jueves, 30 de junio de 2011

Pero como yo no soy griego...









Nabokov / Habla, memoria



“El largo viaje hacia el sur comenzó tolerablemente bien, con la calefacción ronroneando todavía y las lámparas del coche cama de primera clase Petrogrado-Simferopol aún intactas, mientras una cantante relativamente famosa y aparatosamente maquillada que oprimía contra el pecho un ramito de crisantemos envuelto en papel pardo, permanecía, dando golpecitos al cristal, en el pasillo por el que alguien pasó y dijo adiós con la mano en el momento en que el tren empezó a deslizarse, sin un solo sobresalto que nos indicase que estábamos abandonando para siempre aquella gris ciudad. Pero poco después de Moscú se acabaron todas las comodidades. En varios puntos de nuestro lento y penoso avance, el tren, nuestro coche cama incluido, fue invadido por más o menos bolchevizados soldados que regresaban del frente a sus casas (se les llamaban “desertores” o “héroes rojos” según las opiniones políticas de cada cual). A mi hermano y a mí nos pareció bastante divertido encerrarnos en nuestro compartimento y resistirnos a todos los intentos de importunarnos. Varios soldados que viajaban en el techo del vagón contribuyeron a la juerga tratando, no sin éxito, de utilizar nuestro ventilador como retrete. Mi hermano, que era un actor de primera, consiguió simular todos los síntomas de un caso grave de tifus, lo cual nos fue muy útil cuando finalmente la puerta cedió.




A primera hora del tercer día, durante una parada, aproveché una tregua en estas alegres actividades para respirar un poco de aire fresco. Avancé cautelosamente por el atestado pasillo, levantando las piernas por encima de los cuerpos dormidos, y me apeé. Una niebla lechosa caía pesadamente sobre el andén de una estación anónima: nos encontrábamos en algún lugar de las proximidades de Kharkov. Yo llevaba polainas y sombrero hongo. Mi bastón, una pieza de coleccionista que había pertenecido a mi tío Ruka, era de madera clara salpicada de bellas manchitas, y el puño era un terso globo de rosado coral incrustado en una corona de oro. De haber sido yo uno de los trágicos vagabundos que permanecían al acecho en aquel andén por el que un frágil petimetre imberbe paseaba de un lado para otro, no hubiese podido resistir la tentación de destruirle. Cuando estaba a punto de subir al tren, este dio una sacudida y comenzó a avanzar; mi pie resbaló y el bastón salió disparado y cayó entre las vías. No sentía ningún cariño especial por aquel objeto (de hecho, lo perdí por descuido al cabo de unos años), pero estaba siendo observado, y el fuego de mi amour propre de adolescente me impulsó a hacer una cosa que me resulta imposible imaginar que pudiera ser hecha por mi yo actual. Esperé a que pasaran uno, dos, tres, cuatro vagones (los trenes rusos eran famosos por lo mucho que tardaban en cobrar velocidad) y cuando, finalmente, fueron visibles las vías, cogí de entre ellas mi bastón y me puse a correr en pos de aquellos topes que iban empequeñeciéndose como en una pesadilla.
Un robusto brazo proletario actuó de acuerdo con las reglas de la narrativa sentimental (en lugar de seguir las del marxismo) y me ayudó a subir. “

Vladimir Nabokov  (Habla, memoria)

Chantal Maillard



¿Y qué hay del sentimiento?
¿Debería haberlo?
¿Es poesía el verso que describe
fríamente aquello que acontece?
Pero ¿qué es lo que acontece?

Chantal Maillard


Otrerías

miércoles, 29 de junio de 2011

Antonio López "en bonito"



Lamentablemente, pienso yo, Antonio López ya no es el pintor que nos descubría, a los más cegatos, aquellas “cosas que también vivían en la realidad” (en la nuestra y en la suya) y que la gente común no veíamos, no percibíamos, no sospechábamos siquiera la existencia de esos “elementos” que él nos mostraba y enfatizaba en sus obras. Cada obra de Antonio López era una revelación, una cierta epifanía. Sus obras “enriquecían y ampliaban” nuestra mirada y nos mostraban con una mezcla de humildad y firmeza la inagotable “riqueza” de eso que los “modernitos de turno” llaman despectivamente “la tosca realidad”, “la chata realidad”, “la pobre realidad”...



En esta muestra del Thyssen, la obra nueva, lamentablemente, “canta”, como cuando el guardameta pierde “el sitio” y se despendola sin brújula por el pasto y la grada amiga le grita ¡¿pero adónde vas?!
Antonio López había pintado, por ejemplo, la Gran Vía dos veces, una de las versiones más famosa y otra menos. Dos pinturas magníficas. Aquellos que tenemos la suerte de vivir en Madrid y podemos situarnos en el punto “físico” exacto donde él clavó el caballete, podemos “descubrir” fácilmente que la mirada de Antonio “ve más”, ve más allá, ve más acá y, descartando, minimizando y maximizando “componentes reales”, nos muestra “su manera de ver, sentir y pintar la realidad”, su manera de mentir con el dibujo, la pintura y la escultura para “fijar” su versión de la verdad.
Pues bien, ha abandonado (o le ha) la calma, la paciencia, la pausa, la lentitud, la acera y el asfalto y se ha elevado al cuarto piso y tiene empezados media docena de vistas nuevas de la Gran Vía madrileña. Y las ha colgado en la muestra, y resultan, en el estado en el que están, mediocres, amaneradas, “bonitas” y penosas…qué lejos de aquella formidable vista (afortunadamente en la sala de al lado) de la Avenida de América sobre la que Juan Carlos Onetti dijo: “Antonio López ha pintado mi ventana, la ventana por la que mira el “tumbao”, sin sospecharlo…”
El pintor que no tenía prisa, que se obsesionaba con una determinada luz hasta extremos casi patológicos, que un día abría la nevera de su casa y se quedaba pasmado con el efecto luminoso de la bombillita de tungsteno sobre el medio pollo crudo en el plato de “duralex” y abismado en esa visión le decía a María Moreno que fuese comprando otra nevera porque aquella había que pintarla, imperativamente, tal cual…ese artista que siempre estaba en continua evolución, que nunca cayó en la tentación de fabricarse un “tampón” y echarse a dormir, ese que jamás aceptó los caminos trillados…se nos ha puesto a pintar postalitas y a realizar macroesculturas que no tienen dentro ni un gramo de vida. Así lo veo y lo siento, en su doble acepción.



Para mí Antonio López es, sin duda, un genio, un artista al que debo muchas “visiones”, experiencias y momentos placenteros y constantes estímulos para pintar y dibujar, (creo que una de las películas que más veces he visionado es precisamente “El sol del membrillo” de Víctor Erice, la obra de dos genios y la extraordinaria aportación del añorado Enrique Gran) y además es una persona, he tenido el privilegio de comprobarlo,  de trato asequible y una sencillez y humildad extraordinarias ( he coincidido con él, y con su inagotable curiosidad y deseo de conocer, en numerosas ocasiones en museos, El Prado, La Academia de San Fernando, el Thyssen y exposiciones en modestas galerías e incluso en una ocasión en una muestra de Frida Kahlo en la que estaba acompañado por su mujer María Moreno – una magnífica pintora de la “luz”- me permití pedirle el favor, que aceptó amablemente, de que me firmara una copia en papel de su famosa vista de la Gran Vía que compré, en el mismo momento, en una tienda cercana a la galería), en fin que mi admiración, y mi aprecio, por él viene de lejos y no conoce límites, quizá por ello me ha entristecido tanto ver colgadas estas últimas obras (baratijas) que en mi opinión perjudican seriamente la, por otra parte, altísima calidad de la exposición.
Una última y folclórica pincelada: Unos seis visitantes delante de una pintura que representa un frigorífico abierto. La mamá se aproxima a la cartela: “Cari, el cuadro es propiedad de Florentino Pérez”. Otro miembro del grupo: “Las empanadillas, se ve muy claro,  son de La cocinera, lo pinta todo perfecto.
Bien mirado esto también forma parte de la inextricable realidad…manquepierda.

ELOTRO  

César Vallejo



XLV

Me desvinculo del mar
cuando vienen las aguas a mí.

Salgamos siempre. Saboreemos
la canción estupenda, la canción dicha
por los labios inferiores del deseo.
Oh prodigiosa doncellez.
Pasa la brisa sin sal.

A lo lejos husmeo los tuétanos
oyendo el tanteo profundo, a la caza
de teclas de resaca.

Y así diéramos las narices
en el absurdo.
nos cubriremos con el oro de no tener nada,
y empollaremos el ala aún no nacida
de la noche, hermana
de esta ala huérfana del día,
que a fuerza de ser una ya no es ala.

César Vallejo  (Trilce)

Otrerías

martes, 28 de junio de 2011

Fragmentos / Sebald


“No entendía ni una palabra de los asuntos cotidianos de los que hablaban entre ellas. Solamente oía subir y bajar las voces, sonidos naturales como los que articulan las gargantas de los pájaros, un sonido acabado de flauta y campanillas, entre música de ángeles y canto de sirenas. Lo único que se me ha grabado en la memoria de todo cuanto Katy dijo a Lizzie y Lizzie a Katy es un fragmento extremadamente singular. Pertenecía al relato de unas vacaciones en la isla de Malta y Katy, o Lizzie, afirmaba que los malteses, con un desprecio incomprensible hacia la muerte, no conducían por la derecha ni por la izquierda, sino siempre por el lado de la calle cubierto de sombra.”






“Puesto que en Inglaterra los jueces suelen permanecer en su cargo hasta una edad avanzada, Frederick Farrar no se había jubilado hasta 1982, cuando adquirió la casa en nuestro vecindario para entregarse al cultivo de raras variedades de rosas y violetas. No creo que sea necesario añadir que los iris eran también de sus favoritos. El jardín que Frederick Farrar, junto con un ayudante que le echó una mano todos los días durante diez años, iba trazando en torno a estas flores que criaba por docenas de variedades, pasaba por ser el más hermoso de toda la región, y a menudo, en los últimos tiempos, después de que sufriera un leve ataque al corazón y su salud se hubiese quedado resentida, me sentaba allí con él y le hacía hablarme de Lowestoft y del pasado. Fue en este jardín donde Frederick Farrar encontró la muerte un precioso día de mayo, cuando en un paseo matinal consiguió de alguna manera prender fuego a su bata con el mechero que siempre llevaba en el bolsillo. El ayudante le descubrió una hora más tarde, inconsciente y con graves quemaduras por todo el cuerpo, en un lugar fresco, a media sombra, donde la diminuta “Viola labradorica”, de hojas casi negras, se había extendido hasta convertirse en toda una colonia. Frederick Farrar murió a causa de sus quemaduras aquel mismo día.”




A lo largo de días y semanas uno se devana inútilmente los sesos, no sabría, si se le preguntara por ello, si se sigue escribiendo por costumbre, o por afán de prestigio, o porque no se ha aprendido otra cosa, o por asombro ante la vida, por amor a la verdad, por desesperación o indignación, así como tampoco sería capaz de decir si mediante la escritura uno se vuelve más inteligente o más loco.

W. G. Sebald  (Los anillos de Saturno)

Chantal Maillard / escribir



(…)

escribir

para no mentir
para dejar de mentir
con palabras abstractas
para poder decir tan sólo lo que cuenta

decir que a las once
de la noche de hoy
mientras la luz calienta
el lado izquierdo de mi almohada
y la sábana verde se desdobla
en el espejo del armario
estoy en mí
en el lugar que acostumbro
a encontrarme
en este aquí hecho de extraña
duración en lo mismo
repitiéndome
la carne dolorida
los huesos lastimados
los nervios, la piel
tirante, amoratada
el pelo encanecido
el grito sólo postergado
y hoy a las once
de la noche de hoy
mientras la luz calienta
el lado izquierdo de mi almohada

Chantal Maillard

Otrerías

lunes, 27 de junio de 2011

En Grand Central Station...




“En mi cama me invade la selva; me veo infestada por una horda de deseos: una paloma me picotea el corazón, un gato hurga en la cueva de mi sexo y en mi cabeza ladra una jauría, bajo el látigo de un cazador que ordena a gritos destrucción y estragos, mientras las horas acumulan torturas para poner mi resistencia a prueba.”

*

“Esto es Hoy. Esta es la meta que perseguían todos los pies, a la que todos los caminos pugnaban por llevar. ¿Cuáles son los problemas del mundo, sus pesares, sus errores? Me siento tan perpleja, tan ignorante, tan desconcertada como el día en que di álgebra por primera vez.”




*

“Recuerda que aunque la embriaguez inicial desaparece, sin embargo esas cosas, en ese momento, te conmovieron hasta hacerte llorar, y convirtieron una simple mirada por la ventanilla del vagón restaurante en una plenitud insoportable.”

*

“De modo que esta noche meteremos en un nido el mundo entero con todo su desorden, y colgará balanceándose confortablemente como si estuviera tan lejos y tan olvidado por la historia como el derecho de los piles rojas a ser libres.”




*

“Hay quien ama a Lucifer porque perdió su batalla contra Dios. Algo de razón tenía el diablo, y quizá algo olía a podrido en el Cielo por entonces. No creas que no he visto colas cortadas de ardillas, que abandonaron sobre un tronco para salvar la vida, y patas de conejo roídas en trampas, enmarañadas con el acero”.

*

“Recuerda: yo no soy el desahogo, sino la meta.”


*


“Las bombas son más grandes, pero los cerebros humanos que las bombas revientan son del mismo tamaño. Las caras destrozadas en las ciudades costeras inglesas son las que un día besamos; las manos que alguien barre junto con los escombros son las que un día estrechamos…”

*

“La filosofía, como los líquenes, necesita siglos para desarrollarse, y el Manual de Instrucciones la ignora sistemáticamente. Si no lo puedes soportar, vete con viento fresco.
Yo no lo soporto, de modo que me quedo echada en la cama del hotel, descomponiéndome en elementos químicos cuyos avatares prolongará el tiempo hasta que el tiempo mismo se extinga, sin que esos pocos años en que los mantuve juntos, componiendo una pasión humana, dejen la menor huella”.


*

“Todos me irritan: no vienen a cuento. Las personas, las cosas, no me afectan; las odio si me llevan la contraria o retrasan mi desmoronamiento. La naturaleza se reduce al fastidioso clima, y las flores a toscos recordatorios de la podredumbre.”

*

“Soy más vulnerable que la princesa a la que siete colchones no consiguieron disimular el guisante. El obstáculo que el amor no puede vencer no son las certezas, sino las dudas, las dudas terribles: un Vesubio en mi estómago, la duda aporta suficientes indicios para que yo misma descifre el acertijo, y el acertijo dice: estás perdida.”


*

“¿Estás en un apuro, verdad, guapa? Te has metido en un buen lío, a que sí.
Oh, no, gracias, estoy bien, estupendamente. Algún mal entendido con el banco, nada más.
Si me quieres contar algo, puedes confiar en mí, ¿sabes? Sé lo que es la vida, mi marido y yo, sabemos lo que es la vida.
No, no, muchísimas gracias, estoy muy bien.
No es que quiera meterme en lo que no me importa, pero fue un poco raro, la verdad, la manera en que llegaste y todo eso. Ya sabes cómo es la gente de chismosa, y además pareces una cría.
No, qué va, soy mayor, tengo veintitrés años.
¡De veras! Nunca lo hubiera dicho. Yo tengo treinta y cinco. Tengo un dormitorio amueblado y tapetes de encaje y un revistero de caoba: apuntamos alto, mi marido y yo.”

*

“Pero los bares abiertos toda la noche están demasiado acostumbrados a esos desechos humanos que beben café para entrar en calor antes de tirarse al río. En el cuero que recubre las mesas, la sangre nunca se seca del todo. Son mesas que invitan a redactar notas de despedida: Adiós a todos. No puedo más.




*


“El revisor del autobús echa mostaza en su bocadillo de jamón, de pie, para comérselo deprisa y corriendo entre dos viajes. Ha llegado y se ha marchado mientras yo plantaba tres cruces en mi tumba. ¿Y cuándo tiene tiempo para el amor, digo yo?
Supongo que estará hecho un paquetito en su estómago lo mismo que el bocadillo de jamón.
-Si dispone de poco tiempo, pruebe Tums contra la indigestión. Tums, la divisa de los que tienen prisa.-
Puntual como su taladradora, el revisor entra y sale de la cueva de la revelación. Tiene un ojo lleno del polvo de la calle y el otro en el reloj. Mujer, abre las piernas, que tengo que fichar dentro de cinco minutos.”

*

“Jovencitas enamoradas, sed putas, duele menos.”




De "En Grand Central Station me senté y lloré"  /  Elizabeth Smart




domingo, 26 de junio de 2011

Precipicios (48)


Precipicios (*)
(*) Despeñadero o derrumbadero por cuya proximidad no se puede andar sin riesgo de caer.

Hasta que me canse, se me ha encaramado a la chepa el capricho,  voy a reseñar los comienzos (los precipicios) de los libros que leo y releo, por el gusto de rumiar…




Estoy en una esquina en Monterrey, de pie, esperando que llegue el autocar, con todos los músculos de mi voluntad reteniendo el terror de afrontar lo que más deseo en el mundo. La aprensión y la tarde de verano me resecan los labios, que humedezco cada diez minutos, a lo largo de las cinco horas de espera.
Pero es ella, son sus ojos los que se adelantan, de entre los vulgares pasajeros, para tranquilizarme: el autocar no ha traído desastre. Sus ojos de madona, suaves como niños, confiados como quienes ignoran el mal. Y por un momento, ante esa mirada, me siento feliz de renunciar a mi futuro, de aplazar indefinidamente el milagroso incendio. Sus ojos llueven inocencia y sorpresa sobre mí.
¿Y si fuera ella, a fin de cuentas, ella, a quien yo jamás esperé ni imaginé, la destinataria de las enrevesadas estratagemas del azar? Detrás, aparece aquel a quien he esperado tanto tiempo, aquel que insoportablemente ha cruzado a zancadas mis más nocturnos sueños, manoseando con torpeza el equipaje y los billetes, y arrastra los pies hacia el acontecimiento, que la excesiva expectación ha hecho jirones.
Pues a fin de cuentas, ella lo es todo. Nos sentamos en un bar y bebemos café. Él refiere aventuras compartidas y dice: “Así fue, ¿verdad, cariño?”, “Hice bien, ¿no crees, cielo?”, y ella sonríe feliz, con una confianza que da miedo.
¿Cómo puede caminar por las calles, tan vulnerable, tan desprevenida, sin que la sigan personas y perros y perpetuas catástrofes?...

Elizabeth Smart  (En Grand Central Station me senté y lloré)

R. Bolaño



Dos cuerpos dentro de un saco de dormir
Como si una crisálida se masturbara.
Una fría mañana de primavera cerca del mar.
Sin hacer contorsiones, acariciando según se pueda
Brazos, axilas, suaves muslos peludos.
Los de ella no tanto,
Escribirás luego con una sonrisa y solo
En un lugar de la autopista
De Castelldefelds.

Roberto Bolaño

Otrerías

jueves, 23 de junio de 2011

Mallarmé, Magris, Sebald...



Hasta en el furor homicida, es Medea quien conoce el sentido auténtico del amor, de los sentimientos, de los valores. Pero Cólquide, con su ferocidad tribal, no es una alternativa posible a la Grecia de Homero, de Sócrates y Platón, del mito y el logos que han captado el ser en sus raíces. Es trágicamente cínico, un capricho de los dioses, que el heraldo de la luz helénica en las brumas bárbaras sea el mezquino Jasón y que su víctima –el precio de aquella empresa epocal, la expedición de los Argonautas- sea Medea, de mucha mayor estatura que él. Pero es aún más trágicamente cínico que aquel capricho de los dioses sea un elemento esencial de la civilización griega. Esta dialéctica sin remisión no permite soñar con paraísos incorruptos y aún menos contraponerlos a Occidente; también en la película el olvido encantado y somnoliento de la laguna amortigua, pero sólo por un momento, el insostenible horror de la historia.
Cada Medea es la historia de una terrible dificultad de entenderse entre civilizaciones diversas; un aviso trágicamente actual acerca de lo difícil que es, para un extranjero, dejar verdaderamente de serlo para los demás. Medea pone de manifiesto el triunfo de la extrañeza y del conflicto objetivo entre gentes y personas diversas. Por ello también, en el homónimo drama de Grillparzer, Medea puede decir que sería mejor no nacer y que, cuando esto ocurre, sólo cabe soportar –sin enternecerse o lloriquearse a sí mismos, como Jasón- ese mal.

Claudio Magris  (Microcosmos)



La carne es triste, ¡ay!, y todo lo he leído.

Mallarmé



“No creo que estos hombres estén sentados a la orilla del mar durante días y noches enteras para, como afirman, no perderse el momento en que pasen las bacaladillas, suban las platijas o el bacalao nade en dirección hacia la costa, lo que creo es que sencillamente les gusta demorarse en un lugar en el que tienen el mundo tras de sí y ante ellos nada más que vacío.”

W. G. Sebald  (Los anillos de Saturno)

Bukowski



la taladradora

“nuestro álbum nupcial”,
pone.
lo hojeo.
duraron diez años.
fueron jóvenes una vez.
ahora duermo yo en su cama.
él la llama:
“quiero que me devuelvas la taladradora.
tenla preparada.
recogeré a los niños a las
diez”.
cuando llega espera afuera en
la puerta.
sus niños salen con
él.
ella vuelve a la cama
y yo estiro una pierna
la apoyo en la suya.
yo fui joven también.
las relaciones humanas sencillamente no son
duraderas.
recuerdo a las mujeres de
mi vida.
parecen inexistentes.

“¿ya tiene su taladradora?” pregunto.

“sí, ya tiene su taladradora”.

me pregunto si alguna vez tendré que volver
por mis pantalones
bermudas y mi disco
de la Academy of St. Martin in the
Fields. supongo que
sí.

Charles Bukowski

Otrerías

miércoles, 22 de junio de 2011

Sebald / Los anillos de Saturno



Las primeras noticias acerca del tipo y la magnitud de los crímenes cometidos en el curso de la civilización del Congo contra la población autóctona llegaron a hacerse públicas en 1903 gracias a Roger Casement, quien entonces ocupaba el cargo de cónsul británico en Boma. Casement –del que Korzenoiwski había expresado una vez, delante de un conocido londinense, que podía contar cosas que él, Korzenoiwski, intentaba olvidar desde hacía tiempo-, en un memorándum presentado a Lord Lansdowne, de Foreing Secretary, hizo un informe pormenorizado relativo a una explotación de los negros que no era atenuada por ningún tipo de miramiento, obligados a trabajar sin remuneración en todas las obras de la colonia, alimentados únicamente con lo imprescindible, con frecuencia encadenados los unos a los otros, a un ritmo establecido desde el amanecer hasta la caída del sol y, a fin de cuentas, hasta caer literalmente desplomados. Ante los ojos de quién navegue por la parte superior del Congo, río arriba, y no esté cegado por la avaricia de dinero, escribe Casement, se revela la agonía de un pueblo entero en todos sus pormenores, que desgarran el corazón y dejan sumidas en las sombras las escenas bíblicas del sufrimiento. Casement no dejó ninguna duda de que, cada año, los vigilantes blancos empujaban a la muerte a cientos de miles de esclavos, y de que mutilaciones, cortar manos y pies, y ejecuciones con revólver eran las medidas represivas practicadas a diario en el Congo para el mantenimiento de la disciplina. Una conversación privada, para la que el rey Leopoldo había hecho ir a Casement a Bruselas, debía servir para relajar el tenso ambiente que su intervención había creado, mejor dicho, debía servir para valorar el peligro que las actividades revolucionarias de Casement entrañaban para los negocios coloniales belgas. Leopoldo aseveró que consideraba el rendimiento laboral de los negros como un equivalente a los impuestos absolutamente legítimo, y si en ocasiones, ya que no quería negar que fuese cierto, se llegaba a abusos inquietantes por parte del personal blanco de vigilancia, había que atribuirlo al hecho deplorable, si bien apenas corregible, de que el clima del Congo provocaba una especie de demencia en las cabezas de algunos blancos que lamentablemente no siempre era posible prevenir a tiempo. Como a Casament no se le podía persuadir con tales argumentos, Leopoldo se valió del privilegio de la influencia real en Londres, lo que tuvo como consecuencia que, con dualidad diplomática, el informe de Casement fuese, por una parte, alabado como ejemplar y se concediera a su autor el título de Commander of the Order of Saint Michael and Saint George, y sin embargo, por otra, no se adoptara ninguna medida que pudiese menoscabar la salvaguardia de los intereses belgas. Cuando Casement, algunos años más tarde –probablemente con la secreta intención de alejar de forma provisoria su molesta persona-, fue enviado a Sudamérica, descubrió allí, en las zonas selváticas de Perú, Colombia y Brasil, condiciones que en muchos aspectos se asemejaban a aquellas del Congo, sólo que no eran sociedades mercantiles belgas las que estaban operando aquí, sino la Amazon Company, cuya administración central tenía su sede en la City londinense. También en Sudamérica se exterminaron en aquel tiempo tribus enteras y regiones enteras quedaron reducidas a cenizas.

W.G. Sebald  (Los anillos de Saturno)

Benedetti



PEQUEÑAS MUERTES

Los sueños son pequeñas muertes
tramoyas anticipos simulacros de muerte
el despertar en cambio nos parece
una resurrección y por las dudas
olvidamos cuanto antes lo soñado

a pesar de sus fuegos sus cavernas
sus orgasmos sus glorias sus espantos
los sueños son pequeñas muertes
por eso cuando llega el despertar
y de inmediato el sueño se hace olvido
tal vez quiera decir que lo que ansiamos
es olvidar la muerte
apenas eso

Mario Benedetti

Otrerías

martes, 21 de junio de 2011

Barney Kessel

En peticiones del oyente y desde un camping de Gerona, Roberto nos pide esta pieza de…Barney Kessel

Ferdydurke / Gombrowicz



“Qué lindos, qué románticos y clásicos son esos asesinatos, violaciones, vaciamientos de ojos, que abundan en la prosa y la poesía; el ajo con chocolate, esto sí que es terrible, no los magníficos y atrayentes crímenes en Shakespeare. No, no me hablen de esos vuestros sufrimientos rimados, mimados, que nunca ofenden el buen gusto y que nos tragamos fácilmente como unas ostras, no me hablen de los bombones de la infamia, del budín de la atrocidad, las pastitas de la miseria, los dulces del dolor y golosinas de la desesperación. ¿Y por qué una autora que pone su dedo heroico en las más sangrientas heridas sociales, describiendo sin temor la muerte por hambre de una familia obrera, compuesta de seis o de diez personas, por qué, pregunto, ella nunca se atrevería a hurgarse el oído en público con el mismo dedo? Porque esto sería mucho más terrible. La muerte por hambre o, durante la guerra, la muerte de un millón de hombres, es algo que se puede tragar y aun con gusto, pero existen siempre en el mundo combinaciones incomibles, vomitables, malas, inarmónicas, repugnantes y repulsivas, ¡ay, diabólicas!, que no aguanta la sensibilidad humana. Y sin embargo nuestro primer deber es gustar a los demás, debemos gustar, gustar…”

Witold Gombrowicz  (Ferdydurke)

Chantal Maillard / Para que algo acontezca...


Para que algo acontezca no basta un accidente,
no es suficiente un muerto,
ni dos, ni dos millones.
Un acontecimiento es un olor que espera
que alguien lo respire,
una herida que aguarda encarnarse,
el agua de un torrente
inundando los poros,
una mirada que cruza el aire
y encuentra a alguien que le hace señas
y en la seña, en ella, se reconoce.
Uno puede negarse al acontecimiento
y convertir su historia en un simple resumen
de lo ocurrido, pasos que no devienen cruce
y se apagan en vida, o se secan.
Uno puede negarse a saberse en el otro,
basta con acercarse a todo con un walkman
conectado a la carne,
enfundado el cerebro en aquella sustancia
impermeable que nos inmuniza,
basta con refugiarse en un desmayo a tiempo,
en el deseo de amar, u ocultarse
en la furia o el número de una cuenta bancaria.
De hecho, lo más frecuente es
que llevemos cosida el alma a su forro
como los trajes nuevos sus bolsillos,
para evitar que se deformen
por el peso.

Chantal Maillard

Otrerías

lunes, 20 de junio de 2011

Clarence Clemons, In memoriam

María Moliner (1900 - 1981)

 

 

 Moliner melancólica

Escribió "el diccionario más completo, más útil, más acucioso y más divertido de la lengua castellana", "más de dos veces más largo que el de la Real Academia y", a mi juicio, "más de dos veces mejor". La opinión es de Gabriel García Márquez, nada menos. Fue él también quien popularizó la imagen de María Moliner (Paniza, Zaragoza, 1900-Madrid, 1981) como un ama de casa que trabajaba en la mesa de la cocina. No era, especifica Inmaculada de la Fuente en esta impecable biografía, la de la cocina, sino la del comedor, porque no tenía otra; en el domicilio madrileño de Moliner había un despacho, pero era, naturalmente, para su marido, catedrático de Física (que apenas lo usaba porque trabajaba en Salamanca). Hija de clase media, pero con muchos apuros económicos (su padre, médico, se fue a Argentina y no volvió, abandonando a la esposa y los tres hijos), María fue un producto típico de la República: educada en la Institución Libre de Enseñanza, formó parte de la primera generación de españolas que pudieron ingresar en la Universidad -ella se licenció en Historia- y participó con entusiasmo en las Misiones Pedagógicas; es la suya la generación del Lyceum Club y la Residencia de Señoritas, la de "las modernas de Madrid": Rosa Chacel, Maruja Mallo, María Teresa León, María Zambrano...


 

Con la victoria franquista de 1939, éstas tomaron el camino del exilio. Moliner, menos comprometida políticamente -era, a la sazón, jefa de la Biblioteca Universitaria de Valencia-, optó por el llamado "exilio interior". El nuevo régimen le aplicó un pliego de cargos demencial, que este libro reproduce en facsímil: se le formula por ejemplo la gravísima acusación de haber formado parte de un tribunal de oposiciones... Retrocedió 18 puestos en el escalafón, y pasó el resto de su vida profesional como archivera y bibliotecaria en puestos que De la Fuente califica con sorna de "mezcla de balneario y pudridero". Paradójicamente, ese arrinconamiento resultaría de lo más fructífero: a los 52 años, con un trabajo rutinario, su marido en Salamanca y sus cuatro hijos ya mayores, Moliner empezó a sentir -escribe ella misma- "la melancolía de las energías no aprovechadas". Se le ocurrió un proyecto a la vez ambicioso y políticamente inofensivo: un "diccionario de uso" al que pensaba dedicar seis meses, y que terminó llenando quince apasionados años de su vida. Que una sola persona, que ni siquiera era filóloga, hiciese un diccionario mejor que el pergeñado por los cuarenta académicos de la RAE tiene bastante gracia. Pero todavía la tiene más el hecho de que los caballeros en cuestión no se dignaran aceptarla en sus filas, cuando ella lo intentó en 1972. "Un asco de misoginia y putrefacción", exclamó Carmen Conde, que unos años después (1978) sería la primera académica. Moliner se quitaba importancia. "Mi biografía es muy escueta, en cuanto que mi único mérito es el Diccionario", escribió, como si el diccionario fuera poca cosa. De la Fuente le ha hecho justicia, con una investigación exhaustiva (que tiene la amabilidad de no infligirnos hasta en sus menores detalles, como hacen algunos biógrafos despiadados) y una prosa ágil y elegante. Aunque también hay que reconocer que María Moliner, autora de una obra colosal, tiene sin embargo una vida discreta, de superficie plana; y ese defecto -desde un punto de vista literario no cabe duda que lo es-, ni la mejor biografía puede salvarlo.



LAURA FREIXAS

Fuente: El País, 16/04/2011

Bolaño




es agradable poder aferrarse a algo
simple y real
como echar a alguien de menos
FRANK O’HARA



Escucho a Barney Kessel
y fumo fumo fumo y tomo té
e intento prepararme unas tostadas
con mantequilla y mermelada
pero descubro que no tengo pan y
ya son las doce y media de la noche
y lo único que hay para comer
es una botella casi llena
con caldo de pollo comprado por la
mañana y cinco huevos y un poco
de moscatel y Barney Kessel toca
la guitarra arrinconado entre la espada y un enchufe abierto
creo que haré consomé y
después me meteré en la cama
a releer “La invención de Morel”
y a pensar en una muchacha rubia
hasta que me quede dormido y
me ponga a soñar.


Roberto Bolaño

Otrerías

domingo, 19 de junio de 2011

19-J: De vez en cuando la vida...





Hoy 19 de junio de 2011 ha sido, por lo que me toca y ya iba siendo hora,  un gran día, un día alegre, un día lleno de emociones, uno de esos días que te revitalizan, que te potencian los deseos y las fuerzas…y que te empujan a salir corriendo a vivir…


Hoy no voy a mentar, porque no me apetece, ni a los fachas del pepé ni a los sinvergüenzas del PSOE ni a los patéticos de izquierda unida, a pesar de las declaraciones del impresentable Ángel Pérez y de los no menos repulsivos de sus compinches de Extremadura…ni a Antoñito y Elvirita, los lindo lindos, con los que me he cruzado en la Plaza de Legazpi, pero ay, ellos no venían a la mani, ellos con su aspecto de intelectuales neoyorquinos, él con su mochilita “casual” en bandolera y ella de zíngara marcando tanga y atusándose su melena, iban al “Matadero”, algún evento de nivel habría…con canapés y todo.



En fin, que estábamos Piluka, mi hijo y yo en la plaza de Legazpi a las 12 en punto. Y allí había más polis que manifestantes. Con el día tan bonito que hacía y aquello no olía demasiado bien. Nos subimos para Atocha, dice Pilar. Vale dice mi hijo. Esperad digo yo, la cita en esta plaza era a las 12,30 y por el puente tienen que aparecer, sean los que sean, los que vienen de Getafe y Villaverde. 29 minutos de espera y la cara de algunos polis con sonrisita socarrona. Y en estas que algo les llegó por el pinganillo y se subieron a las motos y 30 segundos antes se pusieron a cortar el tráfico en la plaza. La cosa fue como una escena de cine. Lo primero que aparece es una ambulancia del Samur, detrás dos ciclistas de la organización avisando a los polis de que ya…


A Pilar casi se le saltan las lágrimas, mi hijo se sorprende y se emociona, yo creo que es un espejismo. Getafe está a 20 kilómetros, Villaverde, El lucero, Usera…vienen miles de personas y ponen sus pies en la plaza a las 12,30 en punto. De los bares y las cafeterías de la plaza empiezan a salir gente con el puño en alto o aplaudiendo. Nos fundimos todos en una columna e iniciamos la subida a la plaza de Atocha. Éramos miles, ¿cúantos? miles, cojones, miles. Piluka, le digo, yo con esto ya me conformo. Miro hacia atrás y solo veo gente, brazos alzados, niños a hombros de sus padres, alguna bandera republicana. Ningún símbolo partidista ni sindical. Pero estos chavales, me pregunto, dónde han aprendido todo esto. Qué poder de convocatoria, qué organización sin ningún odioso servicio de orden, que puntualidad...y en esas aparece un cámara y una periodista de Telemadrid. La gente grita al unísono: ¡Televisión manipulación! Casualmente Pilar esta al lado de la periodista y la oye comentar: “Pues ahora os va a sacar vuestra puta madre! Y se guardó el micro con el logo de “La Esperanza”.




Por fin llegamos a Atocha, el calor es impresionante, la gente que viene de más lejos está completamente agotada y sedienta. ¡Oh, sorpresa! Han vaciado la gran fuente de Atocha, y las cuatro fuentes del prado, y la que hay enfrente del Museo y Neptuno…han secado los oasis…
Y de nuevo estos chavales aparecen…y llevan vasos de plástico y botellas de agua fresca que ofrecen a todo el mundo y aparecen más chavales y chavalas con aspersores de agua regando a todo aquel que lo pida…y ¡jódete Arroyo! Chavalas con cremas para proteger la piel de nivel 30…¿entiendes payaso? Qué coño vas a entender si tú sólo entiendes de pasta, de contratos, de premios amañados y de chollos como el que tienes en Opera, éstos chavales no te van a comprar tus cuadros para los pasillos de los ministerios o los sótanos de cualquier museito de mierda contemporánea…

Y de la llegada a Atocha ni te cuento. Sincronizada. A mano izquierda por el lateral del reina los que venían de Carabanchel, miles, ¿Cuántos? Miles cojones, pero más miles incluso que nuestra columna. Y por la derecha, por la zona de la estación los que llegan del este, Moratalaz…Y cuantos dirás que eran…pues eso. Y por fin llega Carol, mi hija y ya estamos todos, así que hacia delante, a las Cortes…



Pero pasa lo que pasa cuando se junta tanta gente, que hay que bichear, que se acabó la marcha con pancarta desplegada de lado a lado. Mucha, mucha gente…¿cuántos? Pues eso…y bicheando bicheando nos acercamos al Congreso, bueno, a la barrera policial que han colocado para que el pueblo “estorbante” no se acerca a tan digna institución. Y mira tú por donde, aparece el secreta “provocador”. Para empezar todo el mundo grita los eslóganes habituales de “lo que es” y “lo que no es” y lo del exceso de chorizos…pero el menda no, el menda tiene repertorio propio. Y empieza a gritarle a sus “compas” que son unos torturadores…nadie le secunda…yo que estoy a su lado empiezo a mosquearme a lo Gila, pero paso…en estas le comento a una “compi”, sobre el pollo que han montado para que nos quedemos a 150 metros de los leones…y salta el hijoputa que ya debe de estar desesperado de que nadie le haga ni puto caso y me dice en voz alta: ”eso será si nosotros queremos porque podemos saltar las vallas y arrasar con ellos…somos miles”. Y entonces ya no puedo callarme y le contesto: Yo creo que eso es lo que están deseando algunos hijoputas para justificar la consiguiente intervención. Se calla, se aleja unos metros y se pone de nuevo a gritarle a sus compañeros que son unos torturadores…en fin, el sabrá.


Del otro lado de Neptuno hay mucha gente, miles, ¿cuántos? Miles…son los que han llegado de la zona norte y noreste. Estamos agotados y secos. Se imponen unas cañitas, todos los bares a rebosar y todas las bocacalles que dan al Parlamento cerradas con vallas. Han jodido a todos los bares y comercios que hay en esas calles. Los comerciantes de Sol, han pasado una factura de 30 millones de euros (El Corte Inglés no pierde oportunidad) por pérdidas sin que hayan dejado de abrir un solo día. Yo creo que los del barrio de las letras deben haber perdido por lo menos lo mismo, pero claro los de la porra no se yo…



Ha sido una gran demostración de fuerza, de civismo, de no violencia, de lucha, de unidad y sobre todo de organización y representación democrática…las asambleas de los barrios están arraigando, se empieza a evitar desalojos, los actos de rebeldía y resistencia empiezan a ser algo más que palabras…

Estos chavales están demostrando una sabiduría política extraordinaria. Como dice Galeano: “No me importa qué va a pasar, me importa lo que está pasando. Este movimiento es como el amor, infinito mientras dura”.

ELOTRO