miércoles, 11 de enero de 2012

Pitol, Sergio / El mago de Viena







Quisiera arriesgarme.



Me agrada imaginar a un autor a quien ser demolido por la crítica no le amedrentara. Con seguridad sería atacado por la extravagante factura de su novela, caracterizado como un cultor de la vanguardia, cuando la idea misma de la vanguardia es para él un anacronismo. Resistiría una tempestad de insultos, de ofensas insensatas, de dolosos anónimos. Lo que de verdad lo aterrorizaría sería que su novela suscitara el entusiasmo de algún comentarista tonto y generoso que pretendiera descifrar los enigmas planteados a lo largo del texto y los interpretara como una adhesión vergonzante al mundo que él detesta, alguien que dijera que su novela se debía leer “como un réquiem severo y doloroso, un lamento desgarrado, la melancólica despedida al conjunto de valores que en el pasado había dado sentido a su vida”. Algo así lo hundiría, lo entristecería, lo haría jugar con la idea del suicidio. Se arrepentiría de sus pecados, abominaría de su vanidad, de su gusto por las paradojas, se echaría en cara el no haber aclarado sólo por lograr ciertos efectos los misterios en que su trama se regocijaba, ni sabido renunciar al vano placer de las ambigüedades. Con el tiempo lograría reponerse, olvidaría sus pasadas tribulaciones, sus anhelos de expiación, a tal grado que al comenzar a escribir su siguiente novela habrá ya olvidado tanto los ratos de contrición como sus propósitos de enmienda.




Y volverá entonces a las andadas, dejará intersticios inexplicables entre la A y la B, entre la G y la H, cavará túneles por doquier, pondrá en acción un programa de desinformación permanente, enfatizará lo trivial y dejará en blanco esos momentos que por lo general requieren una carga de emociones intensas. Mientras escribe, sueña con fruición que su relato confundirá a la gente de orden, a la de razón, a los burócratas, a los políticos, a sus aduladores y sus guardaespaldas, a los trepadores, a los nacionalistas y cosmopolitas por decreto, a los pedantes y a los necios, a las cultas damas, a los lanzallamas, a los petimetres, a los sepulcros blanqueados y a los papanatas. Aspira a que esa ubicua turba logre perderse en los primeros capítulos, se exaspere y no llegue siquiera a conocer la intención del narrador. Escribirá una novela para espíritus fuertes, a quienes les permitirá inventar una trama personal sostenida por unos cuantos puntos de apoyo laboriosa y jubilosamente formulados. Cada lector encontraría al fin la novela que alguna vez ha soñado leer. Polidora la opulenta, la inigualable, la deliciosa, será todas las mujeres del mundo: Polidora, la protosemántica, como con embeleso suelen aludirla sus admiradores refinados, pero también, ¡qué se le va a hacer!, los cursis, la distinguida señora Polidora, como la conocen los funcionarios, los comerciantes y los profesionales ricos, a diferencia del vulgo, que al pan le llama pan, y que se refiere sencillamente a ella como “el mejor culo del mundo”. A unos les resultará una santa, a otros una grandísima puta, a un tercero ambas cosas y muchas más. El azorado lector se enterará que ni ni siquiera el padre Burgos, su atribulado confesor, sabe cómo reaccionar ante las bruscas oscilaciones espirituales de esa fiera dama cuya conducta maldice un día para el siguiente bendecir con lágrimas su piedad excelsa. ¿Y qué decir de Generoso de Chalma, su amante, su víctima, el famoso novillero? Esa figura abominable será también un prócer, un bufón, un místico, un laberinto, el poderoso capo de un cártel de la droga, la víctima inocente de una venganza inicua y un miserable soplón a sueldo de la policía, según lo dibujen el antojo o las necesidades anímicas del lector. En lo único en lo que podrían coincidir los potenciales adictos a esta novela sería en confirmar que los tiempos que corren, los mismos del relato, son abominables, crueles, insensatos e innobles, renuentes a la imaginación, a la generosidad, a la grandeza, y que ninguno de los personajes, ni los buenos ni los peores, merecerían el castigo de vivir en ellos. Lamentablemente nunca he escrito esa novela.


Sergio Pitol   (El mago de Viena)


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