lunes, 27 de febrero de 2012

Anna Ajmátova




EN VEZ DE PRÓLOGO

Diecisiete meses pasé haciendo cola a las puertas de la cárcel, en Leningrado, en los terribles años del terror de Yezhov. Un día alguien me reconoció. Detrás de mí, una mujer –los labios morados de frío- que nunca había oído mi nombre, salió del acorchamiento en que todos estábamos y me preguntó al oído (allí se hablaba solo en susurros):
-¿Y usted puede dar cuenta de esto?
Yo le dije:
-Puedo.
Y entonces algo como una sonrisa asomó a lo que había sido su rostro.

Leningrado, 1 de abril de 1957
Anna Ajmátova







DEDICATORIA

Puede una pena así mover montañas
y detener la corriente de un gran río,
pero no puede quebrar con su fuerza los cerrojos
que nos separan de las celdas y los presos
llenos de angustia mortal.
Hay quien respira el fresco de la brisa,
hay quien siente la dulzura del sol cuando se pone,
pero nosotras, en la desdicha compañeras,
oímos solo el sonido ominoso de las llaves
y los pasos de plomo del soldado.
Nos levantábamos para la misa del alba,
cruzábamos la ciudad embrutecida
y, más muertas que vivas, nos encontrábamos allí.
Se acortaban las horas de sol, la niebla pesaba sobre el Neva,
pero aún la esperanza cantaba a lo lejos.
La sentencia… Brotan pronto lágrimas
y una mujer se siente fuera del grupo;
como si le hubieran arrancado el corazón y brutales
lo arrojaran al suelo, para luego soltarla,
así camina, tambaleándose… sola.
¿Dónde están hoy aquellas con quienes sin querer
compartí mis dos años de infierno?
¿Qué formas adivinan en las ventiscas de Siberia?
Qué presagios en el aro de la luna?
A ellas envío mi adiós.

Marzo de 1940

Anna Ajmátova

 



INTRODUCCIÓN
(4)

Si te hubieran mostrado a ti, la burlona,
la predilecta de todos tus amigos,
la frívola alegre de Tsárskie Seló,
qué había de depararte la vida,
cómo te verías, de pie, ante los ásperos muros,
con el número trescientos en la fila, cargada de paquetes,
y cómo quemarías con el calor de las lágrimas
el hielo de Año Nuevo.
Se balancea el chopo de la cárcel,
nada se oye. Pero son tantas las vidas
que encuentran allí dentro su fin…


Anna Ajmátova






(7) LA SENTENCIA

Cayó la palabra de piedra
en mi pecho aún vivo.
No es grave, estaba preparada,
posiblemente me acostumbraré.

Hoy tengo mucho, mucho que hacer:
he de matar la memoria,
volver de piedra el corazón,
he de aprender a vivir de nuevo.

Y si no… El cálido rumor del verano
es una fiesta tras la ventana.
Desde hace tiempo tenía el presagio:
un día claro y la casa vacía.

22 de junio de 1939

 Anna Ajmátova

***





EPÍLOGO

I

He aprendido cómo se hunden los rostros,
Cómo bajo los párpados late el miedo
Cómo surca el sufrimiento las mejillas
Con trazo rígido de signos cuneiformes;
Cómo los negros rizos y los rizos de oro
De repente se vuelven pálida plata,
Cómo huye del labio dulce la sonrisa
Y en la risita seca halla eco el terror.
Si ruego, no es solo por mí: ruego
Por todas nosotras, hermanas –en la desdicha- mías,
En el frío feroz y en el ardor de julio,
Al pie de muros rojos que permanecieron sordos.

II

Se acerca el aniversario, día del recuerdo.
Os veo, os oigo, os siento:

a la que apenas pudo llegar a la ventana,
a la que volvió a pisar la tierra en que nació,

a la que moviendo su hermosa cabeza
musitaba: “Ya vengo aquí como si fuera mi casa”.

Querría llamar a cada una por su nombre
pero requisaron la lista y no puedo hacerlo.

Para ellas he tejido este vasto sudario
con las tristes palabras que de ellas oí.

A ellas siempre tendré presentes, y en todo lugar,
no las olvidaré en desgracias futuras.

Y si un día sellaran mi atormentada boca,
la boca con que gritan cien millones de almas,

que ellas piensen en mí, como pienso yo en ellas,
que por mí rueguen cuando llegue mi día.

Y si alguna vez quisiera la ciudad
erigir un monumento en mi memoria,

podría ese honor aceptar complacida,
con tal de que no lo alzaran nunca

ni a la orilla misma del mar donde nací
-mis lazos con ese mar ya los he roto-,

ni junto a mi árbol sagrado, en el jardín de los zares,
donde una sombra yerra y me busca desolada,

sino aquí, donde permanecí de pie trescientas horas
ante rejas que para mí no se abrieron.

Porque temo olvidar, en la paz de la muerte,
las ruedas del siniestro furgón negro,

los golpes de la puerta que hemos odiado tanto
y el aullido de la anciana, como animal herido.

Que desde los yertos párpados de bronce
fluya –y sean ésas sus lágrimas- la nieve derretida,

que arrullen a lo lejos palomas del presidio
y bajen silenciosos los barcos por el Neva.

Marzo de 1940

Anna Ajmátova

***

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