lunes, 6 de febrero de 2012

Párrafos de… Crítica y clínica (Gilles Deleuze)



 



El laberinto ha cambiado de aspecto: ya no es un círculo o una espiral, sino un hilo, una mera línea recta, tanto más misteriosa cuanto que es sencilla, inexorable, terrible, “ese laberinto que consta de una sola línea recta y que es indivisible, incesante”
(J. L. Borges).





Con el Apocalipsis, el cristianismo inventará una imagen completamente nueva del poder: el sistema del Juicio. El pintor Gustave Courbet hablaba de personas que se despiertan en plena noche gritando “¡quiero juzgar, tengo que juzgar”. Voluntad de destruir, voluntad de introducirse en cada rincón, voluntad de ser la última palabra para siempre jamás: triple voluntad que no es sino una sola, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. (…) A Él, que no juzgaba, y que no quería juzgar, lo convertirán en un engranaje esencial en el sistema del Juicio.





El ánimo de venganza introduce el programa en la espera (“la venganza es un plato que…”) Hay que mantener ocupados a los que esperan. La espera debe estar organizada de principio a fin: las almas martirizadas que tienen que esperar a que los mártires formen un número suficiente antes de que comience el espectáculo. (Apocalypse, 6: “¿Hasta cuando, Señor, santo y veraz, difieres hacer justicia y vengar nuestra sangre contra los que habitan en la tierra?... y se les dijo que descansen en paz un poco de tiempo, en tanto que se cumplía el número de sus consiervos y hermanos que habían de ser martirizados tambien como ellos.”)

(…) Sobre todo es imprescindible que el Fin esté programado.






…Juan de Patmos es un hombre del pueblo. Es una especie de minero galés inculto. Lawrence inicia su comentario del Apocalipsis con el retrato de esos mineros ingleses a los que tan bien conocía y que le maravillaron: duros, dotados de un “sentido especial del poder bruto y salvaje”, hombres religiosos por excelencia, en la venganza y la autoglorificación, esgrimiendo el Apocalipsis, organizando las tenebrosas veladas de los martes en las capillas metodistas primitivas. Su jefe natural no es el apóstol Juan ni San Pablo, sino Juan de Patmos. Son el alma colectiva y popular del cristianismo, mientras que San Pablo (y Lenin también, dirá Lawrence) es todavía un aristócrata que va al pueblo. Los mineros son expertos en estratos. No necesitan haber leído, pues en ellos es donde el fondo pagano ruge. Precisamente se abren a un estrato pagano, lo despejan, hacen que venga a ellos, y se limitan a decir: es carbón, es Cristo. Efectúan la desviación de estrato más impresionante para hacer que sirva al mundo cristiano, mecánico y técnico. El Apocalipsis es una inmensa máquina, una organización ya industrial, Metrópolis. En virtud de su experiencia vivida, Lawrence toma a Juan de Patmos por un minero inglés, el Apocalipsis por una serie de grabados colgados en las paredes de la casa del minero, el espejo de un rostro popular, duro, despiadado y pío.




“…reflexiones de Melville sobre la novela. La primera de esas reflexiones consiste en reivindicar los derechos de un irracionalismo superior. ¿A santo de qué iba el novelista a creerse obligado a explicar el comportamiento de sus personajes, y a darles razones, cuando la vida por su cuenta nunca explica nada y deja en sus criaturas tantas zonas oscuras, indiscernibles, indeterminadas, que significan un reto para cualquier intento de esclarecimiento? La vida es lo que justifica, no necesita ser justificada.”



Gilles Deleuze


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