viernes, 6 de abril de 2012

Ricardo Piglia / Diarios




Viernes
Ella acortó su viaje, y volvió anoche. Pasó varias semanas entre Filadelfia, Princeton y Nueva York. No quiso seguir a Los Ángeles indignada por el trato en los aeropuertos norteamericanos. “Te tratan como si fueras un prisionero político”, dice. En la escala de Dallas le requisaron la máquina de fotos y se la devolvieron a las dos horas con varias imágenes borradas. Desde hace años le saca fotos a las cámaras filmadoras de seguridad. “No les gusta que uno los retrate a ellos”, dice.



Lunes
A medianoche cuando afloja el calor salimos a caminar. Cruzamos la ciudad que va envejeciendo a medida que nos acercamos al río por el sur. En esa zona la costanera es bellísima. Hay parrillas con mesas al aire libre bajo los árboles. Pescadores en la escollera, de espaldas a la ciudad, con sus cañas y sus aparejos. Un parque de diversiones con farolitos de colores y juegos medio arruinados. Este es el mundo de Alrededor de la jaula y En vida, dos de los mejores libros de Haroldo Conti. Las luces lejanas de los barcos que cruzan el río son el único horizonte de esas historias sin salida.
Habitualmente los narradores más líricos y más atentos al paisaje narran el río. Se han escrito varias obras maestras en esa línea: Zama de Di Benedetto, El limonero real de Saer, Sudeste de Conti, La ribera de Wernicke, Hombre en la orilla de Briante. Buscan la lentitud; tienden a narrar en presente lo que ya sucedió. Algunas novelas de Conrad se mueven en esa dirección: el tiempo muerto es la motivación del relato. En El corazón de las tinieblas mientras espera que suba la marea del Támesis, Marlow cuenta la historia. Cuanto más profunda es la quietud, más intensa es la narración. La dispersión del flujo del tiempo se frena y la bajante, la calma, la creciente que no llega, se convierten en una metáfora del arte de narrar.



Martes
Voy al dentista. Me recomendó usar una placa de descanso. Es una línea de acrílico transparente —y muy firme— que reproduce la parte superior de la dentadura. De ese modo al dormir no seguiré haciendo rechinar los dientes. El crujir y el castañeteo eran signos de terror en las historietas y las novelas de aventuras que leía de chico. A la noche duermo apaciblemente y sueño que viajo en tranvía.



Jueves
Viene a casa Fernando Kriss, un amigo de toda la vida, profesor de filosofía, inactivo, o mejor, desactivado, según dice. Trae dos botellas de vino blanco. Compramos comida árabe en el restaurant de la esquina y nos sentamos a comer en el patio. Sin entrar en la moda actual donde todos hacen de expertos y dan varias vueltas con la copa en la nariz antes de tomar un poco de vino, empezamos una discusión delirante sobre la diferencia entre el chardonnay y el chenin. Podríamos aplicar, dice Fernando en la mitad de la primera botella, a la diferencia entre los vinos la teoría de los conjuntos borrosos. Es un tipo de lógica que pretende introducir silogismos no-perfectos, es decir, un conocimiento incierto, ambiguo, difuso. El razonamiento está basado en experiencias similares pero no idénticas, imprecisas digamos. Se ha casado cuatro veces. Hace un mes, su última mujer se fue de viaje y volvió a la semana sin que Fernando se hubiera dado cuenta de su ausencia. Llama a esos acontecimientos una experiencia con los conjuntos borrosos. Por ejemplo, dice, los periodistas ocupan hoy el lugar de los intelectuales y los intelectuales se han identificado con los periodistas. Típico caso de un conjunto borroso. Abrimos la segunda botella de vino. Al aire libre, la noche está espléndida.




Domingo
Leo en el Diario de Brecht (9-8-1940). “Sobre la concisión del estilo clásico: si en una página omito lo suficiente, estoy reservando para una sola palabra —por ejemplo, la palabra noche, en la frase — el valor equivalente a lo que he dejado afuera en la imaginación del lector”. Idéntica a la teoría del iceberg de Hemingway: solo que en el caso de Brecht se deja afuera lo que el lector conoce y en el caso de Hemingway se deja afuera lo que el lector no conoce.
En París era una fiesta refiriéndose a uno de sus primeros cuentos, escribe Hemingway: “En una historia muy simple llamada Out of Season (Fuera de temporada) omití el verdadero final en que el viejo se ahorcaba. Lo omití basándome en mi teoría de que se puede omitir cualquier cosa si se sabe qué omitir y que la parte omitida refuerza la historia y hace al lector sentir algo más de lo que ha comprendido”.

El cuento de Walsh ‘Esa mujer’ pertenece a la primera categoría. Todos los lectores —argentinos— saben que la mujer, a la que nunca se nombra, es Eva Perón. En cambio ‘La siesta del martes’ de García Márquez pertenece a la segunda. No se narra la escena central —con la mujer que va con su hija al cementerio bajo la mirada acusadora del pueblo— y el lector debe imaginarla. En los dos casos lo que se sustrae define la historia.



Martes
Jorge Mara prepara en Madrid y en Buenos Aires una exposición de trabajos de Eduardo Stupía con fragmentos de este diario. Eduardo usa mis notas de pretexto para avanzar en su investigación sobre las múltiples posibilidades de construir una imagen. Discutimos sobre los registros posibles de un diario. Ya sabemos que su única condición es cronológica y aleatoria. Se trata de registros que solo obedecen a la sucesión de los días. Un diario registra lo que todavía no es, digo yo. Eduardo se ríe, “demasiado metafísico”, dice. Jorge abre unas cajas de libros que ha recibido. Entre ellos el segundo tomo de la correspondencia de Beckett y varios libros sobre Lee Krasner. “Parece que el marido también pintaba”, dice Eduardo.



Miércoles
La vecina rusa. Ahora al recordar aquellos meses, pienso que si pude mantenerme relativamente cuerdo fue gracias a Nina Andropova, mi vecina rusa. Tenía una edad incierta entre los ochenta y los noventa años, un periodo en el que algunas mujeres florecen otra vez antes de extinguirse gloriosas. Delgada y menuda, de ojos acerados y pelo de un blanco luminoso, exhibía tal vivacidad y tal gracia que, antes que una anciana real, parecía una actriz que estuviera representando el papel de una distinguida dama entrada en años.



Viernes
En octubre de 1921 Kafka entregó sus cuadernos a Milena. (“¿Has encontrado en el Diario algo decisivo contra mí?”). Lo mismo hace Tolstói con Sofía su futura mujer (y ella nunca se lo perdona) y también Nabokov con Vera. En distintos momentos Pavese piensa en esa posibilidad (“lo escribo para que ella lo lea”). En mi caso quienes han vivido conmigo no solo leen estos cuadernos sino que además escriben en ellos. A veces hay precisiones sobre el contenido (En realidad pasamos la noche en el tren) y otras sobre la forma (¡Qué sintaxis espantosa!). Nunca escondo estos cuadernos porque no hay nada que esconder. Y quien los interviene solo quiere hacer saber que los ha leído. 
Ricardo Piglia

Fuente: El País

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