miércoles, 8 de febrero de 2012

Francisco Casavella / Lo que sé de los vampiros






“Tomaron, pues, el arduo camino de tierra e hicieron noche en posadas de muy mediana catadura. En la modorra del alba, Welldone negociaba con tratantes de caballos, ya que por remediar de antemano un incidente escogía la compra al alquiler, y esos bribones de voz áspera no solo alheñaban el pelaje de las bestias para simular las mataduras y general decrepitud; en el regateo, y mientras palmeaban al jamelgo con ternura, como si deshacerse del bicho rompiera su corazón, le clavaban una aguja en el lomo para que el animal levantase las orejas en triste simulacro de vigor. Quien se decía experto en el comercio y la industria, en la filosofía natural y moral, en la política, en las artes y en la historia antigua, el señor Welldone, no se daba cuenta de nada. Dimitri, testigo del desaguisado, buscaba intervenir, pero Welldone se lo impedía alegando la incurable buena fe del criado ruso. Así, aquellos pícaros le estafaban una vez y otra.

Y una vez y otra la rueda del Tiempo pasa por los mismos recodos, por los mismos fangales y peñascales. Se fue el verano, llegó el invierno y en esas posadas mugrientas, al calor de la chimenea y entre susurros maliciosos y soplidos de fuelle, las noticias sobre la Compañía de Jesús apuntan mal augurio: el breve Dominus ac Redemptor ha suprimido la orden de san Ignacio de modo definitivo. “Que sean lo que son o que no sean”, dijo el Papa, y ya no son. En las herrerías lo ratifican, y en cuadras hediondas, los mismos tratantes de siempre aseguran que, para vengarse, los malvados jesuitas le han dado al Papa el acqua toffana. Que el Papa Ganganelli está muriendo envenenado y eso exige venganza.





-¡Muerte a los jesuitas! ¿Degollación de los criptojesuitas! Mamma mia, p’acqua toffana! El caldo marchante, la muerte lenta, fórmula secreta de María de San Nicolás de Bari, signore. Así lo hacen las rameras y los hijos de  ramera de la Compañía de il Diavolo. Arsénico y belladona, la tofana. Sabe a pimienta y la confunden entre pimienta, la tofana. A uno le envenena despacio la tofana, excelencia, como la vida misma envenena, y al fin parece que te hayas muerto de un mal pecho, del hígado, de la barriga… Y todo lo untarán y embadurnarán con ponzoña, los jesuitas. Y echarán a volar la peste y el cólera y las viruelas para devastarnos, los jesuitas. Y algo han hecho, los jesuitas, que en el corral la gallina picotea sus huevos, y en el umbral de las casas de los perros escupen y luego te miran de frente como un hombre mira a otro. Como antes de la desgracia de Lisboa, sire, del terremoto. Lo mismo a cada hora. Este fabuloso corcel era de una de esas garrapatas, de un jesuita. Le rajaron el gañote la semana pasada en la frontera cuando intentaba hacerse pasar por músico. Se puso a hacer cabriolas y a tocar el laúd, pero no se la daba a nadie… Vamos, alteza, ¿le haréis ascos a este pura sangre? Que estoy perdiendo dinero, que le estoy sacando a mis hijos el pan de la boca por respeto a su excelencia. No se hable más: ¡le regalo el laúd…!





Día a día, semana tras semana, un mes siguiendo a otro, Welldone, Martín y Dimitri evitan lo estricto de las aduanas. Siguen la orilla de torrentes entre farallones donde el selvático verdor oculta ruinosos acueductos y devastadas figuras en piedra de antiguos dioses fluviales. Al día siguiente, a la semana siguiente, el tiempo solo días y noches ya, se ven encorvados sobre aquellos jamelgos monótonos y cansinos, por sendas no más anchas que el dorso de una mano, entre inmensos trigales donde hileras de segadores avanzan y se desploman bajo el sol de verano, o manadas de lobos olfatean el aire en invierno. Y el polvo, siempre el polvo, tiñe de pardo el foulard que les emboza.



Francisco Casavella  (Lo que sé de los vampiros)



***

2 comentarios:

  1. Gracias por estos fragmentos –que me he deleitado en releer-; me llevan a una convicción: Un maestro. La firma de un maestro inscrita en el templo de la Literatura. Arte puro y elástico, como el tiempo. Templo del placer artístico, del goce de lo bien hecho.
    Una madrugada del 2003 quiso el autor que nos reuniéramos, venía del triunfo -y sin saberlo, ¿o quizá sí?- y se encaminaba al parnaso donde flota la palabra gloria (eso a Francis le importaba un comino).
    Allí, en aquella amplia, irreal, sala de ambiente pop antiguo estábamos, los convocados y él.
    Allí nos anunció que estaba trabajando en una novela ambientada en el siglo XVIII, un siglo por el que siempre mostró predilección. Por allí revoloteaba un pícaro mayor: Cagliostro. La aventura del collar de la reina, Voltaire -leído bajo las hojas de la higuera de aquella antiquísima casa, en aquel pueblo de la Mancha donde empezaban los veranos- y las fiestas galantes de Watteau, la corte de Dinamarca, los pícaros que siguen tras las caravanas del lujo y el fingimiento, la charlatanería, el oropel innecesario de todas las cortes de Europa.
    -Los pícaros, vosotros dos podíais andar por la novela y quizá un dibujante que dibuja todo el rato, retratos, casas, islas, templos antiguos, copias de pintores. Sí, podría valer.
    Luego cruzó la pierna derecha -el marco de las piernas crea la figura de las nueve y media- y apoyó la espalda sobre el sofá de piel marrón, brazos abiertos sobre el respaldo, como un elegante boxeador satisfecho con los "rounds" que lleva en la pelea de la vida y prosiguió, incansable, hablando luminoso y entusiasmado
    Allí, aquella única vez, se estaba gestando una obra maestra, una cumbre, una elevación favorable, afectiva y contagiosa, un breviario de oro de la narración, un homenaje a la cultura, al arte, a la vida pura y dura o elástica –como su estilo-, el logro del talento y el esfuerzo. La fe en los demás que tuvo -y dejó escrito- Francisco Casavella, un genio.


    (Las dos primeras letras del nombre de los convocados, además del autor, son, en orden cronológico: Le, An y Ar.)

    - LEAN ¡AR!

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  2. Legabal, gracias a ti por el comentario. Suscribo plenamente tu valoración de Francisco Casavella. Me parece un escritor extraordinario. “Lo que sé de los vampiros” me ha parecido una novela asombrosa. Acabo de volver de la biblioteca pública donde por fin he podido conseguir “El día del Watusi”, sesión contínua Casavella, una gozada.

    Un saludo y gracias otra vez.

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