miércoles, 14 de marzo de 2012

Párrafos de… “Pistola y cuchillo” / Montero Glez




“A la entrada de la Venta Vargas, por donde antes aparcaban los coches, le han puesto una estatua. Dicen que es él, pero no se le parece. Además de no reír tampoco canta y ni siquiera tararea. Por si fuera poco, hay veces que a la estatua le falta algún trozo y sé bien que son gitanos quienes los arrancan para luego venderlos. Surgen de lo oscuro y pegan pellizcos a un bronce que por ley no pertenece a nadie más que a ellos. “Al rico canarón de la bahía, al rico camarón de la bahía”, vocean con mucho soniquete. “Al rico camarón de la bahía, lo pesco de noche y lo vendo de día”.

Nunca murió del todo. Por lo mismo es fácil imaginar su boca riente, abrirse de golpe al escuchar lo que hacen con la estatua. También es fácil que sin apagar el gesto, encendiera un cigarro y aspirase el humo hondo, muy jondo, hasta alcanzar la llaga donde el diablo escupió su veneno. Es verdad, se agarraba al cigarro como el que se agarra a la vida y teme que, la vida, se le fuese a caer de un momento a otro. Bien puede decirse que lo suyo con el tabaco era algo exagerado. Pongamos que una relación extrema, de las que llegan hasta los últimos fuegos y razón por la que siempre cargaba encima su buena reserva. Alrededor de media docena de cajetillas que repartía con astucia entre los bolsillos de la chaqueta y los del pantalón, así como en los calcetines. Nunca ofrecía.

Esto último siempre me pareció un detalle curioso, uno de esos detalles a tener en cuenta por ser chocante en un hombre desprendido a manos llenas. Por ejemplo, si te veía con fatiga, raro era que no andase dispuesto a prestarte dinero, a pagar con el tiempo y sin apuros; incluso podía dejarte las llaves del coche sin ningún tipo de recaudo, o invitarte a comer, a cenar y encima pagarse las copas; sin embargo, lo del tabaco era sagrado para él. Tanto que nunca ofrecía. Es más, si algún desconocido se arrimaba a pedirle un cigarrillo, entonces la cara le iba de la risa al enfado.

Ahora, años después de su entierro, afilo la grosera punta del bolígrafo para recordar estas cosas. Con trazo indecente vuelvo a la noche que nos vimos por última vez, a la entrada de la Venta Vargas, cuando él iba con el pitillo prendido de la boca y la muerte al pecho, como una mala sombra. Es curioso, había previsto tantas veces cómo sería nuestro último encuentro que, cuando sucedió, tuve la sensación de que algo se me estaba repitiendo. Recuerdo que apareció con su chaquetita roja y todo el poderío celestial de un tigre herido, roto por dentro y sin embargo con fuerzas para seguir abriéndose paso en la noche.”


Montero Glez  (Pistola y cuchillo)


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