lunes, 28 de febrero de 2011

Chambao / Playas de Barbate

Roberto Bolaño



¿QUIÉN ES EL VALIENTE?

(…) Pero fue una novela la que me sacó y me volvió a meter en el infierno. Esta novela es “La caída”, de Camus, y todo lo que concierne a ella lo recuerdo como atrapado en una luz espectral, luz de atardecer inmóvil, aunque yo la leí, la devoré, iluminado por aquellas mañanas privilegiadas del DF, que son o que eran de una luminosidad roja y verde cercada por ruidos, en un banco de la Alameda, sin dinero y con todo el día, es decir con toda la vida, a mi disposición. Después de Camus todo cambió. Recuerdo el ejemplar: era un libro de letras muy grandes, como un primer abecedario, de pocas páginas, de tapas duras, con un dibujo horrendo en la portada, un libro difícil de sustraer y que no supe si ocultar bajo la axila o en la espalda, pues no se amoldaba a mi americana de estudiante cimarrero, y que al final saqué a vista y paciencia de todos los empleados de la Librería de Cristal, que es una de las mejores formas de robar y que había aprendido en un cuento de Edgar Allan Poe. A partir de entonces, de aquella sustracción y de aquella lectura, pasé de ser un lector prudente a ser un lector voraz, y de ladrón de libros me convertí en atracador de libros. Quería leerlo todo, que, en mi simpleza, equivalía a querer o a intentar descubrir el mecanismo hecho de azar que había llevado al personaje de Camus a aceptar su atroz destino. Contra todas mis predicciones, mi carrera de atracador de libros fue larga y provechosa, pero un día me atraparon. Por suerte, no fue en la Librería de Cristal sino en la Librería del Sótano, que está o estaba enfrente de la Alameda, en la avenida Juárez, y que como su nombre indica era un sótano de proporciones considerables en donde se amontonaban relucientes las últimas novedades llegadas de Buenos Aires o de Barcelona.



Mi detención fue ignominiosa. Parecía como si los samuráis de la librería hubieran puesto precio a mi cabeza. Amenazaron con expulsarme del país, con propinarme una madriza en el sótano de la Librería del Sótano, lo que a mí me sonó como si aquellos neofilósofos hablaran entre ellos de la destrucción de la destrucción, y al final, tras una larga deliberación, me dejaron en libertad no sin antes apropiarse de todos los libros que yo llevaba, entre los que estaba “La caída”, ninguno de los cuales había robado allí. Poco después me marché a Chile. Si en México hubiera podido encontrar a Rulfo y Arreola, en Chile me pudo pasar lo mismo con Parra y Lihn, pero creo que al único que vi fue a Rodrigo Lira caminando aprisa una noche que olía a gases lacrimógenos. Después vino el golpe y tras éste me dediqué a recorrer las librerías de Santiago como una forma barata de conjurar el aburrimiento y la locura. A diferencia de las librerías mexicanas, las de Santiago carecían de empleados y eran atendidas por una sola persona, casi siempre el dueño. Allí compré la “Obra Gruesa” y los “Artefactos”, de Nicanor Parra, y los libros de Enrique Lihn y Jorge Teillier que no tardaría en perder y cuya lectura resultaría crucial; aunque crucial no es la palabra: esos libros me ayudaron a respirar. Pero respirar tampoco es la palabra. De mis visitas a esas librerías recuerdo sobre todo los ojos de los libreros, ojos que a veces parecían los de un ahorcado y a veces estaban velados por una tela como de legañas y que ahora sé que era otra cosa. No recuerdo, además, haber visto nunca librerías más solitarias. Allí no robé ningún libro. Eran baratos y los compraba. En la última que visité, el librero, un hombre de unos cuarenta años, alto y flaco, me dijo de sopetón mientras yo revisaba una hilera de viejas novelas francesas si me parecía justo que un autor recomendara sus propias obras a un condenado a muerte.



El tipo estaba de pie en un rincón, llevaba sólo una camisa blanca arremangada hasta los codos y tenía una nuez prominente que le temblaba al hablar. Le contesté que no me parecía justo. ¿De qué condenados a muerte estamos hablando?, dije. El librero me miró y dijo que él sabía, fehacientemente, de más de un novelista capaz de recomendar sus propios libros a un condenado a muerte. Después dijo que hablábamos de lectores desesperados. Soy el menos indicado para decirlo, dijo, pero si no lo digo yo no lo dirá nadie. ¿Qué libro le regalaría usted a un condenado a muerte?, me preguntó. No sé, dije. Yo tampoco lo sé, dijo el librero, y me parece terrible. ¿Qué libros leen los desesperados? ¿Qué libros les gustan? ¿Cómo se imagina usted la sala de lecturas de un condenado a muerte?, dijo. No tengo ni idea, dije.
Es normal, es usted muy joven, dijo. Y después: es como la Antártida. No como el Polo Norte, sino como la Antártida. Pensé en el final de Arturo Gordon Pym, pero preferí no decir nada. A ver, dijo el librero, ¿quién es el valiente capaz de poner sobre el regazo de un condenado a muerte esta novela? Levantó un libro que había gozado de cierta fama y luego lo arrojó sobre una espuerta. Le pagué y me fui. Al darle la espalda el librero no sé si se rió o se puso a llorar. Cuando gané la calle lo oí decir: ¿Quién es el gallito capaz de semejante hazaña? Y luego dijo algo más, pero no entendí sus palabras.

Roberto Bolaño

José Emilio Pacheco


CONTRA LA KODAK

Cosa terrible es la fotografía.
Pensar que en esos objetos cuadrangulares
yace un instante de 1959.
Rostros que ya no son,
aire que ya no existe.
Porque el tiempo se venga
de quienes rompen el orden natural deteniéndolo,
las fotos se resquebrajan, amarillean.
No son la música del pasado:
son el estruendo
de las ruinas internas que se desploman.
No son el verso sino el crujido
de nuestra irremediable cacofonía.

José Emilio Pacheco

Otrerías


Curiosamente los primates
sí saben distinguir las consignas.

ELOTRO

domingo, 27 de febrero de 2011

Kafka


Una de esas mujeres

Camino adrede por las calles donde hay prostitutas. La acción de pasar junto a ellas me excita; esta posibilidad remota, pero no por ello menos existente, de irme con una de ellas. ¿Es esto una bajeza? No conozco, sin embargo, otra cosa mejor, y el hecho de realizarlo me parece en el fondo inocente y casi no me produce remordimiento. Sólo deseo a las gordas de cierta edad, con vestidos anticuados, en cierto modo suntuosos gracias a algunos colgajos. Probablemente una de esas mujeres ya me conoce. La he encontrado este mediodía; no llevaba aún su traje de faena; el cabello se veía pegado a la cabeza; iba sin sombrero, con una bata de trabajo como las cocineras, y llevaba un bulto, tal vez a la lavandera. Nadie habría visto en ella el menor atractivo, sólo yo. Nos miramos fugazmente. Esa misma noche (desde el mediodía bajó la temperatura), la vi con un abrigo ajustado, de color pardo amarillento, al otro lado de la angosta calleja que sale de la Zeltnergasse, donde hace la carrera. Volví dos veces la vista hacia ella, que también captó mi mirada, pero lo que hice fue realmente escaparme.

Franz Kafka / Diarios (1910-1913)

Miguel Torga


“Y lo que a continuación se lee
es de una tal pureza y un tal brillo
que hasta desde mi oscuridad se ve.”


Miguel Torga

Borges


“Adoctrinada por un ejercicio de siglos, la república de hombres inmortales había logrado la perfección de la tolerancia y casi del desdén. Sabía que en un plazo infinito le ocurren a todo hombre, todas las cosas. Por sus pasadas y futuras virtudes, todo hombre es acreedor a toda bondad, pero también a toda traición, por sus infamias del pasado o del porvenir. Así como en los juegos de azar las cifras pares y las cifras impares tienden al equilibrio, así también se anulan y se corrigen el ingenio y la estolidez, y acaso el rústico poema del Cid es el contrapeso exigido por un solo epíteto de las Églogas o por una sentencia de Heráclito. El pensamiento más fugaz obedece a un dibujo invisible y puede coronar, o inaugurar, una forma secreta. Sé de quienes obraban el mal para que en los siglos futuros resultara el bien, o hubiera resultado en los ya pretéritos…Encarados así, todos nuestros actos son justos, pero también son indiferentes. No hay méritos morales o intelectuales. Homero compuso la Odisea; postulado un plazo infinito, con infinitas circunstancias y cambios, lo imposible es no componer, siquiera una vez La Odisea. Nadie es alguien, un solo hombre inmortal es todos los hombres. Como Cornelio Agrippa, soy dios, soy héroe, soy filósofo, soy demonio y soy mundo, lo cual es una fatigosa manera de decir que no soy.”
Jorge Luis Borges (El inmortal)

sábado, 26 de febrero de 2011

José Emilio Pacheco


EN RESUMIDAS CUENTAS

¿En dónde está lo que pasó
y qué se hizo de tanta gente?

A medida que avanza el tiempo
vamos haciendo más desconocidos.

De los amores no quedó
ni una señal en la arboleda.

Y los amigos siempre se van.
Son viajeros en los andenes.

Aunque uno existe para los demás
(sin ellos es inexistente),

tan sólo cuenta la soledad
para contarle todo y sacar cuentas.

José Emilio Pacheco

Sebald


“Inquieta que el mundo, por decirlo de algún modo, se vacíe a sí mismo porque las historias que se quedan pegadas a las cosas no serán nunca ni oídas, ni dibujadas, ni contadas a otros por nadie.”

W.G. Sebald

Kafka


“En el combate entre tú y el mundo,
secunda al mundo”.

Kafka

viernes, 25 de febrero de 2011

Ghiberti / Canetti








En septiembre de 1920, cuando hacía ya un año y medio que no nos daba clases de historia, Eugen Müller anunció una serie de conferencias sobre el arte florentino. Estas tuvieron lugar en el auditorio de la universidad, y no me perdí ni una. La majestad del lugar –todavía me faltaba mucho para ser universitario- indicaba un distanciamiento del conferenciante. (…)
Ya en la primera conferencia nos proyectó las puertas del Baptisterio y el hecho de que Ghiberti hubiera trabajado en ellas veintiuno y veintiocho años me impresionó más profundamente que lo que vi en las puertas mismas. Ahora sabía que uno podía emplear toda una vida en una o dos obras, y la paciencia, virtud que siempre había admirado, se convirtió para mí en algo monumental. Menos de cinco años después yo encontré la obra a la que quise dedicar “mi” vida. El que pudiera enunciarla, no sólo para mí, sino contársela sin turbación a aquellas personas que merecían mi respeto, se lo debo a la información sobre Ghiberti de boca de Eugen Müller.

Elías Canetti

Precipicios (31)

Precipicios (*)
(*) Despeñadero o derrumbadero por cuya proximidad no se puede andar sin riesgo de caer.
Hasta que me canse, se me ha encaramado a la chepa el capricho, voy a reseñar los comienzos (los precipicios) de los libros que leo y releo, por el gusto de rumiar…


-¡Yo no soy Stiller!- Día tras día, desde mi llegada a esta cárcel, que más tarde habré de describir, lo digo, lo juro e insisto en reclamar whisky, sin el cual me niego a hacer ninguna declaración. Porque sin whisky, lo sé por experiencia, no soy yo mismo, sino que tengo tendencia a sucumbir a todas las buenas influencias posibles y a representar un papel, que a ellos quizá les pareciera bien, pero que no tiene nada que ver conmigo.


Porque en la situación absurda en que me hallo (me toman por un ciudadano de su pequeña localidad, desaparecido), lo único que importa es no dejarme influir por lo que digan, estar alerta frente a todos sus amables intentos de meterme en una piel ajena y mantenerme incorruptible hasta llegar a la grosería, si es preciso, digo: puesto que lo único que importa es no ser otro que el individuo que, por desgracia, soy en realidad, no cesaré de reclamar a gritos que me traigan whisky, cada vez que alguien se acerque a mi celda. Por otra parte, ya hace días que les hice saber que no era indispensable que este whisky fuera de primera calidad, aunque sí que pudiera beberse. Porque si permanezco sereno, pueden interrogarme tanto como quieran, que no sacarán nada, por lo menos nada que sea verdad. -¡Es inútil! Hoy me traen este cuaderno de hojas en blanco, para que escriba en él mi vida. Sin duda para demostrar que tengo una, una vida distinta de la de su desaparecido señor Stiller.


-Escriba usted sencillamente la verdad –me dice mi abogado defensor de oficio-, la pura y escueta verdad. Le llenarán la pluma tantas veces como lo necesite…

Max Frisch (No soy Stiller)

Pessoa


Mi vida es como si me golpeasen con ella.


Pessoa

jueves, 24 de febrero de 2011

Elías Canetti


El entusiasta

El curso en Schanzenberg, el año de la reconciliación, nos trajo algunos profesores nuevos. Nos trataban de “usted”, era la regla general, y la cumplían más fácilmente los “nuevos” que los que nos conocían desde hacía tiempo. Entre los “nuevos”, uno era muy viejo y otro muy joven. Emil Walder, el viejo, había escrito el libro de gramática del que aprendíamos latín; aparte de Letsch, fue el único autor de texto que tuve como profesor en el colegio del cantón. Lo aguardaba con la curiosidad y el respeto que siempre sentía por un “autor”. Tenía una verruga enorme, que se me aparece no bien lo recuerdo, pero que soy incapaz de localizar. Estaba a la derecha o a la izquierda, cerca de un ojo, creo que el izquierdo, pero tiene la odiosa característica de errar en mis recuerdos según desde dónde conversaba con él. Su alemán era muy gutural, el dialecto suizo era más acusado en él que en otros profesores. Esto confería a su dicción algo enfático, pese a su edad. Era excepcionalmente tolerante y me dejaba leer durante las clases. El latín me resultaba fácil y me acostumbré con él a una especie de doble existencia. Mis oídos seguían la clase, de forma que cuando me llamaba siempre podía contestar. En cambio mis ojos leían un librito que tenía abierto debajo del pupitre. Él era curioso, pasaba a mi lado, me sacaba el libro, lo acercaba a sus ojos hasta ver de qué se trataba, y me lo devolvía, abierto. Si no decía nada, para mí era como si aprobara mi lectura.


Debió haber sido un gran lector; una vez tuvimos una breve conversación sobre un autor con el que él no podía. Yo estaba enfrascado en “El Paseo”, de Robert Walser, una extraña obra de la que no lograba desprenderme, completamente diferente de todo lo que yo conocía. Parecía carente de contenido, estar hecha de formas de cortesía; pero me sentía cautivado por ella contra mi voluntad y no podía dejar de leer. Walder se me acercó por la izquierda; sentí la presencia de la verruga, pero no miré, estaba absorto en aquella retórica, que yo creía despreciar. Sus manos se posaron sobre el libro, interrumpiéndome –y para colmo en medio de una de las más largas frases. Entonces alzó el libro hasta sus ojos y reconoció al autor. La verruga, esta vez a la izquierda, se hinchó como una vena colérica; me preguntó, como si fuera una pregunta de examen, pero a la vez con tono íntimo: “¿Qué le parece?”. Yo percibía su enojo pero no quería admitir que tuviera razón, porque el libro me atraía mucho. Entonces dije, conciliador: “Es demasiado cortés”.


“¿Cortés?”, contestó. “¡Es malo! ¡No es nada! ¡No merece la pena leerlo!” –una condena desde lo más hondo de su voz. Cedí y cerré el libro tristemente, sólo para leerlo después, ahora sí que con auténtica curiosidad. De esta forma vacilante empezó mi pasión por Robert Walser, a quien quizás entonces hubiera olvidado, de no haber sido por el profesor Walder.

Elías Canetti (La lengua absuelta)

Ángel González


QUISE


Quise mirar el mundo con tus ojos
ilusionados, nuevos,
verdes en su fondo
como la primavera.
Entré en tu cuerpo lleno de esperanza
para admirar tanto prodigio desde
el claro mirador de tus pupilas.
Y fuiste tú la que acabaste viendo
el fracaso del mundo con las mías.

Ángel González

Otrerías


¿Quién dijo que la cordura es gratuita?


ELOTRO

miércoles, 23 de febrero de 2011

Umberto Eco


"Entre 1939 y 1945 no hubo terrorismo, pero murieron 55 millones de personas en una guerra”


Umberto Eco

Joseph Conrad


Empezó como otros: tomando las nuevas palabras por buena moneda contante y sonante, y los nobles ideales por valiosos billetes de banco. Más tarde descubrió....Suponte que el mundo fuera una gran fábrica y toda la humanidad los obreros empleados en ella. Pues bien: descubrió que los salarios no eran los que debían ser. Que se les pagaba en moneda falsa.


Joseph Conrad (Victoria)

Adrienne Rich


“Para el expediente”


Las nubes y las estrellas no libraron esta guerra
los arroyos no informaron a nadie
si las montañas arrojaron piedras de fuego al río
fue sin tomar partido
la gota de agua que se balanceaba levemente bajo la hoja
no tenía opinión política

y si aquí o allí una casa
se inundó de aguas residuales
o envenenó a los que allí vivían
con lentas humaredas, durante años
las casas no estuvieron en guerra
ni los edificios tapiados

quisieron negar cobijo
a las ancianas sin techo o a los niños vagabundos
no siguieron la política de hacerlos errar
o morir, no, las ciudades no fueron el problema
los puentes no eran partidistas
las autopistas ardieron, pero no con odio

Incluso los kilómetros de alambrada
tendida que oprimía los barracones temporales
diseñados para mantener a los indeseables
a distancia segura, fuera de la vista
incluso los tablones que tuvieron que absorber
año tras año, tantos sonidos humanos

tanta profundidad de vómito, lágrimas
sangre que calaba lentamente
no se ofrecieron a esto
Los árboles no se prestaron a que los cortaran en tablones
ni las espinas a desgarrar carne
Mira a tu alrededor

y pregunta de quién es la firma
impresa en las órdenes, trazada
en la esquina de los planos de construcción
Pregunta dónde estaban los analfabetos, las mujeres
barrigonas, los borrachos y los locos,
aquéllos a los que temes más que a nada: pregunta dónde estabas tú.

Adrienne Rich


trad. Mª Soledad Sánchez Gómez



Fuente: BOX8. Contra el silencio, obstinadamente.

martes, 22 de febrero de 2011

Otrerías


A ver si en forma de sandwich…

Dice el periódico guía:
Ninguna broma con el holocausto.

Dice ELOTRO:

Ninguna broma con el misterio de la Santísima Trinidad y el régimen fiscal de la Iglesia Católica en España.


Ninguna broma sobre Eurovisión, el sueldo de la Igartiburu y la edad del exministro de Defensa y el “cacho” de pastel publicitario regalado a los “prisa de este mundo”

Ninguna broma sobre la ausencia de contradicciones entre la empresa y sus devotos productores, no ya antagónicas sino incluso complementarias, en el seno de la próspera secta El Corte Inglés.
(donde la primavera llega antes y nunca pasa nada malo ni constitucional.)


Ninguna broma sobre el concepto de “mentir al pueblo español” de Herr Rubalcaba.


Ninguna broma sobre la extrema derecha y su fórmula secreta para okupar las instituciones democráticas y las fácticas.


Ninguna broma sobre el izquierdismo (Cercas dixit) del señor marqués de Vargas Llosa.
(Ni sobre su calidad literaria, a pesar de su última deposición)


Ninguna broma sobre el papelón del nuevo ministro de Trabajo y su explicación de las nuevas medidas de ayuda a los “desempleados” de larga duración a las que no se pueden acoger los parados de larga duración.
(Sí, como lo leen, doy fe.)


Ninguna broma con la vocación de los niños palestinos en fabricar jóvenes y hermosos cadáveres.


Ninguna broma con Egipto, Bahrein, Túnez, Marruecos…hasta que les expliquemos bien cómo se hace una transición inmaculada sin cambiar nada salvo la semántica.
(Y les permitamos, por esta vez, descargarse El gatopardo)

Ninguna broma con los asesinatos selectivos de ingenieros nucleares iraníes hasta que acabemos con todos y se nos ocurra un porqué plausible.


Ninguna broma sobre Berlusconi, Mondadori, el maromo de la otra y el irresistible ascenso hacia la “eurosima” del segoviano.

Ninguna broma sobre Sabra y Chatila, porque de eso hace mucho tiempo y no lo podéis demostrar, cabrones antisemitas.

Ninguna broma sobre el holocausto.

ELOTRO

lunes, 21 de febrero de 2011

Jean Baudrillard




"La simulación en el arte" (fragmentos)

por Jean Baudrillard

Respecto del arte soy un bárbaro; no soy crítico de arte, ni historiador del arte ni artista, y ello me permite por cierto, de alguna manera, hablar efectivamente en términos de iconoclasta.



En cierta medida partí de Baudelaire (hay que retomar a Baudelaire y sus reflexiones sobre la modernidad); también acudo a Walter Benjamin y el opúsculo sobre la obra de arte y su reproducción técnica, que ciertamente todos conocen, y a McLuhan y su teoría de The medium is the message, que constituye justamente la matriz, en cierto modo, de la desaparición en todo el campo de la comunicación y de la información precisamente del sentido; también en McLuhan, esa nueva pragmática electrónica de la imagen que en él está muy desarrollada; y por último a Andy Warhol, del que ya hemos hablado ayer y del que hablaremos de nuevo, por su práctica ultramediática del arte, es decir, traspasar el límite, de un modo que podríamos llamar no una estética trascendental sino una inestética trascendental que es, de cierta manera, la eutanasia del arte, el método de la eutanasia.



En el fondo, mi escena primitiva es esa; que hoy ya no sé, al mirar tal o cual cuadro, o peformance o instalación, cosas así, si están bien o no, y ni siquiera tengo ganas de saberlo en verdad, entonces hallo que estoy como en suspenso, pero es un suspenso que no ofrece excitación alguna, que no es intenso; es un suspenso más bien de la neutralización y de la anulación.


En efecto, hoy el arte está realizado en todas partes. Está en los museos, está en las galerías, pero está también en la banalidad de los objetos cotidianos; está en las paredes, está en la calle, como es bien sabido; está en la banalidad hoy sacralizada y estetizada de todas las cosas, aun los detritos, desde luego, sobre todo los detritos. La estetización del mundo es total.



Es lo que llamamos «cultura», entendida como la oficialización y la sacralización de todas las cosas en términos de signos y de la circulación de signos. En efecto, es lo que podríamos denominar una economía política del signo. La gente se queja de la comercialización del arte, de la mercantilización de los valores estéticos, de que el arte sea un mercado, y con toda razón, pero en mi opinión no es eso lo esencial y además es un asunto muy viejo.
Mucho más que a la comercialización del arte hay que temerle a la estetización general de la mercancía. Mucho más que a la especulación, hay que temerle a la transcripción de todas las cosas en términos culturales, estéticos, en signos museográficos. Nuestra cultura dominante es eso: la inmensa empresa de museografía de la realidad, la inmensa empresa del almacenamiento estético que muy pronto se verá multiplicado por los medios técnicos de la información actual con la simulación y la reproducción estética de todas las formas que nos rodean y que muy pronto pasarán a ser realidad virtual.



Baudelaire denunciaba el universo de la publicidad diciendo: «Eso no es más que sentimentalismo, estética, y el arte tiene que diferenciarse radicalmente e ir por el contrario hacia un absolutismo de la mercancía». Pero el arte se ha convertido en general en una especie de prótesis publicitaria, diría yo, y la cultura en una especie de prótesis generalizada. Baudelaire quería llevar la simulación hasta su extremo; dice: «Estamos en la modernidad. Aceptemos el juego de la modernidad. Hay que llegar hasta una simulación triunfante». Nosotros en cambio estamos más bien en una simulación vergonzante, repetitiva, depresiva. El arte es un simulacro (de todas maneras estamos en la zona de los simulacros), pero un simulacro que tenía el poder de la ilusión. Nuestra simulación por el contrario ya no vive sino del vértigo de los modelos, lo cual es enteramente diferente. El arte era un simulacro dramático en el que estaban en juego la ilusión y la realidad del mundo, y hoy no es más que una prótesis estética.



Ahora bien, es sabido que la utopía realizada crea una situación paradójica, flotante, ya que una utopía no está hecha para realizarse sino para seguir siendo una utopía. El arte está hecho para seguir siendo ilusión; si entra en el dominio de la realidad, estamos perdidos. Entonces el arte está condenado desde ahora a simular su propia desaparición puesto que ésta ya ocurrió. Volvemos a vivir así todos los días la desaparición del arte en la repetición de sus formas y, a este respecto, poco importa que esas formas sean abstractas o figurativas o conceptuales (son posibles todas las variantes, todas las diferencias): el problema genérico es el de la desaparición. Pero del mismo modo volvemos a vivir todos los días la desaparición de lo político en la repetición mediática de sus formas, y volvemos a vivir todos los días la desaparición de lo sexual en la repetición pornográfica y publicitaria de sus formas.



Entonces, en esa trayectoria, inaugurada por Hegel cuando habla de la «rabia de desaparecer» y del arte que ya se adentra en el proceso de su propia desaparición, hay una línea directa que, en mi opinión, enlaza a Baudelaire con Warhol bajo el signo de la mercancía absoluta.


A la amenaza que la sociedad mercantil, vulgar, capitalista y publicitaria esgrime contra el arte, a esa objetivización nueva del mundo en términos de valor mercantil, Baudelaire opone, no la defensa de un estatus tradicional, de un valor estético tradicional, sino una objetivización absoluta. Ya que el valor estético corre el peligro de que la mercancía lo aliene, no hay que defenderse de la alienación sino más bien adentrarse más en la alienación y combatirla con sus propias armas. Hay que seguir las vías inexorables ‘de la indiferencia y la equivalencia absolutas’, mercantiles, y hacer de la obra de arte una mercancía absoluta.




El objeto absoluto pues la obra de arte se convierte en una especie de objeto absoluto, en tanto las mercancías son objetos relativos es, en este caso, aquel cuyo valor es nulo (ya no hay valor) y cuya cualidad es indiferente, pero que escapa de la alienación objetiva al hacerse más objeto que el objeto. Tiene que ser más objeto que el objeto, no hay que aspirar a no ser ya objeto, no hay que querer ser puro sujeto y rechazar la alienación. Por el contrario, hay que ir más lejos en lo que respecta a la objetivización. Esto es lo que da una cualidad fatal. Esta superación del valor de cambio, esa destrucción de la mercancía por su valor mismo, se hace visible por cierto en la exacerbación del mercado de la pintura. Se puede lamentar la especulación mercantil con la pintura, pero se podría aceptarla como una especie de destino irónico del arte, pues al hacerlo el valor estético, la especulación insensata con la obra de arte se vuelve de cierto modo una parodia del mercado. Además, en cierta medida, fue con el mercado del arte que se inauguró, se experimentó primero la especulación sin límites que vemos hoy operar en los juegos de la bolsa, en las plazas financieras; y esta especulación está hoy en todas partes, en lo político, en lo económico, etcétera. Pero se dio primero en el mercado del arte; en este sentido el arte fue premonitorio, pues en él operó antes eso que en apariencia es el contrario absoluto del arte, a saber, la especulación mercantil. Y paradójicamente, en el arte justamente se realizó esa especie de proliferación del valor que de hecho es como una negación irónica del arte. El hecho de que haya un mercado del arte puede estudiarse o deplorarse, pero nadie puede hacer nada al respecto. Sin embargo, son los excesos de ese mercado lo que resulta insensato y enteramente desproporcionado respecto a un verdadero valor estético. No hay proporción alguna entre la especulación mercantil y el valor estético, y esta especie de distorsión, de contradicción absoluta es de cierta manera irónica. Ello pone de relieve el hecho de que también el valor estético está atrapado realmente en la misma especulación que el valor mercantil del arte. Yo diría que constituye una prueba de su verdad. Habría que reconsiderar el mercado del arte conforme a los términos de un análisis semejante, un análisis irónico. Se podría hacer lo mismo, por cierto, con la especulación económica porque de algún modo, tal como se evidenció en los recientes crashes de la especulación financiera, es algo que proviene de la economía política, pero que la rebasa por su exageración misma, y que virtualmente pone fin a la economía política; es bien sabido que la especulación financiera pone en jaque, destruye, toda coherencia, toda racionalidad económica, y esto constituye un acontecimiento interesante, un fenómeno extremo.


En el arte actual hemos llegado a ese punto, y a esa ironía superior apuntaba Baudelaire para la obra de arte: una mercancía superiormente irónica, porque ya no significa nada, más arbitraria aún que una mercancía normal, vulgar, que circula aún más rápido, especulativa una mercancía semejante cobra todavía más valor por perder su sentido y su referencia. En última instancia, Baudelaire, según la lógica propia de la modernidad, termina por decir que «el arte es la moda». La moda es el signo triunfante de la modernidad, la moda como supermercancía, como asunción sublime de la mercancía, como parodia radical de la mercancía y como su negación. En este sentido se podría decir en efecto que de alguna manera también el arte está sometido ya a una lógica de la moda, o sea, del reciclaje de todas las formas, pero ritualizadas de algún modo, fetichizadas y también enteramente efímeras, una circulación o una comunicación velocísima, pero en la que el valor no tiene tiempo para existir, de cobrar forma porque todo anda demasiado rápido.



La única solución radical, moderna (de nuevo según Baudelaire): potencializar lo que haya de nuevo, de inesperado, de genial, en la mercancía. Esto resulta un punto de vista interesante: en vez de decir, «la mercancía es vulgar, ordinaria», etcétera, decir «la mercancía, si se lleva su lógica al extremo, es genial». Hay que ir hasta el límite, es decir, potencializar la indiferencia de la mercancía, la indiferencia del valor, potencializar la circulación sin reserva de las cosas. La obra de arte debe adquirir un carácter extraño, Un carácter de choque, de sorpresa, inquietante, y al mismo tiempo un carácter de liquidez, de circulación, e igualmente, como la mercancía, una especie de valor instantáneo y autodestructivo.




El objeto de arte sería entonces así un nuevo fetiche triunfante, abocado a deconstruir su propia aura (de la que habla Benjamin), su propio poder de ilusión, para resplandecer en la obscenidad pura de la mercancía. Tiene que aniquilarse como objeto familiar y hacerse monstruosamente extraño. Sin embargo, esta extrañeza no es ya la del objeto alienado. No se trata de un objeto alienado, ni de un objeto reprimido, ni de un objeto perdido; no brilla por la pérdida o la desposesión, brilla por una verdadera seducción venida de otra parte, brilla por haber excedido su propia forma para llegar a ser objeto puro, acontecimiento puro.





Baudelaire saca este análisis del espectáculo de la Exposición Universal de 1855. En mi opinión es un tanto superior, más radical, que el análisis de Walter Benjamin. En La obra de arte en la era de su reproducción técnica, éste da cuenta de la pérdida del aura: la obra de arte ha perdido su aura de objeto sagrado, ha perdido su autenticidad y ya no tiene determinación política (es políticamente desesperada).




Vuelvo sobre Andy Warhol. Éste sostiene la exigencia radical de volverse una máquina absoluta, más máquina que la máquina (aquí hallamos la estrategia fatal de potencializar algo, no una regresión, sino querer ser más máquina que la máquina), ya que Warhol apunta a la reproducción automática, maquinal, de objetos ya mecánicos, ya fabricados, así sea una lata de sopa o el rostro de una star (el de Marilyn Monroe, por ejemplo). Por tanto está situado en la misma línea, va en la misma dirección de la mercancía absoluta de Baudelaire, justamente ejecuta a la perfección la visión de Baudelaire, que a la vez es el destino del arte moderno: realizar hasta el extremo, es decir hasta la negación de sí mismo, el éxtasis negativo del valor, que también es el éxtasis negativo de la representación. Y cuando Baudelaire dice que la vocación del artista moderno es dar a la mercancía un estatus heroico, mientras que la burguesía sólo logra darle con la publicidad una expresión sentimental (con lo cual indica que el heroísmo no consiste en absoluto en volver a sacralizar el arte y el valor opuestos a la mercancía cosa que en efecto resulta sentimental y alimenta aún hoy por todas partes nuestra creación artística sino en sacralizar la mercancía como tal), convierte a Warhol en el héroe o el antihéroe de arte moderno, Y ello en la medida en que Warhol se adentra más que nadie en la Vía Ritual de la desaparición del arte, de toda sentimentalidad del arte, y lleva lo más lejos posible el ritual de la transparencia negativa del arte y de la indiferencia del arte ante su propia autenticidad. De cierto modo se sigue haciendo hoy; la reapropiación, la simulación, etcétera, son un poco eso.




Se dice que el arte se ha vuelto iconoclasta, pero se ha vuelto también agnóstico porque ya no cree en su propia sacralidad, en su propia finalidad. No obstante, la posición agnóstica, la posición iconoclasta constituyen una situación muy poderosa: se puede hacer cosas aún mejor cuando no se cree en lo que se hace que cuando se cree.




Pudo pensarse que todas esas formas de arte tradicionalistas, académicas, etcétera habían desaparecido definitivamente, pero no es cierto. Hoy se les saca a luz, se muestran en los museos, por todas partes, y ello quizá indica efectivamente que la verdadera aventura del arte moderno, que fue la de su desaparición, ha terminado, y que ahora resurge un arte que no aceptó nunca su propia desaparición, un arte que siempre quiso ser positivo. Una vez terminada la otra –la gran aventura– todo resurge, resurgen todos los vestigios aun de lo que precedió a la modernidad.




Hoy sería en verdad un sinsabor inverosímil tratar de encontrar algún criterio, cualquiera que fuese, con el cual aún continuar la descripción de una historia del arte.
Creo que la historia del arte se detuvo quizá con Duchamp, aunque no estoy seguro. En efecto, podría pensarse que el arte sigue existiendo como actividad, pero más allá del juicio, de la línea fronteriza con la que al menos había la posibilidad de decir: «Ahí hay una estética». Entonces se me plantea la misma pregunta que hice antes: ¿Hay todavía una ilusión estética? ¿Hay todavía la posibilidad de encontrar un reto más allá de la pérdida del valor, algo que no tenga ya que ver con el valor sino con una gran ilusión (en el sentido de la mercancía absoluta de Baudelaire), es decir, encontrar una estrategia fatal más allá del propio mundo, de la alienación y de la mercancía? ¿Habrá todavía una estrategia fatal del arte o ya no se está más que en la estrategia banal de la estética?


Jean Baudrillard

domingo, 20 de febrero de 2011

Un gato en el botánico

“Estoy tan débil que no puedo
hacer nada para pasar el tiempo.
Por lo tanto el tiempo no pasa”.

Martin Amis

«Dios todavía no ha creado el mundo;
sólo está imaginándolo, como entre sueños.
Por eso el mundo es perfecto, pero confuso.»

Augusto Monterroso.



A partir de un cierto punto
ya no hay regreso posible.
Este es el punto a alcanzar.

Kafka



Cuando soñamos que soñamos
está próximo el despertar.

Novalis




“Recordé que es fama entre los etíopes
que los monos deliberadamente no hablan
para que no los obliguen a trabajar.”
Jorge Luis Borges



Cada tictac del reloj
no necesita un mártir.

John Woods



Alguien abre un libro de forma aleatoria
y se encuentra con la palabra aleatorio.
Eric Pankey



Todo prejuicio se configura a partir de
otro prejuicio, y los prejuicios más frecuentes
son los que emanan de sus opuestos.

Elías Canetti



Finalmente todo pensamiento
queda irresuelto.

Juan José Saer



Un hombre con fe es más peligroso
que una bestia con hambre.

Juan Carlos Onetti



Fracasamos, como fracasa todo lo que puede herir.
El éxito sólo llega a aquello que sigue la corriente.

Agustín García-Calvo





“Elija el camino, hombre de Dios, que se puede”

Anónimo.