sábado, 21 de enero de 2012

LEWIS CARROLL / Gilles Deleuze








Todo empieza en Lewis Carroll con un combate horrible. Se trata del combate de las profundidades: hay cosas que estallan o nos hacen estallar, cajas que son demasiado pequeñas para su contenido, alimentos tóxicos o venenosos, tripas que se alargan, monstruos que nos engullen. Un hermano pequeño utiliza a su hermano pequeño como cebo. Los cuerpos se mezclan, todo se mezcla en una especie de canibalismo que junta el alimento y el excremento. Hasta las palabras se comen. Es el ámbito de la acción y de la pasión de los cuerpos: cosas y palabras se dispersan en todos los sentidos o por el contrario se sueldan en bloques indescomponibles. Todo es horrible en el fondo, todo es sinsentido. Alicia en el país de las maravillas debería para empezar llamarse Las aventuras subterráneas de Alicia.





¿Pero por qué Carroll no utiliza ese título? Pues porque Alicia conquista progresivamente las superficies. Emerge o vuelve a subir a la superficie. Crea superficies. Los movimientos de hundimiento y de enterramiento dejan paso a ligeros movimientos laterales de deslizamiento; los animales de las profundidades se vuelven figuras de naipes sin espesor. A mayor abundamiento, Del otro lado del espejo toma posesión de la superficie de un espejo, instituye la de un tablero de ajedrez. Puros acontecimientos escapan de los estados de cosas. Uno ya no se hunde hasta el fondo, sino que acaba pasando al otro lado a fuerza de deslizarse, haciendo como los zurdos e invirtiendo el derecho y el revés. La bolsa de Fortunatus que describe Carroll es la banda de Moebius en la que una misma recta recorre ambos lados. Las matemáticas son buenas porque instauran superficies, y pacifican un mundo cuyas mezclas en el fondo serían terribles: Carroll matemático, o bien Carroll fotógrafo. Pero el mundo de las profundidades todavía ruge bajo la superficie, y amenaza con reventarla: incluso extendidos, desplegados, los monstruos nos obsesionan.





La tercera gran novela de Carroll, Silvia y Bruno, lleva a cabo otro progreso más. Diríase que la antigua profundidad se ha allanado a sí misma, se ha covertido en una superficie al lado de la otra superficie. Dos superficies coexisten pues, en las que se escriben dos historias contiguas, una mayor y la otra menor; una en modo mayor y la otra en menor. No una historia dentro de la otra, sino al lado de la otra. Silvia y Bruno es sin duda el primer libro que cuenta dos historias a la vez, no una dentro de la otra, sino dos historias contiguas, con pasos de una a otra establecidos constantemente, aprovechando un fragmento de frase común a ambas, o bien el estribillo de una canción admirable que reparte los elementos propios de cada historia en la misma medida a que están determinados por ellos: la canción del jardinero loco. Carroll pregunta: ¿es la canción la que determina los acontecimientos, o los acontecimientos determinan la canción? Con Silvia y Bruno Carroll hace libro-rollo, como los cuadros-rollo japoneses. (Para Eisenstein, el cuadro-rollo constituía el auténtico precursor del montaje cinematográfico y lo describía así: “¡La cinta del rollo se enrolla formando un rectángulo! Ya no se trata de que sea el soporte el que se enrolle sobre sí mismo; es lo que está representado en él lo que se enrolla sobre su superficie.”) Las dos historias simultáneas de Silvia y Bruno forman el punto final de la trilogía de Carroll, tan obra maestra como las demás.
No se trata de que la superficie tenga menos absurdo que la profundidad. Pero no se trata del mismo absurdo. El de la superficie es como el “Brillo” de los acontecimientos puros, entidades que nunca acaban de llegar o retirarse. Los acontecimientos puros y sin mezcla brillan por encima de los cuerpos mezclados, por encima de sus acciones y de sus pasiones enmarañadas. Como un vapor de la tierra, exhalan en la superficie un incorpóreo, un puro “expresado” de las profundidades: no la espada, sino el destello de la espada, el destello sin espada como la sonrisa del gato. Es propio de Carroll haber hecho que nada pase por el sentido, sino haberlo apostado todo al sinsentido, puesto que la diversidad de los sinsentidos basta para dar cuenta del universo entero, de sus terrores así como de sus glorias: la profundidad, la superficie, el volumen o la superficie enrollada.



Gilles Deleuze



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