No hay mujer en
el mundo nombrada como yo. Ya sabe usted qué ridículos nombres se dan los
amantes: qué apelativos de perros y periquitos son fruto natural de las
intimidades carnales. Las palabras del corazón son infantiles. Las voces de la
carne son elementales. M. Teste, además, piensa que el amor consiste en poder ser tontos juntos –licencia para
toda memez y brutalidad-. Así que él me llama a su manera. Casi siempre me
designa según lo que quiere de mí. Por sí solo, el nombre que me da me hace
entender de una sola voz lo que me puede esperar o lo que hace falta que haga.
Cuando no desea nada en particular me dice Ser,
o Cosa. Y a veces me llama Oasis, eso me gusta.
Pero nunca me
dice que soy tonta –eso me conmueve muy adentro.
***
Su corazón es una
verdadera isla desierta… (…) Quizás, un día, encuentre una huella en la arena…
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“¡Qué luces!
–dijo el abad- ¡qué luces sacan a veces las mujeres de la simplicidad de sus
impresiones y de las imprecisiones de su lenguaje!...”
***
No sé qué es la
conciencia de un idiota, pero la de un hombre inteligente está llena de
idioteces.
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Hay personajes
que sienten que sus sentidos les separan de lo real, del ser. (…)
Lo que veo me
ciega. Lo que oigo me ensordece. Aquello de lo que sé me hace ignorante. Ignoro
en tanto y por cuanto sé.
***
No estoy hecho
para novelas ni para dramas. Sus grandes escenas, cóleras, pasiones y momentos
trágicos, lejos de entusiasmarme me llegan como míseros estallidos, estados
rudimentarios en que toda necedad se desata, en que el ser se simplifica hasta
la memez; y se ahoga en lugar de nadar en las circunstancias del agua.
***
Sé que no es el
mismo día, pero no hago más que saberlo.
***
No es vivir ese
vivir sin objeciones, sin esa resistencia viva, esa presa, esa otra persona, adversario,
resto individualizado del mundo, obstáculo y sombra del yo –otro yo-
inteligencia rival, incontenible –enemigo, el mejor amigo, hostilidad divina,
fatal-íntima.
***
Me parecía que
hubiera entre usted y yo dos distancias,
una todavía imperceptible, la otra inmensa ya; y no sabía cuál de las dos había
que tomar por más real…
***
Me temo mucho, mi
viejo amigo, que estemos hechos de muchas cosas que nos ignoran. Y justo por
eso nos ignoramos.
Paul
Valéry
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