“¿Qué se puede
hacer en Bucarest? Viene en todas las guías. No hay nada nuevo: teatros,
restaurantes que cierran tarde, espectáculos eróticos, bares de trueno y de
trueno dorado para los especuladores, jugar a la ruleta en alguno de los
treinta casinos que encienden sus luces rutilantes, móviles, imaginativas, con
colorines y estrellitas, para que te guinden la panoja casi sin darte cuenta o
que te la guinden del modo que sea, andarla, andarla por lo caro. Pero a cierta
edad no hay ganas y tampoco apetece tirar el dinero por la ventana.
-¡Llévate Viagra!
No la compres allí por la calle, que igual te mueres –me había aconsejado el
del banco, cuando le dije que me iba a Bucarest.
Por cierto que la Viagra me la intentaron
vender en varios sitios, gitanos y no gitanos, en el mercado de Obor, junto con
un móvil, y en plena calle, al paso. Pero el que se me quedó grabado fue el
primero de los vendedores, un viejito que se sentaba en una silleta plegable en
la esquina de Victoriei con Lipscani y vendía tijeras para las uñas, limas,
cortaúñas, llaveros… Le compré unas tijeras que no cortaban y no cortan. Era un
héroe de no sé qué guerra que lucía en la solapa de la americana gris un par de
medallas indescifrables y una bandera rumana en el ojal. Muy ceremonioso.
Después de comprarle las dichosas tijeras Solingen inoxidables, que están
oxidadas, el viejo me tendió una bolsita de celofán e hizo un convincente
movimiento de émbolo con el brazo y el puño cerrado al tiempo que imitaba el
escape de una caldera de vapor. No compré, claro.
Mamao o sin
mamar, a partir de cierta edad, la noche siempre deja de ser una aventura
sugerente para convertirse en un peligro cierto. Puedes desaparecer por las
buenas y las malas. Puedes no aparecer en parte alguna o hacerlo en un
descampado, en un derribo, entre un montón de escombros, en algún rincón de un
parque. Tienes que tener alguien que te eche en falta en algún lado para no
desaparecer del todo. Una mañana de niebla, vi levantar un cadáver por la parte
de la calle Masina de Paine, cerca del cementerio de la Reinvierea, por donde
quedaban algunas casas de otros tiempos de un solo piso, tejado de pizarra de
pendiente acusada y medio enterradas en la tierra, casi por completo rodeadas
de derribos.
(…)
Aunque no he
visto lo que hacen los demás cuando cierran la puerta y desaparecen, o cuando
nos despedimos y ellos, mis interlocutores anónimos, se sumergen en la niebla o
en la oscuridad, me lo figuro. A veces escucho o he creído escuchar unos pasos
a la carrera, pero no me he vuelto, porque son de los que se alejan. Solo
merece la pena volverse cuando los pasos se acercan, pero esos, para cuando
quieres volverte para ver quién los da, ya tienes la garganta o la tripa de
cerdo en la garganta. Lo más sensato es no ponerse en situación de que te pase
eso, pero cuando te atrapa el demonio de la noche ya estás otra vez caminando
por el filo de la navaja, solo o acompañado, pero poniéndote en el disparadero
de contestar con alguna mentecatez a la pregunta, elegante esta, literaria,
metaliteraria incluso si nos ponemos bobos, y se trata de hablar por hablar un
rato, de “qué se puede hacer a partir de medianoche” en lugares tan curiosos
como El Aaiún, Valparaíso, Bucarest, Nápoles, Bayona… las ciudades, mis
ciudades, las de mis poemas viajeros.
A cierta edad,
con poca guita en el bolsillo y menos ganas, a partir de la medianoche, si no
quieres perder la vida o arriesgarte a perderla, si el rabo no acompaña o
acompaña poco, en proporción inversamente proporcional a la inversión que se
ponga en ello, anda, vete a casa, métete en la cama, y lucha como puedas con
las molestias gástricas, la artritis, la artrosis, la próstata, el insomnio,
las caries… A cierta edad, digo, a medio día, pero sobre todo a media noche, en
la ciudad en la que, digas lo que digas, no eres más que un extranjero, un
meteco, un majistoi, un strain, un extraño, un forastero al que,
como mucho, le aconsejan que coma lo más caro posible, compre y compre
artesanías deleznables y calle, mucho, y siga su camino, cuando comience a
oler, esto es, a los tres días, como el pescado. Un extranjero. Un espectador.
Alguien que aplauda la faena que tengan a bien mostrarle sus lazarillos de
ocasión, sus escortes o acompañantes que lo llevan de aquí para allá y le
cuentan sus milongas, sus cuecas porteñas, sus patrañas de pan llevar, sus
fantasías, que representen para él la comedia de tratarle como si fuera
alguien, el tener un agradecido público… el extranjero. Ese. Tú.”
Miguel
Sánchez-Ostiz
***



No hay comentarios:
Publicar un comentario