miércoles, 31 de agosto de 2011

Casualmente entre la espuma...






“Fisiológicamente el negro sobre fondo amarillo corresponde al contraste máximo. Debo añadir que, además, no fatiga la vista y que evita que lo aplasten a uno en la calle.”

Boris Vian (La Espuma De Los Días)

Boris Vian / La Espuma De Los Días



La Espuma De Los Días

Estaba asombrosamente lustroso…oscilaba entre casi y apunto… Ha cursado estudios de filosofía y no son cosas de las que guste envanecerse en una familia orgullosa de sus tradiciones…una apetitosa mezcolanza…entonces yo le dije “yo también”, y cada vez que yo le decía algo ella contestaba “yo también”…por debajo del amasijo humano se oía un chapoteo… desesperando de encontrar entre la montaña de víctimas otra cosa que pingajos sin interés de individualidades disociadas…Tenía brazos y pantorrillas llenitos, la cintura fina y un busto tan bien dibujado que parecía de foto… ciertas familiaridades solo son admisibles cuando se ha trabajado juntos de guardabarreras…se toma una salchicha, que se desollará por más que grite…Se va a hablar del compromiso. Se establece un paralelo entre el compromiso según las teorías de Jean-Sol Partre, el alistamiento o el reenganche en las tropas coloniales y el compromiso o la contratación a sueldo de las personas que los particulares llaman mozos…el forro de la manga izquierda está un poco desgarrado y yo no tengo cinta aislante…Bueno le pondré un clavo…¿Qué habrá que ver en esta calle?...se acordó entonces de que se marchaba y acabó marchándose…¿sabes que he encontrado una edición de La elección posible antes de la arcada de Partre, en papel higiénico no precortado?...Es bastante más agradable con la mano. Chloé enrojeció…En otro escaparate, un hombre gordo con delantal de carnicero degollaba niños pequeños. Se trataba de un escaparate de propaganda de la Beneficencia…Además, a la Beneficencia le sale gratis…Hueles a bosque, con un arroyo y conejitos…era tan buen chico que se veía cómo sus pensamientos azules y malva se agitaban en las venas de sus manos…A mí lo que me interesa no es la felicidad de todos los hombres, sino la de cada uno de ellos…Isis, sentada delante del espejo, abandonaba dócilmente la cabeza a las hábiles manipulaciones de Alise…mientras seguía con los ojos, con gran interés, el vuelo de un moscardón…se puso colorado, bajó la cabeza, pero alargó la mano…Cogió el dinero y se precipitó dentro de la tienda…Hubo un breve acorde disonante, porque el director de la orquesta, habiéndose acercado demasiado a la baranda, acababa de caer al vacío…colgado de la pared, se veía a Jesús sobre una gran cruz verde. Parecía feliz de haber sido invitado y lo miraba todo con interés…recibían apretones de manos e insultos que supuestamente habrían de atraerles la felicidad. Otros les daban consejos para pasar la noche; un vendedor ambulante les ofreció fotos instructivas…El Monapillo y el Vertiguero desvestían a los Niños de la Fe para colocar los trajes en su sitio, ocupándose éste último especialmente de las niñas…No les caemos bien –dijo Chloé- Vámonos de aquí…Es que ellos trabajan –dijo Colin…Pero eso no es una razón –dijo Chloé…Se les ha inculcado la idea de que trabajar es algo bueno…A un lado de la carretera soplaba viento y al otro no. Podía escogerse el que más gustase…Solo un árbol de cada dos daba sombra y solo en una de las cunetas había ranas…oían los jadeos de los veinticuatro espectadores que se habían colado hasta llegar debajo del estrado y que se estaban desnudando a tientas para ocupar menos sitio…Torcieron por la calle Sidney Bechet y ya habían llegado. Delante del portal, la portera se balanceaba en una mecedora mecánica, cuyo motor petardeaba con ritmo de polca. Era un ingenio viejo…Allí donde los ríos se arrojan al mar se forma una barrera difícil de franquear y grandes remolinos coronados de espuma donde bailan los restos de los náufragos…El doctor se puso en marcha pero en sentido contrario. Parecía poco dueño de sus movimientos…Cuente usted –dijo…Chloé empezó a contar…Así no hacemos nada –dijo el doctor-, después del veintiséis va el veintisiete…Levantó la máquina, oprimió el cárter inferior para hacerla mear y la colgó de un clavo…Caminaba mirándose los pies calzados de cuero marrón rojizo y se asombró al comprobar que un pie trataba de tirar de él hacia un lado y el otro en la dirección opuesta. Reflexionó algunos instantes, trazó mentalmente la bisectriz del ángulo y se lanzó a lo largo de esta línea…parece como si el mundo se achicara alrededor de uno…¿A qué se dedica usted en la vida? –preguntó el profesor. -Aprendo cosas –dijo Colin-. Y amo a Chloé… delante de cada máquina ventruda, se debatía un hombre que luchaba por no ser descuartizado por los ávidos engranajes…Cada obrero tenía fijado en el pie derecho un pesado grillete de hierro que no se abría más que dos veces al día…Yo tengo necesidad de dinero –dijo Colin…-Eso sucede con frecuencia –dijo el hombre-, pero el trabajo le vuelve a uno filósofo…después de todo, desde el punto de vista moral, ¿es recomendable pagar los impuestos que sirven para mantener a la policía y a los altos funcionarios? Es un círculo vicioso que hay que romper; que no pague nadie durante un tiempo suficientemente largo y los funcionarios morirán de consunción y ya no habrá más guerras…Partre pasa los días en una taberna, bebiendo y escribiendo, y sale y entra mucha gente y esto remueve las ideas del fondo y una u otra se pesca, no hay por qué desecar todo lo superfluo, se pone un poquito de ideas y un poquito de superfluo y se diluye…Bajo una viga de hierro retorcida percibió la deslumbrante melena rubia…Las llamas no habían podido devorarla porque era más brillante que ellas. Se la metió en el bolsillo de dentro y salió…Se puso a cantar en voz alta para acompañar la marcha y de repente se detuvo porque los ecos le devolvían palabras destrozadas y amenazadoras que cantaban una melodía diametralmente opuesta a la suya…Le enviaban una lista y él anunciaba las desgracias un día antes de que sucedieran…Sin cesar le echaban fuera, con golpes, gritos, lágrimas, insultos…le pagaban por ese trabajo…Buscó en la lista el nombre siguiente y vio que era el suyo…Arrojó entonces la gorra y marchó por la calle y su corazón era de plomo, porque sabía que, al día siguiente, Chloé moriría…Colin estaba postrado de rodillas. Tenía el rostro entre las manos. Las piedras hacían un ruido seco al caer, y el Vertiguero, el Monapillo y los dos mozos se cogieron de las manos y dieron una vuelta alrededor de la fosa; luego, de repente, se marcharon hacia el sendero y desaparecieron bailando la farandola…Llegaban, cantando, once niñas ciegas del orfanato de Julio el Apostólico.

Boris Vian   (La Espuma De Los Dias)

martes, 30 de agosto de 2011

Natalia Ginzburg / Las pequeñas virtudes

 

 

 

Invierno en Abruzos

Deus nobis haec otia fecit.


En Abruzos hay sólo dos estaciones: el verano y el invierno. La primavera es nevosa y ventosa como el invierno, y el otoño es caliente y límpido como el verano. El verano empieza en junio y termina en noviembre. Se van las largas jornadas de sol sobre las colinas bajas y quemadas, el polvo amarillo de la carretera y la disentería de los niños, y comienza el invierno. La gente, entonces, deja de vivir en las calles, desaparecen de las escalinatas de la iglesia los niños descalzos. En el pueblo del que hablo, casi todos los hombres se marchaban tras las últimas cosechas: se iban a trabajar a Terni, a Sulmona, a Roma. Era un pueblo de albañiles: algunas casas estaban construidas con gracia, tenían terrazas y columnitas como pequeñas villas, y sorprendía encontrar en ellas, al entrar, grandes cocinas oscuras con los jamones colgados y amplias alcobas pálidas y vacías. En las cocinas, el fuego estaba encendido, pero había varias clases de fuegos: grandes fuegos con leños de encina; fuegos de ramas y hojas; y fuegos de gamonitos recogidos uno a uno del suelo. Era fácil distinguir a los pobres y a los ricos mirando el fuego que encendían; más fácil que mirando las casas y a la gente, sus ropas y zapatos, que eran más o menos iguales todos.



Cuando llegué al pueblo del que hablo, al principio las caras me parecían iguales, todas las mujeres se parecían, ricas y pobres, jóvenes y viejas. Casi todas tenían la boca desdentada: allí las mujeres pierden los dientes a los treinta años a causa de las fatigas y la mala alimentación, del desgaste de los partos y de las lactancias, que se suceden sin tregua. Pero, poco a poco, comencé a distinguir a Vincenzina de Secondina, a Annunziata de Addolorata, y comencé a entrar en todas las casas para calentarme con aquellos fuegos diversos.
Cuando empezaba a caer la primera nieve, una lenta tristeza se apoderaba de nosotros. Nos sentíamos como exiliados: nuestra ciudad estaba lejos, y lejos, los libros, los amigos, las vicisitudes varias y cambiantes de una verdadera existencia. Encendíamos nuestra estufa verde, con su largo tubo que atravesaba el techo, y nos reuníamos todos en la habitación de la estufa, y allí se cocinaba y se comía, mi marido escribía sobre la gran mesa oval, los niños esparcían juguetes por el pavimento. En el techo de la habitación había pintada un águila: yo miraba el águila y pensaba que aquello era el exilio. El exilio era el águila, era la estufa verde que zumbaba, era el vasto y silencioso campo y la nieve inmóvil. A las nueve tocaban las campanas de la iglesia de Santa María, y las mujeres acudían para la bendición, con sus chales negros y la cara roja. Todas las noches mi marido y yo nos dábamos un paseo: todas las noches caminábamos del brazo, hundiendo los pies en la nieve. Las casas que bordeaban la carretera estaban habitadas por gente conocida y amiga, y todos salían a la puerta y nos decían: «¡Vayan con Dios!» A veces, alguno preguntaba: «Pero ¿cuándo vuelven a su casa?» Mi marido decía: «Cuando termine la guerra». «¿Y cuándo terminará esta guerra? Usted que sabe tanto y que es profesor, ¿cuándo terminará?»…

Natalia Ginzburg   (Las pequeñas virtudes)

Quevedo / A la edad de las mujeres



A LA EDAD DE LAS MUJERES

De quince a veinte es niña; buena moza
de veinte a veinticinco, y por la cuenta
gentil mujer de veinticinco a treinta.
¡Dichoso aquel que en tal edad la goza!

De treinta a treinta y cinco no alboroza;
mas puédese comer con sal pimienta;
pero de treinta y cinco hasta cuarenta
anda en vísperas ya de una coroza.

A los cuarenta y cinco es bachillera,
ganguea, pide y juega del vocablo;
cumplidos los cincuenta, da en santera,

y a los cincuenta y cinco echa el retablo.
Niña, moza, mujer, vieja, hechicera,
bruja y santera, se la lleva el diablo.

Francisco de Quevedo.

lunes, 29 de agosto de 2011

Gustav Janouch



"No sabe usted cuánta fuerza hay oculta en el silencio. La agresión solo es un artificio, una maniobra con la que normalmente no queremos más que disimular nuestra debilidad ante nosotros mismos y ante el mundo. La fuerza duradera de verdad sólo está en quien resiste. Solo el débil se vuelve intransigente y grosero, y normalmente expulsa con su actitud toda su dignidad humana."

Gustav Janouch

Tomado del Blog de Fernanda Trías

Vallejo, César




“La esfera terrestre del amor
que rezagóse abajo, da vuelta
y vuelta sin parar segundo,
y nosotros estamos condenados a sufrir
como un centro su girar.”

César Vallejo

domingo, 28 de agosto de 2011

Dickinson, Emily





Salí temprano –llevé mi perro-
visité el mar-
las sirenas del sótano
subieron para verme-

y las fragatas –del piso alto
tendieron sus redes de cáñamo-
creyendo que yo era una laucha-
encallada –en la arena-

ningún hombre me conmovió –hasta que la marea
cubrió mis inocentes zapatos,
llegó hasta mi delantal –hasta mi cinturón,
traspasó mi corpiño-

fingió que iba a devorarme-
totalmente, como el rocío
sobre un macizo de verbenas-
entonces –yo también me volví-

y él, él –me siguió- de cerca-
sentí su tacón de plata
contra mi tobillo –luego mis zapatos
desbordaron de perlas-

hasta que llegamos al pueblo en tierra firme-
parecía no conocer a nadie-
e inclinándose –me miró intensamente-
el mar –se retiró-

Emily Dickinson

Pessoa / Libro del desasosiego



474.

UN DÍA

En vez de comer –necesidad que tengo de que me suceda cada día- fui a ver el Tajo, y volví a vagabundear por las calles sin llegar ni siquiera a suponer que me pareció útil para el alma verlo. Así y todo…

Vivir no vale la pena. Sólo mirar vale la pena. Poder mirar sin ver sería la felicidad, pero eso es imposible, como acostumbra a ser cuanto soñamos. ¡El éxtasis que no incluyera la vida!...

¡Crear al menos un pesimismo nuevo, una nueva negación, para que tuviéramos la ilusión de que algo de nosotros, aunque fuera para mal, quedaba!

Fernando Pessoa  (Libro del desasosiego)

***

sábado, 27 de agosto de 2011

La espuma de los días, Boris Vian, Duke Ellington...

Chile: La policía mata a un estudiante de 14 años...




El adolescente de 14 años fue identificado por sus vecinos como Manuel Gutiérrez Reinoso. El menor fue impactado por una bala disparada desde un grupo de Carabineros, que se dirigía hacia uno de los focos de las protestas.


Mario Parraguez Pinto, de 18 años, recibió un disparo en un ojo mientras participaba de una barricada en el norte de Santiago. El proyectil entró hasta su cerebro, dejándolo con riesgo vital.

***

Debo echar mi suerte con quienes,
siglo tras siglo, con astucia,
sin poder extraordinario alguno,
rehacen el mundo.

ADRIENNE RICH  / Recursos naturales

(Traducción de Miriam Díaz-Diocaretz)

“Reproduzca esta información, hágala circular por los medios a su alcance: a mano, a máquina, a mimeógrafo, oralmente. Mande copias a sus amigos: nueve de cada diez las estarán esperando. Millones quieren ser informados. El terror se basa en la incomunicación. Rompa el aislamiento. Vuelva a sentir la satisfacción moral de un acto de libertad. Derrote el terror. Haga circular esta información”.

Rodolfo Walsh

viernes, 26 de agosto de 2011

El "sprinter" sigue en Rubalcalandia...



Última Hora:

Ante los rumores insidiosos que pretenden manchar la figura del “candidato”, ha de saberse, en los cuatro puntos cardinales de la España, una, grande y libre, y en todas sus autonomías insolventes, que, el señor Rubalcaba no ha dado su visto bueno a la reforma de la, hasta ahora, irreformable Constitución de Ejpaña, hasta que el dúo de pinchaúvas formado por Merkel y Sarkozy no le han demostrado, con pelos y señales, que la orden viene de arriba, es decir, de los dueños del Botín. Que conste.


(De nuestro corresponsal al otro lado del espejo, ¿vale?)

jueves, 25 de agosto de 2011

W. H. Auden



" Breve defensa de la poesía "

Intervención de W. H. Auden en una mesa redonda que organizó el PEN Club en Budapest, octubre de 1967.
(…)
La poesía es lenguaje en el más personal, el más íntimo de los diálogos. Un poema sólo tiene vida cuando un lector responde a las palabras que el poeta escribió.
La propaganda es un monólogo que no busca una respuesta sino un eco. Hacer esta distinción no es condenar a toda propaganda como tal. La propaganda es una necesidad de la vida social humana. Pero no distinguir la diferencia entre poesía y propaganda les hace a las dos un daño indecible: la poesía pierde su valor y la propaganda su eficacia.

En formas más primitivas de organización social, por ejemplo en las sociedades tribales o campesinas, a la índole personal del lenguaje poético la oscurece el hecho de que la sociedad y la comunidad más o menos coinciden. Todos se ocupan del mismo tipo de actividad económica, todos conocen a los demás personalmente y más o menos comparten los mismos intereses. Más aún, en una sociedad primitiva, la poesía, el lenguaje de la revelación personal, no se ha separado de lo mágico, del intento por controlar las fuerzas naturales mediante la manipulación verbal. Por otra parte, hasta la invención de la escritura, el hecho de que el verso es mas fácil de recordar que la prosa da al primero un valor de utilidad social no poético, como mnemotecnia para transmitir conocimientos esenciales de una generación a otra.
Donde quiera que haya un mal social verdadero, la poesía, o cualquier arte para el caso, es inútil como arma. Aparte de la acción política directa, la única arma es el informe de hechos: fotografías, estadísticas, testimonios.

(…)
En una sociedad opulenta como Estados Unidos, las regalías dejan bien claro al poeta que la poesía no es popular entre los lectores. Para cualquiera que trabaje en este medio, creo que esto debía ser más un motivo de orgullo que de vergüenza. El público lector ha aprendido a consumir incluso la mejor narrativa como si fuera sopa. Ha aprendido a mal emplear incluso la mejor música, al usarla de fondo para el estudio o la conversación. Los ejecutivos empresariales pueden comprar buenos cuadros y colgarlos en sus paredes como trofeos de estatus. Los turistas pueden "hacer" la gran arquitectura en un tour guiado de una hora. Pero gracias a Dios la poesía aún es difícil de digerir para el público; todavía tiene que ser "leída", esto es, hay que llegar a ella por un encuentro personal, o ignorarla. Por penoso que sea tener un puñado de lectores, por lo menos el poeta sabe algo sobre ellos: que tienen una relación personal con su obra. Y esto es más de lo que cualquier novelista de bestsellers podría reclamar para sí.
W. H. Auden

(Traducción de Delia Juárez)
 

miércoles, 24 de agosto de 2011

Bertolt Brecht / Parábola de Buda...




Parábola de Buda sobre la casa en llamas


Gautama, el Buda, enseñaba
la doctrina de la Rueda de los Deseos, a la que estamos
     sujetos, y nos aconsejaba
liberarnos de todos los deseos para así,
ya sin pasiones, hundirnos en la Nada, a la que llamaba
     Nirvana.
Un día sus discípulos le preguntaron:
“¿Cómo es esa Nada, Maestro? Todos quisiéramos
liberarnos de nuestros apetitos, según aconsejas, pero
     explícanos
si esa Nada en la que entraremos
es algo semejante a esa fusión con todo lo creado
que se siente cuando, al mediodía, yace el cuerpo en el
     agua,
casi sin pensamientos, indolentemente; o si es como cuando,
apenas ya sin conciencia para cubrirnos con la manta,
nos hundimos de pronto en el sueño; dinos, pues, si se trata
de una Nada buena y alegre o si esa Nada tuya
no es sino una Nada fría, vacía, sin sentido.”
Buda calló largo rato. Luego dijo con indiferencia:
“Ninguna respuesta hay para vuestra pregunta.”
Pero a la noche, cuando se hubieron ido,
Buda, sentado todavía bajo el arbol del pan, a los que no le
     habían preguntado
les narró la siguiente parábola:
“No hace mucho vi una casa que ardía. Su techo
era ya pasto de las llamas. Al acercarme advertí
que aún había gente en su interior. Fui a la puerta y les grité
que el techo estaba ardiendo, incitándoles
a que salieran rápidamente. Pero aquella gente
no parecía tener prisa. Uno me preguntó,
mientras el fuego le chamuscaba las cejas,
qué tiempo hacía fuera, si llovía,
si no hacía viento, si existía otra casa,
y otras cosas parecidas. Sin responder,
volví a salir. Esta gente, pensé,
tiene que arder antes que acabe con sus preguntas.
     Verdaderamente, amigos,
a quien el suelo no le queme en los pies hasta el punto de
     desear gustosamente
cambiarse de sitio, nada tengo que decirle.” Así hablaba
     Gautama, el Buda.
Pero tambien nosotros, que ya no cultivamos el arte de la
     paciencia
sino, más bien, el arte de la impaciencia;
nosotros, que con consejos de carácter bien terreno
incitamos al hombre a sacudirse sus tormentos; nosotros
     pensamos, asimismo, que a quienes,
viendo acercarse ya las escuadrillas de bombarderos del
     capitalismo
aún siguen preguntando cómo solucionaremos tal o cual
     cosa
y qué será de sus huchas y de sus pantalones domingueros
     después de una revolución,
a ésos poco tenemos que decirles.

Bertolt Brecht
(Del libro Historias de almanaque, 1939)

Genet, Sartre, Camus...



“Genet conoció todas las maldiciones sociales: bastardía, orfanato, delincuencia, prisión, homosexualidad… Genet vivió todas las maldiciones sociales, asumiéndolas hasta el final. Pero las asumió y transformó, produciendo, en última instancia, una obra de arte. Traspasó todos los márgenes de la sociedad, impermeable a sus normas, más allá de todos los escupitajos, de todas las sanciones, más allá también de toda gratificación, de todo reconocimiento: ser totalmente independiente, alguien para quien las situaciones de anomia social no tienen ninguna influencia; ser totalmente autónomo, creador de su propia escala de valores, de su propio universo, (…)
San Genet, comediante y mártir, será pues un doble sartriano, pero un doble bien logrado, cuya vida es una obra de arte: estética de la provocación, de la sublimación, estética de la más rigurosa asociabilidad, en el vaivén supremo entre humillación y desafío, entre estigmatización y omnipotencia. Entre la sociedad y este tipo de individuo, temible brazo de hierro, Genet salió íntegramente triunfante y completamente indiferente.”
Annie Cohen-Solal  (Sartre)


Toda verdad, dice Hegel, es un proceso de llegar a ser. Se olvida demasiado a menudo, se ve el final, no el itinerario, se toma la idea como un producto acabado sin percibir que no es sino su lenta maduración, una sucesión de necesarios errores que se corrigen, de visiones parciales que se completan y se ensanchan.
Jean Paul Sartre


El mundo está sumido en la infelicidad y los inquisidores se sientan en los sillones ministeriales.
*
Más vale equivocarse sin matar a nadie que tener razón ante un montón de cadáveres.

Albert Camus


***

martes, 23 de agosto de 2011

Amy Hempel, Aldous Huxley...




“Estamos en peligro de sacrificar la calidad de lectura a la cantidad, en peligro de leer demasiado y demasiado rápido para estar en posición de juzgar lo que leemos”.

 “La existencia de este gigantesco corpus de conocimientos moderno es la causa de que mentes curiosas se vean arrastradas por infinitas distracciones”.

Aldous Huxley



Cuando el naturalista alemán Alexander von Humboldt le dijo a un amigo, un doctor parisiense, que quería conocer a un verdadero lunático, éste lo invitó a cenar. Días después, Humboldt se encontraba ante la mesa entre dos hombres. Uno era cortés, algo reservado y no entraba en conversaciones ligeras. El otro vestía ropa pobremente combinada, parloteaba a sus anchas acerca de cualquier pendejada, gesticulaba salvajemente, hacía caras horribles. Al final de la cena, Humboldt se dirigió a su anfitrión. “Me gusta su lunático”, le susurró señalando al hombre parlanchín. El anfitrión frunció el ceño. “Pero el lunático es el otro; el hombre que usted está señalando es monsieur Honoré de Balzac”.

Anónimo*

(*No recuerdo de dónde tomé este texto)




“Hay momentos en que los lobos callan
y momentos en que la luna aúlla”

Amy Hempel

lunes, 22 de agosto de 2011

Paolo Uccello / Marcel Schwob




PAOLO UCELLO
Pintor

Su verdadero nombre era Paolo di Dono; pero los florentinos lo llamaron Uccelli, es decir, Pablo Pájaros, debido a la gran cantidad de figuras de pájaros y animales pintados que llenaban su casa; porque era muy pobre para alimentar animales o para conseguir aquellos que no conocía. Hasta se dice que en Padua pintó un fresco de los cuatro elementos en el cual dio como atributo del aire, la imagen del camaleón.
Pero no había visto nunca ninguno, de modo que representó un camello panzón que tiene la trompa muy abierta. (Ahora bien; el camaleón explica Vasari, es parecido a un pequeño lagarto seco, y el camello, en cambio, es un gran animal descoyuntado). Claro, a Ucello no le importaba nada la realidad de las cosas, sino su multiplicidad y lo infinito de las líneas; de modo que pintó campos azules y ciudades rojas y caballeros vestidos con armaduras negras en caballos de ébano que tienen llamas en la boca y lanzas dirigidas como rayos de luz a todos los puntos del cielo. Y acostumbraba dibujar mazocchi, que son círculos de madera cubiertos de un paño que se colocan en la cabeza, de manera que los pliegues de la tela que cuelga enmarquen todo el rostro. Uccello los pintó puntiagudos, otros cuadrados, otros con facetas con forma de pirámides y de conos, según todas las apariencias de la perspectiva, y tanto más cuanto que encontraba un mundo de combinaciones en los repliegues del mazocchio. Y el escultor Donatello le decía: “¡Ah, Paolo, desdeñas la sustancia por la sombra!”.



Pero el Pájaro continuaba su obra paciente y agrupaba los círculos y dividía los ángulos, y examinaba a todas las circunstancias bajo todos sus aspectos, e iba a pedir la interpretación de los problemas de Euclides a su amigo el matemático Giovanni Manetti; luego se encerraba y cubría sus pergaminos y sus tablas con puntos y curvas. Se consagró perpetuamente al estudio de la arquitectura, en lo cual se hizo ayudar por Filippo Brunelleschi; pero no lo hacía con la intención de construir. Se limitaba a observar la dirección de las líneas, desde los cimientos hasta las cornisas, y la convergencia de las rectas en sus intersecciones, y cómo las bóvedas cerraban en sus claves, y la reducción en abanico de las vigas del techo que parecía unirse en la extremidad de las largas salas. Representaba también todos los animales y sus movimientos y los gestos de los hombres con el propósito de reducirlos a líneas simples.






Después, a semejanza del alquimista que se inclinaba sobre las mezclas de metales y órganos y que escudriñaba su fusión en el hornillo en busca de oro, Uccello volcaba todas las formas en el crisol de las formas. Las reunía, las combinaba y las fundía, con el propósito de obtener su transmutación en la forma simple de la cual dependen todas las otras. Fue por esto que Paolo Uccello vivió como un alquimista en el fondo de su pequeña casa. Creyó que podría convertir todas las líneas en un solo aspecto ideal. Quiso concebir el universo creado tal como se reflejaba en el ojo de Dios, que ve surgir todas las figuras de un centro complejo. Alrededor de él vivían Ghiberti, della Robbia, Brunelleschi, Donatello, cada uno de ellos orgulloso y dueño de su arte, burlándose del pobre Uccello y de su locura por la perspectiva, apiadándose de su casa llena de arañas, vacía de provisiones.
Pero Uccello estaba más orgulloso todavía. Con cada nueva combinación de líneas esperaba haber descubierto el modo de crear. La imitación no era la finalidad que se había fijado, sino el poder de desarrollar soberanamente todas las cosas, y la extraña serie de capuchas con pliegues le parecía más reveladora que las magníficas figuras de mármol del gran Donatello.



Así vivía el Pájaro y su cabeza pensativa estaba envuelta en su capa; y no se fijaba en lo que comía ni en lo que bebía y se parecía por entero a un ermitaño. Y sucedió que en un prado, junto a un círculo de viejas piedras hundidas entre la hierba, vio un día a una muchacha que reía, con la cabeza ceñida por una guirnalda. Llevaba un largo vestido delicado, sostenido en la cintura por una cinta descolorida, y sus movimientos eran elásticos como los tallos que doblaba. Su nombre era Selvaggia y le sonrió a Uccello. Él notó la inflexión de su sonrisa. Y cuando ella lo miró, vio todas las pequeñas líneas de sus pestañas y los círculos de sus pupilas y la curva de sus párpados y los entrelazamientos sutiles de sus cabellos y en su mente hizo adoptar a la guirnalda que ceñía su frente una multitud de posiciones. Pero Selvaggia no supo nada de eso, porque tenía solamente trece años. Ella tomó a Uccello de la mano y lo amó. Era la hija de un tintorero de Florencia y su madre había muerto. Otra mujer había ido a la casa y había pegado a Selvaggia. Uccello la llevó a la suya.
Selvaggia permanecía en cuclillas todo el día frente a la muralla en la cual Uccello trazaba las formas universales. Jamás comprendió por qué prefería contemplar líneas derechas y líneas arqueadas a mirar la tierna figura que se tendía hacia él. A la noche, cuando Brunelleschi o Manetti iban a estudiar con Uccello, ella se dormía, después de medianoche, al pie de las rectas entrecruzadas, en el círculo de sombra que se extendía bajo la lámpara. A la mañana, se despertaba antes que Uccello y se alegraba porque estaba rodeada por pájaros pintados y animales de color.




Uccello dibujó sus labios y sus ojos y sus cabellos y sus manos y fijó todas las actitudes de su cuerpo; pero no hizo su retrato, como hacían los otros pintores que amaban a una mujer. Porque el Pájaro no conocía la alegría de limitarse a un individuo; no permanecía nunca en el mismo lugar; quería planear, en su vuelo, por encima de todos los lugares.
Y las formas de las actitudes de Selvaggia fueron arrojadas al crisol de las formas, con todos los movimientos de los animales y las líneas de las plantas y de las piedras y los rayos de la luz y las ondulaciones de los vapores terrestres y de las olas del mar. Y sin acordarse de Selvaggia, Uccello parecía permanecer eternamente inclinado sobre el crisol de las formas.
A todo esto no había nada que comer en la casa de Uccello. Selvaggia no se atrevía a decírselo a Donatello ni a los otros. Calló y murió. Uccello representó la rigidez de su cuerpo y la unión de sus pequeñas manos flacas y la línea de sus pobres ojos cerrados. No supo que estaba muerta, así como no había sabido que estaba viva. Pero arrojó sus nuevas formas entre todas aquellas que había reunido.




El Pájaro se hizo viejo y nadie comprendía más sus cuadros. No se veía en ellos sino una confusión de curvas. Ya no se reconocía ni  la tierra, ni las plantas, ni los animales, ni los hombres. Hacía largos años que trabajaba en su obra suprema, que ocultaba a los ojos de todos. Debía abarcar todas sus búsquedas y ser, en su concepción, la imagen de ellas.
Era Santo Tomás incrédulo, palpando la llaga de Cristo. Uccello terninó su cuadro a los ochenta años. Llamó a Donatello y lo descubrió piadosamente ante él. Y Donatello exclamó: “¡Oh, Paolo, cubre tu cuadro!”. El Pájaro interrogó al gran escultor, pero éste no quiso decir nada más. De modo que Uccello supo que había consumado el milagro. Pero Donatello no había visto sino una madeja de líneas.
Y algunos años más tarde se encontró a Paolo Uccello muerto de agotamiento en su camastro. Su rostro estaba radiante de arrugas. Sus ojos estaban fijos en el misterio revelado. Tenía en su mano, estrictamente cerrada, un pequeño pergamino lleno de entrelazamientos que iban del centro a la circunferencia y que volvían de la circunferencia al centro.

Marcel Schwob


***

domingo, 21 de agosto de 2011

Pussykatten / Nicanor Parra





PUSSYKATTEN

Este gato se está poniendo viejo

Hacen algunos meses
Hasta su propia sombra
Le parecía algo sobrenatural

Sus mostachos eléctricos
                                           lo detectaban todo:
Escarabajo,
                    mosca,
                                  matapiojo,
Todo tenía para él un valor específico.

Ahora se lo pasa
Acurrucado cerca del brasero.

Que el perro lo olfatee
O que las ratas le muerdan la cola
Son hechos que para él no tienen ninguna importancia.

El mundo pasa sin pena ni gloria
A través de sus ojos entornados.

¿Sabiduría?
                      ¿misticismo?
                                              ¿nirvana?
Seguramente las tres cosas juntas
Y sobre todo
                     tiempotranscurrido.

El espinazo blanco de ceniza
Nos indica que él es un gato
Que se sitúa más allá del bien y del mal.

NICANOR PARRA


***

Citas





"Quiero estar lo más cerca posible del borde que pueda. En la orilla se ven todas las cosas que no se pueden ver desde el centro."
Kurt Vonnegut



Lo que demuestra la historia es que si pretendes imponer tu verdad, tienes que ilegalizar  a todos los hechos que la refutan y disiparlos sin contemplaciones.
ELOTRO



"Seguir la luz de la luna interior, no ocultar la locura."
Allen Ginsberg




Se ha escrito mucho del recuerdo; pero falta escribir del olvido.
Pere Gimferrer



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sábado, 20 de agosto de 2011

Otrerías


Marcel Schwob / Vidas imaginarias





“El arte es lo contrario de las ideas generales, describe sólo lo individual, no desea sino lo único. No clasifica, desclasifica. (…)
…tres líneas que se cortan forman un triángulo en todos los puntos del universo. Pero mírese una hoja de árbol, sus nervaduras caprichosas, sus tintes que varían con la sombra y el sol, la protuberancia que ha levantado en ella la caída de una gota de lluvia, la picadura que le dejó un insecto, el rastro plateado del pequeño caracol, el primer dorado mortal que le imprimió el otoño; búsquese una hoja exactamente igual en todos los grandes bosques de la tierra; lanzo el desafío. No hay ciencia del tegumento de un foliolo, de los filamentos de una célula, de la manía de una costumbre, de los arranques de un carácter. Que un hombre haya tenido la nariz torcida, un ojo más arriba que otro, la articulación del brazo nudosa; que haya acostumbrado comer pechuga de pollo a una hora determinada, que haya preferido el Malvoisie al Chateau-Margaux, eso es lo que no tiene paralelo en el mundo.”

Marcel Schwob  (Vidas imaginarias)


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