domingo, 12 de febrero de 2012

Ricardo Piglia / Diarios






Sábado
Escribir a mano es una práctica arcaica, anterior incluso al lenguaje oral. Los instrumentos han cambiado a lo largo de los siglos pero el gesto es el mismo: se usa la mano más hábil para trazar las letras y la otra como ayuda ocasional. Soy un zurdo contrariado, solo uso la derecha para escribir y en todo lo demás la mano izquierda. La inolvidable señorita Tumini, maestra de primer grado inferior, me obligaba a escribir con la mano derecha. Me veo en el aula vacía copiando palabras con el furor de un pequeño disléxico demente.





Miércoles
Antes, cada dos por tres entraba en una polémica pública. Ahora no le encuentro sentido a ese murmullo incesante de opiniones y de pronósticos. Sin embargo, a veces, todavía, a la mañana temprano, bajo la ducha, escribo indignadas cartas imaginarias a los periódicos contestando argumentos idiotas. (Señor Director, Cuando estuve en Madrid hace unos meses le sugerí a los indignados de Puerta del Sol que le pidieran una audiencia al rey.) No bien salgo del agua las réplicas se disuelven.
Una mendiga mató a otra en la recova de Plaza Once porque le robó una manzana.





Viernes
Escribo un prólogo a la novela de Sylvia Molloy En breve cárcel. Cuando decimos que no podemos dejar de leer una novela es porque queremos seguir escuchando la voz que narra. Más allá de la intriga y de las peripecias, hay un tono que decide la forma en que la historia se mueve y fluye. No se trata del estilo -de la elegancia en la disposición de las palabras- sino de la cadencia y la intensidad del relato. En definitiva el tono define la relación que el narrador mantiene con la historia.
Ella me envía sus e-mails desde el BlackBerry: frases breves, consignas ("¡Regá las plantas!").





Lunes
Salgo a comprar los diarios. En la vereda de la calle Cabrera, una mujer habla con un gatito que está en lo alto de un árbol. El gato se lame las patas, indiferente. La mujer trata de hacerlo bajar. "No quiero que viva una asquerosa vida callejera", me dice. La gata tuvo las crías en el hueco de una horqueta del tronco y ayer se llevó a los otros cachorros y lo abandonó. Cuando paso de vuelta la mujer ya no está y el gato sigue ahí. En el supermercado coreano consigo un poco de carne picada y de leche. El gato baja y me lo traigo a casa.
Tuve un gato hace muchos años en Mar del Plata, cuando recién había terminado el secundario. En marzo me fui a estudiar a La Plata y le pedí a mi madre que lo cuidara. En las vacaciones de invierno volví a casa y no lo vi. Le pregunto a mi madre, ¿Y el gato? Ella me mira con sus bellos ojos irónicos "¿Qué gato?", dice.
La vecina rusa. La conocí en Princeton, donde se había radicado en 1950. Salió de Rusia por Finlandia en 1937 cuando Bujarin cayó en desgracia y se exilió en París. Ha publicado en las últimas décadas dos tomos de una monumental biografía de Tolstói y está trabajando en el último volumen, al que tentativamente llama La conversión. Ha viajado ya dos veces a la ex URSS a trabajar en los archivos secretos de la KGB recién habilitados en Moscú.





Sábado
Me interesa la distinción que establece Sartre en El ser y la nada, entre estar muerto y estar "retirado" ("être mis à la retraite"): en el primer caso, el pasado no existe; en el segundo, no hay otra cosa.
El ex boxeador, el ex combatiente, el ex drogadicto, el amante abandonado. La frase de In Another Country (En otro país) de Hemingway que F. Scott Fitzgerald consideraba una de las más sugerentes e inquietantes de la lengua inglesa. "In the fall the war was always there, but we did not go to it anymore (*)" da cuenta de esa nostalgia de la experiencia intensa que persiste como un lugar al que no se puede volver.
Por otro lado, la vivencia de la vida perdida remite a la figura del muerto-vivo que no tiene historia, ni sabe nada del pasado. "¡Pregunta a los Historiadores! Ellos, en sus aposentos, contemplan boquiabiertos lo que fue y lo describen incansablemente. Ve a preguntarles y vuelve luego", dice el cazador Gracchus, que vaga por los tiempos y por la Selva Negra, en el extraordinario relato de Kafka ("Aquí estoy, muerto, muerto, muerto").
Ése es el lugar de enunciación y el tono irónico que Beckett toma de Kafka para definir un nuevo tipo de narrador. Su primer relato escrito en francés Le Calmant dice al comienzo: "Je ne sais plus quand je suis mort. Il m'a toujours semblé être mort vieux". ("Yo no sé cuándo he muerto. Siempre me ha parecido haber muerto viejo".) Relatos que narran la experiencia, de vivir en el vacío, en un presente perpetuo. De allí su contemporaneidad, etcétera.
Hay algo de esa figura en la cultura política actual. La noción del testigo como el muerto en Agamben. (Los "musulmanes" que se dejan estar en Auschwitz) y en el Walsh de Operación Masacre ("Hay un fusilado que vive") que a partir de esa figura restituye la verdad. También está el caso de los prisioneros clandestinos que han sobrevivido en los campos de concentración argentinos (el desaparecido que regresa) y son los testigos clave en la reconstrucción de los hechos en el Nunca más y en los juicios actuales a los militares.
El testigo como el sobreviviente. Quizá éste sea el único caso en el que vale la ecuación: solo quien lo ha vivido puede contarlo (porque en un sentido está muerto).
En el orden del relato, no hay que confundir información con experiencia.
(Ligado a lo anterior) "El primer significado de verdadero y falso parece haber extraído su origen de las narraciones". Spinoza Apéndice a los Principios de la filosofía de Descartes. Pensamientos metafísicos (1663).

Ricardo Piglia  (Diarios)


Fuente: El País


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