su tacto.

No mientas nunca, conserva siempre
tu inerte y armoniosa fiebre que no resiste,
playa o cuerpo dorado, muchacha que en la orilla
es siempre alguna concha que unas ondas dejaron.

Vive, vive como el mismo rumor que has nacido;
escucha el son de tu madre imperiosa;
sé tú espuma que queda después de aquel amor,
después de que, agua o madre, la orilla se retira.


Vicente Aleixandre (La destrucción o el amor)

Otrerías


Dios nos da, Dios nos quita; ¿Por qué insistís?


ELOTRO

lunes, 17 de enero de 2011

Álvaro Mutis


PIENSO A VECES...


Pienso a veces que ha llegado la hora de callar.
Dejar a un lado las palabras,
las pobres palabras usadas
hasta sus últimas cuerdas,
vejadas una y otra vez
hasta haber perdido
el más leve signo
de su original intención
de nombrar las cosas, los seres,
los paisajes, los ríos
y las efímeras pasiones de los hombres
montados en sus corceles
que atavió la vanidad
antes de recibir la escueta,
la irrebatible lección de la tumba.


Siempre los mismos,
gastando las palabras
hasta no poder, siquiera, orar con ellas,
ni exhibir sus deseos
en la parca extensión de sus sueños,
sus mendicantes sueños,
más propicios a la piedad y al olvido
que al vano estertor de la memoria.


Las palabras, en fin, cayendo
al pozo sin fondo
donde van a buscarlas
los infatuados tribunos
ávidos de un poder
hecho de sombra y desventura.


Inmerso en el silencio,
sumergido en sus aguas tranquilas
de acequia que detiene su curso
y se entrega al inmóvil
sosiego de las lianas,
al imperceptible palpitar de las raíces;
en el silencio, ya lo dijo Rimbaud,
ha de morar el poema,
el único posible ya,
labrado en los abismos
en donde todo lo nombrado
perdió hace mucho tiempo
la menor ocasión de subsistir,
de instaurar su estéril mentira
tejida en la rala trama de las palabras
que giran sin sosiego en el vacío
donde van a perderse
las necias tareas de los hombres.
Pienso a veces que ha llegado la hora de callar,
pero el silencio sería entonces
un premio desmedido,
una gracia inefable
que no creo haber ganado todavía.

Álvaro Mutis

Otrerías


Si después de dar un buen golpe -dijo el carnicero al confitero, ambos cojitrancos- tienes que esconderte, no lo dudes; sube cagando leches a las alturas. La víctima, desesperanzada, humillada, sumida en su desmoralización, con los hombros abatidos y la espina dorsal encorvada, no suele mirar hacia arriba; rara vez examinan las alturas. Han desarrollado, puede que en defensa propia, ese sexto sentido. –Concluyó el del mandil ensangrentado.

ELOTRO

domingo, 16 de enero de 2011

Lichtenberg


"Lo que siempre me ha gustado en el hombre es que, siendo capaz de construir Louvres, pirámides eternas y basílicas de San Pedro, pueda contemplar fascinado la celdilla de un panel de abejas, la concha de un caracol...". Lichtenberg

Entrevista: Aurora Venturini

El premio Otras voces, otros ámbitos, es un premio de segunda oportunidad: se concede a una novela publicada el año anterior y que haya vendido menos de 3.000 ejemplares y haya pasado inadvertida por la crítica y los lectores. Es un empujón para que un mensaje en una botella llegue a la orilla.
El premio lo dan Ámbito Cultural-El Corte Inglés y el Hotel Kafka y el jurado está compuesto por unas cien personas, que forman parte de toda la cadena del libro, desde autores a libreros, desde críticos a editores. Esta vez ganó Aurora Venturini por su novela Las primas, una novela muy obscena, bastante porno, atrevida, contada por una chica que apenas sabe hablar, un libro que va directo al grano. No por casualidad, quizá, la autora cumplió el lunes pasado 88 años. Ningún joven sería capaz de escribir una novela tan atrevida.




Borges era un nazi, no hay más que leer “con cuidado” El Aleph para darse cuenta.”


(Aurora Venturini)

Fuente: Blog de Rafael Reig





La primera conversación fue por teléfono:
–¿Aurora Venturini?
–Sí, señorita.
–¿Usted se presentó con el seudónimo Beatriz Poltrinari al concurso Nueva Novela de Página/12?
–Sí, señorita, me presenté con Las primas.
–¿Sabe que está entre las 10 finalistas?
–No. ¡Ay! Sería muy importante que esta novela ganara. ¿Sabe por qué? Porque Las primas soy yo.
Silencio. La voz ronca de esta mujer de 85 años, autora de una novela inquietante, amenazaba ahora con algo más, una declaración. Las primas ya había traído bastantes problemas, el jurado lo resume bien: “Novela única, extrema, de una originalidad desconcertante, que obliga al lector a hacerse muchas de las preguntas que los libros suelen ignorar o mantener cuidadosamente en silencio”.
Ahora, la misma que había engendrado la voz de la protagonista, Yuna –esa candorosa presentadora de un espectáculo sórdido, sobreviviente del error, visitadora de la demencia que se aturde y pierde el hilo ante los signos de puntuación y por eso los evita en cuanto puede– trataba de agregar otra pieza a su perturbadora construcción. ¿No era bastante ya con la voz de Yuna y su fragilidad ante la gramática, dolor por la sintaxis, voz hambrienta que intenta superar su debilidad mental buscando palabras en el diccionario para completar sus frases?
Un brutal y excesivo gesto de honestidad impulsa a la protagonista a consignar la fuente (el diccionario) cada vez que pone una palabra que no usó antes. Desmesurada y otra vez cándida respuesta a las discusiones últimas sobre el plagio, la intertextualidad y otras apropiaciones.
Y ahora, Aurora Venturini se apropiaba de la famosa falsa frase de Flaubert. El abogado del escritor lo había salvado argumentando que el narrador de la obra acusada de inmoral no suscribía la conducta irregular de su protagonista, dramatizaba un problema social, las palabras de Bovary eran de ella, Flaubert era el autor de una transcripción. “Madame Bovary soy yo”, la declaración teatral que pretende un rapto de soberbia, de hartazgo y de definición de literatura en tiempos de modernidad, aparecía de nuevo, ahora por teléfono, para justificar el valor de un premio literario.
¿Para quién era muy importante que ganara Las primas? ¿Para la autora? ¿Para la literatura? Por fin, la voz ronca continuó:
–Las primas soy yo, señorita, es mi familia. Nosotros no éramos normales. En casa todas mis hermanas eran retardadas... Y yo también.
La idiotez, divino tesoro
(…)
De pronto, sobre todo después de haber leído Las primas, un deseo incontrolable de ser impertinente. Decirle allí mismo: Aurora, ¿por qué tantas ediciones de cabotaje? ¿Por qué ninguna novela en alguna editorial importante?
–Porque no me gusta pedir. Y mucho menos, que me digan que no.
(…)
¿La escribió acá?
–Sí. Siempre escribo acá. O si no, en la otra que está allá en el patio. Igual, es la primera vez que escribo una novela completamente a máquina. Hasta ahora había escrito llenando cuadernos y cuadernos, borrando y tachando, reescribiendo varias veces. En cambio a ésta la hice de un tirón. ¿Computadora? No. No quiero nada de eso acá. Les tengo temor. Soy medievalista. Algo adentro habita en las máquinas. ¿Vos creés en Dios? Tenés que creer, nena. ¿Porque así la vida es más fácil, porque te vas a hacer más buena? No. Tenés que creer, porque es. Nunca usé computadora. Yo compré tres y las regalé. Vino un señor a enseñarme. Pero no entendí nada. No es mi idioma. Ya no.





¿Hace mucho que escribió Las primas? ¿La había presentado a otro concurso?
–¿Mucho? No. Está fresquita. La empecé cuando Marta vino con el recorte de Página/12. Ella me dijo: “Acá tenés un concurso importante, es ideal para tu novela”. Y ahí entonces la empecé. La terminé dos días antes de entregarla. La mandamos con un remis. Tardé un poco más de dos meses. ¿Cómo la voy a presentar a otro concurso? No. Es una novela tan virgen como mi tía Nené.
¿Existe tía Nené?
–¿Cómo no va a existir? Vos leíste la novela. Todos los personajes que están en la novela existieron.
Hábleme de su familia.
–Mi padre tenía seis caballos. Era un gran jugador. Acá en La Plata es raro que los hombres no sean jugadores. Tenemos el hipódromo, que es muy importante. Y papá se vino abajo jugando. Perdió todo y se fue. Mamá se quedó con nosotras, que no éramos gran cosa. Ella, pobrecita, era maestra. Se vino abajo la casa, todo se vino abajo. Tuvo muchos hijos y muchos murieron. En aquella época ella creyó que salvaba lo mejor.
Siguiendo lo que dice en la novela, se diría que no tuvo una buena relación con sus padres.
–Mi familia era radical. Mi papá me echó de casa, me expulsó de todo cuando supo que yo estaba con el peronismo. El nos había dejado y volvió un día solamente para eso. Después volvió a irse. No sé dónde ni cuándo murió. A mi madre tampoco la vi morir. Yo estaba de viaje. Yo no lloro. Nunca he llorado a nadie.
¿Qué hizo cuando su padre la echó de casa?
–No. Para ese momento ya era universitaria y además tenía mi departamentito, ese que aparece en Las primas, que me había comprado en Miraflores frente al bosque. Mejor para mí. Yo quería irme. Además, tenía unos ochocientos novios. No era ninguna santa. Me parecía una estupidez la virginidad, yo era como las chicas de ahora. Es que en la facultad éramos muy pocas... Igual, con los compañeros de la facultad nunca tuve nada. Nos portábamos muy bien ahí adentro.




¿Cómo se le ocurrió escribir una novela con párrafos enteros sin signos de puntuación?
–Porque estoy loca. Si pongo el signo se me va la idea.
Eso le pasa a Yuna, el personaje, no a usted...
–También me pasaba a mí. Es cierto eso que digo ahí de que yo no sabía la hora, tenía horror a los relojes, me espantaban.
(…)
No hay dudas, la última pregunta tuvo un tono desafiante. Fue más impertinente que la primera, la de la edición de los libros. Aurora por suerte, hace una concesión, me temo que por única vez, y me dice en un susurro:
–Fijate cómo ponés que yo digo de que en casa éramos todos retardados. Tengo algunas hermanas que viven todavía y que no piensan como yo.
La muchacha peronista
¿Cómo fue que se hizo peronista?
–Por hartazgo. Me harté de la platería, de los chismes, de esto está bien y esto está mal. Hay que hacer así para que no se diga que hiciste asá. Mirá, mi tía Nené por ejemplo, te agarraba la muñeca. A ver, mostrame la tuya. Bueno, ¿ves? a vos te habría dicho: “Ay, qué linda, tenés una muñeca bien chiquita. Eso significa que tus antepasados no han tenido que yugar para ganarse el pan, no han trabajado. Querida, pertenecés a una casta superior a la que no pertenece la gente que tiene la muñeca regordeta”. ¿A vos te parece tener que escuchar esas pavadas? Por eso me hice peronista. Además siempre me gustaron los pobres.
¿Cómo conoció a Eva Perón?
–Yo trabajaba en Minoridad. En esa época estaba Mercante de gobernador. Llamé a la señora de Mercante, a quien yo le hacía los discursos –sí, yo escribí discursos para otros y escribí hasta poemas para señoras ricas que querían sentirse poetas, qué querés, hay que vivir– y le pedí que me presentara a Eva, que yo quería trabajar con ella. Teníamos la misma edad. Ella tendría 85 si viviera. Qué lástima. Tan bella era, tenía un cutis increíble, yo la quería mucho a esa mujer. Nos hicimos muy amigas e hicimos mucha obra. Soy amiga de las Duarte también. Todo lo que dicen de las muchachas no es cierto. Las Duarte fueron: Elisa de Arrieta, que era contadora y trabajaba en el correo, después venía Blanca, que era maestra, Juancito, que no era lo que dicen (qué bien bailaba), la que sigue es Erminda que con Evita, que venía un año después, parecían mellizas. Evita se le escapó a la madre. Cuando se vino a Buenos Aires se vino sin que supiera. Se quería morir la vieja.




¿Qué hacía usted en el Instituto de Minoridad?
–Yo era asesora en el Instituto de Psicología y Reeducación del Menor. A los sobresalientes, los sacábamos y los mandábamos a la escuela. Evita es la que me permitió eso. De ahí salieron maestras, abogados. Médicos ninguno, no sé por qué. Lo malo era que los chicos no tenían que decir que eran de Minoridad, tenían que inventar que vivían en una pensión. Eso era tremendo y Evita no pudo con eso, estaba muy enojada por eso.
¿Cuál era entonces para usted el mejor recurso
para integrar a los chicos?
–El cariño. Había chicos que habían matado. Comía con ellos, charlábamos de cosas. Y los viernes, los dejaba salir. Nunca me falló ninguno. Porque sabían que era verdad lo que les decía: “Si no venís el lunes, yo pierdo todo”. Si se enteraban de lo que hacía, me mataban. Ellos siempre me cuidaron. Había maestras, preceptores, médicos. Si alguien llegaba a tocar a un chico, yo lo dejaba cesante enseguida. Evita me ayudó mucho con esto. Los chicos ahí tenían una familia y sobre todo, comían bien. Hasta los médicos comían ahí con ellos.

La secretaria se inquieta. Sabe que Aurora puede decir cosas mucho más interesantes, conoce muchas anécdotas que nadie sabe y que seguramente a ella le ha contado hasta el cansancio. “Contá la de los dientes”, dice Marta desde la otra habitación. Y entonces Aurora empieza:
–Ah, sí. Estábamos en la Fundación. Si hay algo que Evita no podía ver era gente sin dientes. Enseguida les decía: “Che, vos tenés mal el comedor, te faltan sillas”. Una vez, estábamos ahí, y se aparece un viejo de acá de La Plata, le faltaban casi todos los dientes. Evita en cuanto lo ve, inmediatamente lo manda a arreglarse la boca. En la Fundación había de todo, mecánicos, dentistas, así que enseguida el viejo tuvo su dentadura nueva. Pasaron unos meses que no lo veíamos y entonces yo le dije a Evita: “Lo voy a ir a ver”. Cuando llego a la casa, me sonríe y veo que está igual que antes. “¿Cómo es posible que siga sin dientes, hombre?”, le digo, “¿qué pasó con la dentadura?”. Y entonces me señala con el dedo la pared. ¿Vos podés creer? El tipo los tenía colgados de recuerdo. ¡Los había enmarcado!





¿Cuál es la escena que sigue recordando cuando se acuerda de Eva?
–Me quedaba con ella hasta la noche. Pobrecita, no daba más y seguía. Fue una gran mujer. ¿Me vas a preguntar por Perón después? De él no puedo decir nada ni nunca diré nada. Cuando estaba muy enferma yo me acostaba al lado de ella. Y siempre lo mismo: Aurorita, contame un cuento verde. Soy muy buena para los cuentos verdes. (Aquí accede al pedido y luego de ofrecer un menú con chistes verdes criollos, polacos, judíos y franceses opta por el que empieza “iba un padre y sus dos hijos arriba de un burro”.) Y cuando no me pedía que contara un chiste, me decía: Aurora, hablame de Heráclito. Le encantaba que le hablara de Heráclito y el tiempo. Yo le decía: “El tiempo es una entidad, una cosa, metafísica, más allá de la física. Eva, el tiempo no corre, el tiempo está tenso. En cambio nosotros y las cosas nos vamos”. “Ay Aurora –me decía Eva– cómo me gustaría ser heracliana para no irme tan pronto.”


VIOLETTE, JEAN-PAUL, SIMONE Y UNA COPA MAS DE PERNOD

¿Por qué se fue a vivir a París?
–Cuando me fui a París yo volvía de París, de un viaje de placer que hice en barco con unas amigas. Estaba la Libertadura. Me tuve que ir para que no me mataran.
¿Cómo se integró con tanta facilidad?
–¿Cómo no? Los franceses eran muy amables con los argentinos educados que sabíamos hablar francés y que tenían tipo francés.
¿Por qué estudió Psicología y no Literatura?
–Yo no quise Literatura porque eso ya sabía. Quería entrar en las cosas misteriosas. Siempre me gustó el ocultismo. La psicología en parte es eso, ¿o no?



¿Mucha vida loca en París?
–Me atacó la fotofobia porque vivíamos encerrados trabajando en el Instituto de París. Pero sí, mucho descontrol. A la noche salíamos de juerga. Camus, por ejemplo, era un jodón. Natalie, la hija de Sartre, que cargaba con la desgracia de que le mataron a su novio judío, después se casó con Camus, tuvieron una nena. ¡Y el pernod! Aquí la Ley Palacios dijo basta. Pero allá no llegó la Ley Palacios. Tomábamos cantidades, a tal punto que nunca volví a tomar alcohol. Me acuerdo ahora de Juliette Greco con el pelo larguísimo cantando completamente desnuda a pesar del frío. Qué linda era. Éramos gente muy divertida. No hay libro más gracioso que La náusea, ¿o hay?
¿Ud. fue amiga de todos estos monstruos existencialistas?
–No, amiga no. Los conocí. Con la que compartí cuarto es con Violeta (Leduc). Era tremenda, desordenada, muy triste, pobrecita, me perdía las llaves constantemente. Desaparecía días enteros. Vivía su propia obra. La bastarda, por ejemplo, es ella misma, era hija ilegítima, su padre nunca la reconoció. Se había enamorado como loca de un albañil. Desapareció varios días de casa y cuando volvió supe que la habían agarrado entre varios, el albañil y otros más. Creo que fue su fin. Yo me vine para acá porque me dijeron que mi madre estaba enferma y al final no era nada. Cuando volví a París Violeta ya se había muerto. Yo estoy segura de que se suicidó.
¿Simone?
–Simone era una señora. Me acuerdo que tenía un amante norteamericano y que Jean Paul lo sabía. El se quiso casar con ella y ella le dijo que no. Aunque pienso que lo quería. Una vez me dijo: “Jean Paul se conforma con una hoja y un lápiz, no me necesita a mí”. Y era verdad. Yo también soy así. Lo único que quiero son las letras. No he amado a nadie. Con Fermín nos llevábamos bastante bien. Con mi primero marido estuve 30 años casada. Igual que en Las primas, ella nunca siente nada.




Los hombres de Las primas son una porquería...
–Los hombres son una porquería. El macho piensa que la hembra es inferior. Si una mujer es un intelectual, el hombre tiene un erizamiento, por no poder ser como ella. Si no sabe cocinar, peor. No conozco ningún hombre, salvo Fermín, que no haya hablado mal de las mujeres y más de una vez. Si no es machina, es tonta, si no, es fea. No todos son iguales, claro. Fíjese. Los radicales tienen a la mujer en la casa y ellos salen de juerga; los conservadores han tenido empleadas a las que luego las han hecho sus esposas; los socialistas, no se casan.
¿Y los peronistas?
–Ah, no, nosotros tenemos de todo.

LAS MALAS PALABRAS
El teléfono suena constantemente. La secretaria pone horarios para las entrevistas. “Mirá lo que han logrado ustedes, la caja del teléfono no para de sonar. Hasta la semana pasada era una tumba. Amigos y enemigos, llaman por igual. Qué hijos de puta. A mí me gusta Página/12 porque he visto que no tienen ningún problema en decir malas palabras.”
Nos tenemos que despedir. La fotógrafa, que mientras hablábamos le ha sacado infinitas poses, promete volver por más. Ella nos retiene un instante: “¿Ustedes se vieron? No son muy normales. No se crean... Ustedes también son las primas”.
Cambiamos de tema, le decimos que su novela está generando muchas expectativas, que los elogios del jurado fueron muy contundentes. Que una mujer de 85 años se lleve un premio que se llama “nueva novela” es, como mínimo, desconcertante.
¿Que piensa usted que va a pasar cuando la lean?
–Y, yo creo que se van a caer de culo.


Fuente: Página/12, por Liliana Viola

Otrerías


Que eso lastima lo aprendes justamente después; qué lástima que siempre tenga que haber un después con pupita.


ELOTRO

sábado, 15 de enero de 2011

Georges Didi-Huberman


Georges Didi-Huberman es historiador del arte y profesor en la École des Hautes Études en Sciences Sociales de París. Autor de Cuando las imágenes toman posición (Antonio Machado, 2008) y comisario de la exposición Atlas. ¿Cómo llevar el mundo a cuestas?, que puede visitarse actualmente en el museo Reina Sofía. Su último libro, que se titula Supervivencia de las luciérnagas, entabla una discusión con las visiones apocalípticas de Pasolini o Agamben sobre el mundo contemporáneo.
Gilles Deleuze explicaba que la imagen-cliché nos obliga a ver las cosas como debemos verlas y no como podríamos verlas. ¿Cómo liberarnos de la cadena de los estereotipos? ¿Qué imágenes pueden ayudarnos hoy a ver nuestra realidad y a pensar el mundo?



Hablas de dos formas contemporáneas de ceguera e invisibilidad.
Sí, la primera es por falta de luz, la llamo subexposición. La segunda es por exceso de luz, la sobreexposición. Jean-Luc Godard ha dicho algo muy cierto: creemos que podemos verlo todo, pero en realidad se invisibilizan miles de cosas. En la televisión y en la gran industria del espectáculo existe una censura de las imágenes. Tomemos como ejemplo el 11 de septiembre: se censuraron muchísimas imágenes (de los cadáveres, etc.). Pero junto a la censura, también se da el fenómeno de la sobre-exposición: hemos contemplado tantas imágenes de las dos torres que ya no vemos nada. Y cada imagen nos exige ser vista, no sólo contemplada una y otra vez.



¿Es posible a estas alturas una resistencia a través de la imagen?
Hay una saturación de imágenes, una sobreexposición de imágenes que nos impiden ver, y que además oculta la subexposición de la censura. Ante eso hay quien dice: “las imágenes no son otra cosa que un reflejo del poder y de la sociedad del espectáculo”. Es por ejemplo el caso de Guy Debord, que paradójicamente componía luego en sus películas asombrosos atlas de imágenes. Esta no es desde luego mi posición. Imaginemos que en lugar de imágenes hablamos de palabras: estamos completamente rodeados del lenguaje del poder, el lenguaje televisivo, el lenguaje del mercado, etc. ¿Acaso entonces no podemos hablar? ¿Acaso porque desde Goebbels hasta Sarkozy el lenguaje se emplee para mentir debemos dejar de usar el lenguaje? En absoluto, hay que usar el lenguaje de manera correcta, eso es todo. Devolver al lenguaje su fuerza, devolver a las palabras su sentido. Con las imágenes ocurre lo mismo: son un espacio de lucha. En la polémica entre Godard y Lanzmann, yo estoy evidentemente al lado de Godard, porque Godard piensa que debemos hacer un uso de las imágenes como arma, con un sentido político.




¿Cómo podemos orientarnos críticamente en las imágenes?
¿Sabes que tu pregunta es una cita literal de Kant, verdad? “Cómo orientarse en el pensamiento”. Tu me preguntas cómo orientarnos en las imágenes. Es una pregunta general. Si yo te doy una respuesta general, significaría que sé lo que es una imagen en general. Pero eso no es verdad. No puedo responder a tu pregunta en general, porque orientarse en las imágenes significa orientarse en cosas muy concretas, sensibles, particulares, múltiples, singulares. Soy muy escéptico con respecto a toda generalización sobre las imágenes, a toda ontología de la imagen. Es lo que reprocho a Barthes. He usado la palabra “imagen” en singular y en general en el título de alguno de mis libros, pero considero que lo mejor es decir “las imágenes” o “esta imagen” o “estas dos imágenes”. Sólo puedo darte ejemplos. Cuando trabajo sobre la pintura del Renacimiento me oriento de una manera y cuando estoy ante imágenes de Auschwitz me oriento de un modo diferente. No hay que perder nunca de vista la singularidad de las imágenes y la multiplicidad: nunca hay una imagen, sino imágenes. Pasa como con las palabras: me oriento diferente si escribo un poema que si escribo un discurso político o filosófico. Depende del uso, de la singularidad.


Está bien, entonces ¿me puedes dar ejemplos de imágenes críticas, políticas, emancipadoras?
Hay centenares, empezando por Goya. Pero hablaré ahora de Brecht. Brecht tomaba imágenes de contextos que detestaba (por ejemplo, la revista Life) recortando la imagen y la leyenda. Por ejemplo, una foto de la guerra cuyo pie decía: “un soldado americano mata a un soldado japonés”. Pegaba todo eso sobre un fondo negro y añadía un segundo texto, el suyo. Su texto dialectizaba la relación entre el texto y la imagen, es decir, criticaba tanto al uno como a la otra. Mostrando por ejemplo que no se trataba sólo de un soldado americano que había matado a uno japonés, sino que ambos eran soldados de imperialismos en guerra y que la verdadera víctima del enfrentamiento era el pueblo. Para mí, el buen uso de la imagen es el buen montaje.




¿Y cuál es el efecto general del buen montaje?
El de establecer una relación crítica entre la imagen y la palabra que ayuda a ambas a escapar de la cadena de los estereotipos. Mediante el montaje, dos imágenes que no estaban relacionadas asumen una posición diferente y así se propicia una mirada crítica. Es la diferencia que hago entre las imágenes que toman partido y las imágenes que toman posición: las primeras tienen un sentido obvio, las segundas son críticas. Desde Godard hasta Farocki, todo pasa por montar bien las imágenes, aunque sean imágenes detestables.



¿Qué más podrías decirnos sobre esa relación crítica entre imagen y palabra?
Tengo una experiencia que se repite. Estoy en un museo o donde sea y me encuentro con una imagen que me interesa. Y en ese momento no tengo nada qué decir, no hallo las palabras, soy incapaz de lenguaje, es un momento de silencio, la imagen tiene el poder de privarme de mi lenguaje. Si me quedo ahí me convertiré en un místico de las imágenes, como hay muchos. Pero para mí el desafío es que la imagen me obligue a renovar mi lenguaje. Naturalmente, ese lenguaje renovado será crítico con respecto al primer lenguaje espontáneo ante la imagen.




¿En qué sentido?
Trabajo por ejemplo desde hace algunos años sobre el tema de la lamentación. Si uno ve en un periódico la imagen de una mujer en Bagdad que llora no muy lejos de un coche en llamas, pues ahí ya no hay nada más que pensar o añadir. Porque la imagen lo dice todo: terrorismo, Al Qaeda, desgracia, víctima. Esa es justamente la definición de estereotipo: una imagen obvia. Hay que dejar de mirar a través de esa imagen obvia, mirar desde más lejos, estudiar la historia. Y lo que encuentre uno entonces será crítico con respecto a aquello que había visto al principio. Farocki ha demostrado en una de sus películas de qué modo los gestos religiosos, como por ejemplo la lamentación, pueden tener una función revolucionaria. Esa mujer que llora quizá sabe por qué llora y contra qué llora. No es una víctima pasiva. Su emoción da lugar a la cólera política.




¿Lo que dices entonces es que no basta con mirar?
Nadie sabe mirar, no es algo dado. Mirar es un trabajo, largo y duro. Cada imagen nueva requiere un trabajo nuevo, reaprender a ver y a hablar. Hay que respetar que las cosas aparecen siempre de manera diferente y verlas de manera cada vez diferente. Para describir cada nueva imagen hay que tener cada vez un estilo diferente. Si tienes el mismo estilo para describir imágenes distintas, ves de la misma manera cosas diferentes. Es la cuestión de la escritura: no sé si se aprecia en castellano, pero yo siempre escribo cada libro de manera muy diferente.


¿Qué quieres decir cuando afirmas que “las imágenes tocan lo real”?
La relación entre imagen y realidad es un debate filosófico que se remonta a la discusión entre Platón y Aristóteles. Platón pensaba que las imágenes forman parte del mundo sensible y por tanto no pueden decirnos la verdad sobre las cosas, porque la verdad pasa por el mundo de las ideas. Suya es la distinción entre apariencia (imagen) y esencia (verdad). La verdad de la taza es la idea de taza, no lo que tu miras, ni lo que tu tocas. Hoy muchos platónicos (antes citaba a Debord) piensan que la imagen sólo es un simulacro, una pantalla, una mentira.

Por el contrario, Aristóteles dice que nadie puede pasarse de las imágenes para pensar. El pensamiento también hace imágenes, no se puede pensar sin imágenes. Yo soy aristotélico. Pienso que una imagen, incluida una fotografía, es un “medium”, no exactamente la realidad. Cuando veo una imagen de Auschwitz no estoy en un campo, evidentemente. Pero lo que digo es que las imágenes tocan lo real: hay un punto en el que la imagen me indica algo que no es sólo apariencia. Distingo entre apariencia y aparición: cuando la mariposa aparece, no es una ilusión. Es justamente lo real. Si tu consigues que la imagen sea una aparición, que capte una aparición, en ese momento la imagen toca lo real. En la polémica en torno a las imágenes de los campos, la cuestión era si la foto nos enseña algo de Auschwitz o no. Para Lanzmann no nos enseña nada. Para mi tocan lo real, sin ser lo real.


Amador Fernández Savater, Estefanía García y David Cortés

Fuente: Público (18 de diciembre de 2010.)