Memoria de bombas y niños
Se cumplen 75 años del bombardeo de
Gernika. Los supervivientes se salvaron por los numerosos refugios repartidos
en el pueblo. El asalto se saldó con 153 muertos y muchas familias exiliadas
Almudena
López, 21 ABR 2012
De
aquel bombardeo sobrevive el recuerdo de los niños. Es una memoria inocente,
que mezcla juegos, carreras, explosiones y llamas. Aquellos niños son hoy
abuelos y supervivientes de lo que sucedió el
26 de abril de 1937 entre las cuatro y las seis y media de la tarde en Gernika,
cuando aquella localidad vasca fue aplastada por las bombas y arrasada por el
fuego en el que fue el primer gran ensayo de un bombardeo a gran escala sobre
una población civil. Durante 75 años han ejercido de testigos vivos de
aquel episodio, como si la vida se detuviera en aquella fecha y no les hubiera
permitido hacer otra cosa que envejecer para contarlo. Y, a pesar de todo,
Andone Bidagueren todavía enrojece cuando se le pide por enésima vez que cuente
lo que vivió aquella tarde. “Todavía me acaloro, no lo puedo evitar”, se
reprocha.
El
lunes 26 de abril de 1937 corría el rumor de que el mercado iba a ser
bombardeado. Desde días atrás se hablaba en el pueblo de esa posibilidad. Ese
día, la madre de Andone, como de costumbre, se levantó temprano para ir a
vender leche al pueblo. Sobre las cuatro de la tarde volvió a casa. Hacía
calor. Mientras descargaba las marmitas de latón, las sirenas empezaron a
sonar. “Cada uno tiró por su lado. De mis seis hermanos, tres nos fuimos a la
ría. Pensamos que sería el sitio más seguro”. En el agua permanecieron muchas
horas, más de las que duró el bombardeo. Allí estuvieron hasta que anocheció.
“Del miedo no sentíamos frío”, recuerda Andone. Así hasta que sus padres les
gritaron que regresasen a casa: “Si vuelven los aviones que nos maten a todos
juntos”, dijo su padre.
Los aviones alemanes e italianos que
atacaron Gernika dejaron el pueblo completamente devastado. De los
6.000 habitantes, la mayoría se marchó con lo puesto por miedo a nuevos ataques
y porque en el pueblo la mayoría de las casas y negocios quedaron completamente
arruinadas. Bidagueren fue de las pocas vecinas que no huyó. A la mañana
siguiente, regresó a la panadería donde trabajaba elaborando levadura y ese día
coincidió por primera vez con Angel Santos Bareño, el hijo del dueño. Ella
tenía nueve años y él siete más. Doce años después de conocerse se convirtieron
en marido y mujer. Andone nunca se marchó de Gernika.
Para
otros vecinos, aquel bombardeo significó un exilio. A Javier Alberdi (9 años) y
a Luis Iriondo (14 años) el destino les obligó a un largo peregrinaje que duró
varios meses, un periplo forzoso por Bilbao, Santander y algunas ciudades de
Francia. Un año después regresaron a Gernika con la ciudad ocupada por las
tropas franquistas y la guerra sin terminar. Desde entonces no han abandonado
el pueblo, junto a otros 200 supervivientes más.
Algunos
no volvieron. Como Francisco García San Román (7 años) y sus dos hermanos. Los
tres hermanos viven en Guipuzcoa y no quisieron vivir más en el pueblo en el
que nacieron. Aún así, mantienen un vínculo especial con Gernika, y el próximo
jueves acudirán a los actos que se han organizado para conmemorar la efeméride.
¿Cuántos
quedan vivos? Las cifras que se barajan no permiten ser precisos a la hora de
conocer quienes siguen con vida, aunque se sabe con exactitud que en 1937
ninguno de estos supervivientes había alcanzado la mayoría de edad. Este año, y
para conmemorar el 75º aniversario, un grupo de ocho historiadores que han
constituido una asociación denominada “Los cronistas oficiales de Gernika” ha
actualizado los datos. Han contabilizado 153 muertos, aunque creen que podría
haber siete más. Este grupo de cronistas se encarga de recopilar la
documentación del pueblo. Su principal fuente es la memoria de estos
octogenarios porque las 5.771 bombas, la mayoría cilíndricas, de tres palmos de
largo y fabricadas una parte con piedra y otra con hierro, provocaron que todo
Gernika ardiera en llamas.
Los
supervivientes aún recuerdan que sobre el humo negro de las llamas destacaba un
polvillo blanco que convirtió todo el pueblo en una bola de fuego. Era el
fósforo con el que rellenaron las bombas. Se quemaron las fotografías de la
mayoría de vecinos y todos los documentos que se guardaban en el archivo
notarial, en el registro civil y en el de la propiedad. Las tres fábricas de
armamento fueron los únicos edificios que quedaron intactos. A día de hoy solo
uno de esos inmuebles sigue en pie a las afueras del pueblo.
Pese a
que la ciudad fue duramente golpeada, los habitantes de Gernika supieron como
reaccionar ante los ataques de los proyectiles y ello posiblemente salvó muchas
vidas. Aparte de los refugios privados que cualquiera podría haber improvisado
en casa, el Ayuntamiento había mandado construir siete públicos. Esas obras y
los rumores previos que anunciaron durante días la inminencia de un bombardeo
explica que, a pesar de la devastación, no se produjera una cifra demoledora de
víctimas.
Los
vecinos habían aprendido que cuando los guardias izaran las banderas en lo alto
del monte y las campanas doblaran con golpes secos, era el momento de ponerse a
salvo. “Por instinto, eché a correr al monte junto a mi primo. No paramos hasta
que llegamos a la ermita de Santa Lucía, que se encuentra a kilometro y medio
del centro del pueblo. Cuando acabó el bombardeo, fuimos a casa de una de una
de mis tías. Unas horas más tarde apareció mi madre", cuenta Javier
Alberdi, emocionado en la casa del jubilado. Es la hora del café y le acompaña
su mujer, Estibaliz Bidaguren, que entonces tenía seis años. Ella no conserva
tantos recuerdos. “De las pocas cosas que me viene a la memoria es que le
echaba la culpa a mi padre. No entendía nada de lo que había pasado”, rememora
Estibaliz. “Era una niña y no entendía nada”, sonríe.
A Luis
Iriondo, el día del bombardeo le pilló un poco más mayor. Justo en el momento
en el que los niños cambiaban el pantalón corto por el largo. El día anterior,
el domingo, fue el primero en la vida de Luis Iriondo en vestir pantalón largo.
Un día especial en la vida de un chaval. “Tenía 14 años y mi madre me dio
permiso para ponérmelo”.
Al día
siguiente, el lunes de mercado,Luis se encontró solo durante el ataque. Y con
el pantalón largo puesto. “Encontré refugio en uno de los cuatro búnkers de la
plaza del Ayuntamiento”, recuerda Iriondo. “No recuerdo cuántos éramos. Estaba
todo oscuro y apenas podía respirar. Al final nos tuvimos que agachar todos
para conseguir algo de oxígeno". Tanto se agobió que en uno de los
intervalos salió a la calle y prefirió guarecerse a la entrada del refugio.
“Recuerdo que intenté rezar alguna oración, pero el ruido de las bombas me
impidió terminar ninguna. Fue muy angustioso”. Luis Iriondo, a sus 90 años, es
de los pocos testigos que siguen hoy en activo: da clases de dibujo en Gernika,
ciudad a la que le ha dedicado muchas de sus pinturas.
El
calendario es el enemigo de la memoria viva. En 2010, la asociación Gernika
Gogoratuz, un centro de investigaciones por la paz, editó un libro en el que
narraba el testimonio de un total de 22 hombres y mujeres. En estos dos años
han muerto ocho. La asociación mantiene contacto con alguno de ellos. A otros,
como Miriem Gomeza, les han perdido la pista. “Ya no tienen energía. Sus hijos
se encargan de ellos y es más difícil localizarlos”, explican desde la
asociación.
A pesar
del paso de los años algunos supervivientes prefieren no recordar. A otros
tantos la memoria les empieza a fallar, pero Andone Bidaguren irá al cementerio
a conmemorar el aniversario. Días antes limpiará y llevará unas flores al
mausoleo que se construyó en 1995 para rendir homenaje a las víctimas. “A mis
nietos les insisto en que este episodio de mi vida no lo olvido”. Motivos no le
faltan. Aunque su pueblo quedó aniquilado tras el bombardeo, aún le quedan
motivos para sonreir: “Al día siguiente conocí al padre de mi hijo”.
Fuente:
El País,21 ABR 2012
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