jueves, 16 de febrero de 2012

Párrafos de… “El día del Watusi” / Francisco Casavella







“La humanidad parecía cansada de sí misma e inventaba una excusa como quien se esfuerza por hacer un retoque en el mobiliario o una ligera mudanza en su rutina para no caer en la desesperación que sigue al aburrimiento. Ese engaño ocurría en todo el mundo; pero en nuestro país, las circunstancias hicieron que se pugnara por más juventud. Una época de rígida decadencia parecía acabar y eso solo significaba el paso, a veces doloroso, siempre un sacrificio en el altar del progreso, a una edad de pujanza. Al principio sólo hubo miedo, planes y cuestiones aplazadas. Después abundó la soberbia. Luego fantasmas y espejismos de aquel miedo y esta soberbia lo inundaron todo. Fantasmas. Quizá nadie hable de entrechocar de huesos y calaveras rientes, pero eso ocurre porque nos hemos vuelto sordos y tan ciegos que solo vislumbramos fuegos fatuos en la oscuridad del tedio del mejor de los mundos conocidos.






Durante el inicio de la época que nos llevó del miedo esperanzado al tedio se fomentó el olvido como un valor. Nadie se avergonzaba de su amnesia, pese a diferencia de aquellos que sí tenían algo que olvidar, hubo otros que por edad, o porque en ellos el olvido ya era un rasgo hereditario como unas manos anchas con dedos cortos, se les impuso el valor espiritual del olvido y olvidaron Nada. Olvidar Nada se convirtió en una nueva categoría, un ímpetu del cuerpo y del alma que les empujó a inmolarse en la novedad, la muerte como novedad última, como última sospecha. Eso fue la frivolidad extrema. Se murió por una canción, una noche de juerga o un ritmo interno al que nadie podía encontrar palabras. Se murió de risa y de gusto. Durante un tiempo, la adoración de la inconsciencia juvenil no fue disuelta en mezquino sarcasmo; luego, en sus rasgos superficiales, resultó muy rentable, y hasta imitada. Se fue frívolo en el comercio, en la propaganda, en la política, y por caminos abyectos la inconsciencia se resolvió una vez más en estupidez.





Así mientras el gris claro y el gris oscuro se alternaban en el poder aparente y se adjudicaban el mérito de la inercia colonial como un idiota vocea que el flujo de las mareas es cosa suya, la mayoría del pueblo creía en el deporte en estadios, en amoríos famosos y en la economía doméstica como único talento social y baremo indiscutible de la dignidad ciudadana. Los intelectuales se devolvían favores y afrentas mediante complicidad pueril o duelos entre fantoches. La gente solía creerse muy informada. La pornografía fue la más nítida de las simulaciones.




En El asno de oro, Lucio, su protagonista, se unta de una sustancia mágica que habrá de convertirle en pájaro, pero le vuelve burro. Es la historia de mi vida. Pero también dice Apuleyo por boca de Lucio: “… quedarás admirado, Lector, con la sucesión de situaciones de unos hombres que cambian de forma y condición para recuperar nuevamente su primitiva imagen según les interesa”. Yo he conocido a esos hombres y mujeres, he conocido esas calles y esas casas, y, lo más importante, reconozco aún el espacio entre las casas y el vacío que deja la ausencia y el cambio. Todo es magia y metamorfosis, o todo es engaño y también metamorfosis. Descubrir el truco de los simuladores y una posible maravilla entre el fango requiere muchas líneas en este Informe. El bastón del mago cambia una y otra vez de mano, y a mí, al cabo del tiempo, me hacen preguntas y me pagan por ello. Debo explicar ese cambio si quiero redactar un trabajo aceptable y referir cada una de las veces que he contado lo que voy a contar una vez más. El Lector tendrá su información y yo ganaré mi recompensa…”


Francisco Casavella   (El día del Watusi)


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