miércoles, 29 de febrero de 2012

Párrafos de… “El día del Watusi” (2) / Francisco Casavella.





“Tanto alarde sembrará en el Lector la duda sobre si me creí alguna vez “el capricho de las nenas”. No, solo tenía todo el tiempo del mundo, paciencia y ganas y, en esos primeros años, me fue amparando una modestísima fama de amante solícito en cuanto acumulé algo de experiencia; aunque en honor  a la verdad, confieso que también adquirí fama de lo contrario dado mi temple irregular en alguna noche de más vino que rosas. Y no olvidemos la consigna secreta que esconde todo recuento de libertino: “Dos al mes son veinticuatro al año”. O el epitafio del libertino sincero. “Siempre me acosté con guapas; muchas veces desperté con feas”. Y la ley inalterable: cuando echabas un polvo de esos que te hacen ponerte de rodillas y agradecer al del Sobreático los dones recibidos, las virguerías, y lo has hecho con una chica que, además, da gusto verla, siempre tiene novio y solo se ha ido contigo para darle celos o vengar unos cuernos. Y ya la has visto bastante.






Conocía a mis fugaces compañeras ensayando la paciencia en los lugares de la noche donde pudiera saludar a unos y a otros sin parecer un novato o el temible pelmazo que muchos deducían de mi faceta más extrovertida. Ponía cara de buen hombre, sin embargo interesante, cuando ellas, si no las había embrujado con su charla algún esotérico bocazas, se aproximaban entusiasmadas por su propio frenesí hasta el campo de actuación de mi buen tipo, que fingía entonces desenvoltura que no veas en dudosa sintonía con la música. Les daba conversación y una pastilla, les comunicaba en tono relajado que vivía muy cerca y, antes de que pudieran darse cuenta, un roce, una caricia, y me precipitaba sobre ellas como si fuesen una colchoneta. Y ellas, o salían corriendo a vacunarse, o, ya en mi casa, durante unas horas (o cinco minutos, o casi nada), comprobaban qué fácil era ajustarse al compás que marcaban mis vecinas putas al liquidar de cuatro culadas a los clientes rezagados. Pechos y espaldas y melenas en continuo vaivén, mientras pensaba en Tina, la única excepción que no refrendaba el sexo como mero ejercicio de autoestima.



No fue una mala temporada, ni mucho menos. Gemidos y gemidos, Lector. O letanías, o suspiros, o reproches, o silencios exánimes, o delatores fingimientos, o gritos que instaban a saltar del lecho y precipitarse ventana abajo para salvarse con la muerte del contagio maligno de la posesa. El grupo más nutrido de mis Partners lo componían, generosas y curiosas, muchachitas a las que visitar aquel entorno barriobajero les parecía poco menos que un safari en busca de tensión frecuente combinada con los más delicados placeres; locas cabecitas que deseaban conocer gente o echar el ancla en mi privilegiado aunque exiguo habitáculo. Por eso empezaron a olvidar efectos personales; o a abandonarlos con disimulo. Un bote que había contenido cien cigarrillos Ducados empezó a llenarse de collares hippies con cuentas de piedras de río, cristal de playa, huesos de frutas del bosque, maderas exóticas. Y de pulseras de cuero trenzado. Y de gafas de sol. Y de diminutos broches-máscara a favor de la libertad de expresión. Y de broches amarillos contra la energía nuclear. Y de pendientes con forma de fresa, de ciruela, de cono u otras figuras geométricas. O que representaban una calavera, un globo terráqueo, aros de gitana op-art. No ver en aquel bote rebosante una conmoción en el mundo de la bisutería era ser ciego.





A la hora del desayuno, ojos soñadores, párpados pesados, llega el momento de establecer una barrera cuando una mano viaja al lóbulo de la oreja y la vista se entretiene en torno a la silla. Entonces me sumerjo en el monólogo más aburrido por negarme a formular ese “¿Buscas algo?” en el que mi vanidad hipertrofiada ve una invitación a prolongar el idilio. A lo largo del día era varias personas y, aunque los tiempos se mostraban tolerantes con los individuos misteriosos, no podía dejar que nadie penetrara en mis secretos y aún menos una de aquellas chicas con gran facilidad para saltar de casa en casa con el propósito de buscar enseguida un rincón en la pared donde clavar un póster de su amado David Bowie y acto seguido a su anfitrión, yo mismo. Locas de la vida, tendían a hacerte la vida complicada. Pero sin duda aquella forma de escape era, de las muchas que había ensayado, la que aliviaba mi soledad de modo más agradable. Era la primera vez que a cambio de casi nada recibía amor, ganas de agradar o, al menos, una leve demostración gimnástica. Una entrega torpe, una conciencia terrible de la situación, una temerosa mirada de niña, un rastro de perfume tras la oreja, unos pies o unas manos demasiado pequeños podían enternecerme hasta las lágrimas. Y eso, para el tonto, era enternecerse demasiado.





Ahora, débil, siento a veces un cariño por mis semejantes que no hace excepciones, y cuando paseo por la calle, aún reconozco un perfil, un movimiento de caderas, unas piernas y unos brazos cruzándose con vaga familiaridad. Enseguida dirijo la vista a unos ojos que no es la primera vez que me miran y decubro a una madre amnésica. No importa: sé que en el fondo no teníamos nada en común, pero compartimos una noche o dos nuestros espejismos del mundo y del placer en la época en que la gente reía y lloraba en exceso y le echaba la culpa de todo a algo que se llamaba vida y mundo y familia y circunstancia, y no tiempo, no el Tiempo, a la certeza de querer vivir en cualquier país menos aquél. Buscábamos los unos en los otros alguien con quien compartir algo más que un momento de ese destino que suponíamos variado. “


Francisco Casavella   (El día del Watusi)


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