miércoles, 25 de enero de 2012

Ostras / A. Chéjov







No necesito forzar mucho mi memoria para recordar, en cada detalle, la tarde lluviosa de otoño cuando permanecí de pie con mi padre en una de las más frecuentadas calles de Moscú, y sentí que estaba siendo gradualmente asaltado por una extraña enfermedad. No tenía dolor alguno, pero mis piernas me flaqueaban, las palabras se me atascaban en la garganta, mi cabeza se ladeaba débilmente a un lado... Parecía como si, en un momento, fuera a caerme y perder la consciencia.

Si hubiera sido llevado al hospital en ese minuto, los doctores tendrían que haber escrito sobre mi cama: "Fames" ["hambriento", del latín, nota del traductor], una enfermedad que no está en los manuales de medicina.

Frente a mí en la acera estaba de pie mi padre con una gastada chaqueta de verano y una gorra de sarga, de la cual asomaba un pedazo de forro. En sus pies llevaba unas grandes y pesadas botas impermeables. Temiendo, hombre vanidoso, que la gente pudiera ver que sus pies estaban desnudos bajo sus botas impermeables, había colocado la parte alta de algunas viejas botas alrededor de las pantorrilas de sus piernas.

Esta pobre, tonta, extraña criatura, a la que yo amaba más cálidamente cuanto más gastada y sucia se hacía su atractiva chaqueta de verano, había venido a Moscú, cinco meses antes, para buscar un trabajo como escribano. Durante esos cinco meses había estado cansándose de andar por Moscú en busca de trabajo, y fue sólo en aquel día que se había persuadido a sí mismo a ir a la calle a pedir limosna.

Ante nosotros había una gran casa de tres plantas, adornada con un cartel azul con la palabra "Restaurante" en ella. Mi cabeza se me estaba cayendo floja hacia atrás y a un lado, y no pude resistir mirar hacia arriba a las ventanas iluminadas del restaurante. Figuras humanas estaban moviéndose en las ventanas. Pude ver la parte derecha del organillo, dos cuadros, lámparas colgantes... Mirando dentro de una ventana, vi un trozo de blanco. El trozo estaba inmóvil, y sus contornos rectangulares se destacaban abiertamente frente al oscuro, marrón fondo. Miré intencionadamente y llegué a ver del trozo un letrero blanco sobre la pared. Había algo escrito en él, pero lo que era, no lo podía ver...

Durante media hora fijé mis ojos en el letrero. Su blanco atraía mis ojos, y, como así parecía, hipnotizó mi cerebro. Intenté leerlo, pero mis esfuerzos fueron en vano.





Al final la extraña enfermedad me ganó la mano.

El estruendo de los carruajes empezó a parecer como un trueno, en el hedor de la calle distinguí mil olores. Las luces y las lámparas del restaurante deslumbraron mis ojos como relámpagos. Mis cinco sentidos estaban fatigados y sensitivos más allá de lo normal. Empecé a ver lo que no había visto antes.

"Ostras..." Leí en el letrero.

¡Una palabra extraña! Había vivido en el mundo ocho años y tres meses, pero nunca me había encontrado con aquella palabra. ¿Qué significaba? ¿Seguramente no sería el nombre del dueño del restaurante? ¡Pero letreros con nombres en ellos siempre colgaban fuera, no en las paredes interiores!

-Papá, ¿qué significa "ostras"? -pregunté con una voz ronca, haciendo un esfuerzo por girar mi cabeza hacia mi padre.

Mi padre no lo oyó. Estaba atento a los movimientos de la multitud, y siguiendo a cada uno de los que pasaban con sus ojos... En sus ojos vi que quería decir algo a los que pasaban, pero la palabra fatal colgaba como un pesado peso en sus temblorosos labios y no podía ser lanzada. Incluso dio un paso tras uno que pasaba y le tocó en la manga de la camisa, pero cuando se volvió, dijo: "Le pido disculpas", fue asaltado por la confusión, y se tambaleó hacia atrás.

-Papá, ¿qué significa "ostras"? -repetí.

-Es un animal... que vive en el mar.

Al instante dibujé para mí este desconocido animal marino... Pensé que debía ser algo entre un pescado y un cangrejo. Como venía del mar hacen con él, está claro, una muy buena sopa caliente de pescado con sabrosa pimienta y hojas de laurel, o un caldo con vinagre y un estofado de pescado y col, o una salsa de cangrejo, o lo sirven frío con rábanos... Lo imaginé vívidamente siendo traído desde el mercado, rápidamente limpiado, rápidamente puesto en la olla, rápidamente, rápidamente, porque todo el mundo estaba hambriento... ¡Treméndamente hambriento! Desde la cocina brotaba el olor del pescado caliente y la sopa de cangrejo.

Sentía que este olor estaba cosquilleando mi paladar y las ventanas de mi nariz, que estaba gradualmente tomando posesión de todo mi cuerpo... El restaurante, mi padre, el letrero blanco, las mangas de mi camisa estaban todas oliendo a él, oliendo tan fuerte que empecé a mascar. Moví mis mandíbulas y tragué como si yo tuviera en verdad una pieza de ese animal marino en mi boca...





Mis piernas se vinieron abajo por la feliz sensación que estaba sintiendo, me agarré al brazo de mi padre para evitar caerme, y me apoyé contra su húmeda chaqueta de verano. Mi padre estaba temblando y tiritando. Tenía frío...

-Papá, ¿son las ostras un plato de Cuaresma? -pregunté.

-Se comen vivas... -dijo mi padre-. Están en conchas como las tortugas, pero..., en dos mitades.

El delicioso olor al instante dejó de afectarme, y la ilusión se desvaneció... ¡Ahora lo entiendo todo!

-¡Qué asco! -susurré-, ¡qué asco!

¡Así que eso era lo que "ostras" significaba! Me imaginé una criatura como una rana. Una rana sentándose en una concha, asomando sus ojos desde allí con sus grandes, brillantes ojos, y moviendo sus asquerosas mandíbulas. Imaginé esta criatura en una concha con sus pinzas, ojos brillantes, y una piel viscosa, siendo traída desde el mercado... Todos los niños se esconderían mientras el cocinero, frunciendo el ceño con un aire de disgusto, cogería la criatura por sus pinzas, la pondría en un plato, y la llevaría al salón comedor. ¡Los mayores la cogerían y la comerían, la comerían viva con sus ojos, sus dientes, sus piernas! Mientras ella crujía y trataba de morder sus labios...

Fruncí el ceño, pero... pero ¿por qué mis dientes se movían como si estuviera masticando? La criatura era repugnante, asquerosa, terrible, pero me la comía, me la comía con avidez, temiendo distinguir su sabor u olor. Tan pronto como me había comido una, veía los ojos brillantes de una segunda, una tercera... Me las comía también... Al final me comía la servilleta, el plato, las botas impermeables de mi padre, el letrero blanco... Me comía todo lo que caía en mis ojos, porque sentía que nada salvo comer podría quitarme la enfermedad. Las ostras tenían una mirada horrible en sus ojos y eran repugnantes. Sentí un escalofrío al pensar en ellas, pero ¡quería comer! ¡Comer!

-¡Ostras! ¡Dadme algunas ostras! -Fue el grito que se escapó de mí y extendí mi mano.

-¡Ayúdennos, caballeros! -Escuché en aquel momento decir a mi padre, con una voz hueca y temblorosa-. Me avergüenza pedir pero, ¡por Dios! ¡No puedo soportarlo más!

-¡Ostras! -grité, tirando de mi padre por los faldones de su chaqueta.

-¿Quieres decir que comes ostras? ¡Un pequeño tipo como tú! -Escuché risas cerca de mí.

Dos caballeros con sombrero de copa estaban delante nuestra, mirándome a la cara y riéndose.

-¿Realmente comes ostras, joven? ¡Eso es interesante! ¿Cómo las comes?






Recuerdo que una mano fuerte me arrastró al iluminado restaurante. Un minuto más tarde había una multitud a mi alrededor, mirándome con curiosidad y diversión. Me senté en una mesa y comí algo viscoso, sal con un sabor a humedad y mohoso. Comí con avidez sin mascar, sin mirar ni intentar descubrir qué estaba comiendo. Pensaba que si abría mis ojos vería los ojos brillantes, las pinzas, y los dientes afilados.

De repente comencé a morder algo duro, hubo un sonido de algo crujiendo.

-¡Ja, ja! Se está comiendo las conchas -se rió la multitud-. Pequeño tonto, ¿pretendes que puedes comerte eso?

Después de eso recuerdo una sed terrible. Estaba tumbado en la cama, y no podía dormir por la acidez y el extraño sabor en mi reseca boca. Mi padre estaba caminando arriba y abajo, gesticulando con sus manos.

-Creo que he cogido un resfriado -decía farfullando-. Tengo una sensación en mi cabeza como si alguien estuviera sentándose encima... Quizás sea porque no... eh... comido nada hoy... De verdad que soy una criatura rara, estúpida... Veía a todos esos caballeros pagando diez rublos por las ostras. ¿Por qué no fui a uno de ellos y le pregunté... que me prestaran algo? Habrían dado algo.

Hacia la mañana, me dormí y soñé con una rana sentada en una concha, moviendo sus ojos. A mediodía me desperté por la sed, y miré a mi padre: aún estaba andando arriba y abajo y gesticulando.



Anton Chéjov




Fuente: LAS VIGILIAS DE POLIFEMO

***

No hay comentarios:

Publicar un comentario