martes, 6 de marzo de 2012

Párrafos de… “El día del Watusi” (y 3) / Francisco Casavella






“Y a mí me dio por pensar que todas aquellas zanjas, las obras municipales rodeándome, hubiesen dotado a Barcelona de un romántico aire de ciudad bombardeada si efectivamente alguien la hubiese bombardeado, y tanta restauración no respondiera a la imperiosa necesidad de cubrir de argamasa y escombros, de hormigón y mentiras, los sedimentos adolescentes de una ciudad, su hedor de años, el material de derribo que formaba el idioma imposible mal enterrado, por el centro y por las afueras, sin que nadie percibiera que la locura provinciana era el único bien de la provincia, que se estaban quedando con lo peor, con la finalidad de las cosas; el tiempo solo transcurre para demostrar que somos eficientes. Vallas, colinas de cascotes, martillos neumáticos. Ya no había lugar para lo irracional, lo irracional se extinguía; se acababan los juegos sin fin, tensos, en ciudades olvidadas del mundo con el único pretexto de que alguien pusiera en evidencia que la normalidad era un camelo. No habría fantásticos golpes de estado, ni más helicópteros sobrevolando paranoias, con insaciables plutócratas, con sus leguleyos, imaginando sedientos de poder las atrocidades que ellos mismos procuraban para justificar un poder más vigoroso, indiscutible. Ahora ellos, todos, los unos y los otros, solo tendríamos enfrente nuestras propias aberraciones, el respeto por la salud y por la convivencia y por el oreden. Responder a preguntas. Poseer un criterio tan falaz como nuestras propiedades en la Tierra. Una respuesta para esto y para lo otro. Una respuesta y un criterio para una guerra lejana, para una injusticia cuanto más remota mejor, para el cobro de multas, para la democracia, para la xenofobia, para el postmodernismo, para la soberanía nacional, para los Rolling Stones, para la caída del comunismo, para los terremotos, para los jugadores de fútbol, para los impuestos, para la jardinería, para el Tercer Mundo, para la televisión, para el espionaje, para el automovilismo, para la educación de los niños, para el boxeo, para el racismo, para las expediciones al Everest, para las banderas, un criterio sobre todos los tentáculos del caos menos el caos mismo, algo que decir sobre todas aquellas zanjas y mucho que aplaudir cuando se cubrieran. (…)



No estaba contento con mi nuevo papel por mucho que hubieran salido negativas las pruebas del sida a las que, al final, por no alarmarme, me había sometido. Así supe que sobrevivir no era más que eso, sobrevivir y temer, cuando no hay declaraciones oficiales de guerra, y Victoria se muestra hostil, y luego queda solo vértigo de normalidad entre calles desventradas.
Y yo allí sentado, encargando a un camarero uniformado un fluido continuo de alcohol, frente a la noble y abierta avenida, haciéndome el interesante con mis altas meditaciones que, tras su aparente incoherencia, no susurraban más que “¡braguetazo perdido!”, y volvían a susurrar “¡braguetazo perdido!”.


Francisco Casavella  (El día del Watusi)


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