“Era el tiempo de
mi Loredan y mi Misión en Oriente. ¿Qué es lo que me empujaba a seguir escribiendo?
¿Por qué no lo dejaba? ¿A qué temía? Mi época, sus verdaderos conflictos, los
míos propios, quedaban fuera de esas novelas, de esas páginas dudosamente
memorialísticas. El mío era un mundo novelesco y nada más que novelesco, una
forma de exorcizar las vidas pequeñas, tristes, de las que huía, la mía propia
sobre todo. No daba la voz a los que no la tienen, como había dicho en alguna
ocasión espartaquista, huía de ellos, como huye el que tiene guita del que no
la tiene, el que tiene suerte del que no, el que triunfa del que fracasa y el
sano del enfermo.
Había vivido en
un mundo novelesco, hurtándole el bulto todo lo que había podido a la triste
realidad. Intentando responder a esas preguntas, me di cuenta de mis propias
carencias y fragilidades, de todo lo que por pura precaución personal o sentido
del negocio, es inconfesable: la búsqueda desesperada del éxito, su necesidad,
su porqué, el peso del fracaso, relativo, pero fracaso al cabo, no confesado,
no admitido, en lo que de verdad era, las patrañas de relleno para engatusar al
oyente haciéndole creer que eres un ser excepcional, un sumo sacerdote, un
gurú, un clerc traidor o estafador,
descuidero, espadista, en lugar de un artista de variedades o un tramposo
redomado que va a por el botín disfrazando de grandes ideas el poco glorioso
prurito, la ignominiosa comezón de ser alguien y solo eso…
¿Qué busca un
escritor? Dice una cosa, la que mejor figure en el titular en negrita de la
página, “contar historias”, “comunicarme”, salvarme de la muerte”, “batallar
por la libertad y la justicia”…
“¡Bingo!”, pero
busca otra. Si el éxito le ampara puede decir lo que le dé la gana. Desdeñar
incluso lo que tiene, con un cinismo de campeonato, como si no fuera con él,
porque para el personaje novelesco es más rentable la falta de éxito, las
dificultades imaginarias, que el pendoneo continuo en primera línea del
escenario. Son muy pocos los que con su escritura buscan otra cosa. El riesgo
de no tener éxito alguno es enorme. Un día dejas de existir, entras en un túnel
de ostracismo, unos te evitan por una cosa, otras por otra y tú te pones
tremendo primero y acabas balbuceando, cagado de miedo.
Por si fuera
poco, tuve un trancazo por culpa “de que este hombre tiró mucho de sí por los
barrios de Dios, con un frío que pelaba”, dijo Lola que con Adrian Stoica se
ocuparon de mí aquellos días de nieve y me advirtieron de los efectos de los
medicamentos tumbaburros.
Y tenían razón
porque aquella primera semana de nieve y niebla, que desembocó en un sábado
radiante con un frío que pelaba, no paré de recorrer de manera obsesiva la
ciudad, cada día un poco más lejos, sin rumbo fijo: bisericas, villas ocupadas por gitanos, callejones ruinosos,
descampados, los que dejó lo que los rumanos llaman la Ceausima, una mezcla de
Ceaucescu e Iroshima, muchas calles desiertas flanqueadas de casas atractivas
testimonio de unas vidas extinguidas… No sabía lo que buscaba. Tal vez mi
propio rastro del día anterior: los mercados, la arquitectura Brancoveanu, las
casas cubistas, los cementerios, los nombres de las calles tan sugerentes: de
los Perfumes, del Astrólogo, del Rinoceronte… A veces me sentaba a comer unas mititeis medio cubiertas con una
cucharada generosa de mostaza amarillo oscura, en algún puesto callejero, entre
el humo de las asaduras, compartiendo mesa con quien tocara, obreros que comían
bandejas colosales de mititeis
acompañadas de jarras de cervezas o gente mayor, ancianos y ancianas, que
comían despacio, saboreándolas, su platillo de salchichas y que el primer día,
junto al mercado Matache, me enseñaron con una sonrisa cómo procurarme
cubiertos. Volví varias veces a ese comedor al aire libre, en pleno invierno, y
me los tropecé de nuevo y nos saludamos con una sonrisa de viejos conocidos. La
gente joven era más hosca, pero los mayores no, más bien afables si no estaban
hundidos en sí mismos.
Miguel
Sánchez-Ostiz
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