lunes, 23 de abril de 2012

Una mirada a la “justicia” y el poder de los dineros (siglo XVII) en “El Diablo Cojuelo” de Luis Vélez de Guevara.





“-Vuesas mercedes no se alboroten: que yo vengo a hacer mi oficio y a prender no menos que al señor Presidente, porque es orden de Madrid, y la he de hacer de Evangelio.
Palotearon los académicos, y don Cleofás se espeluzó tanto y cuanto, y el Fiscal, que era el Cojuelo, le dijo:
-No te sobresaltes, don Cleofás, y déjate prender, no nos perdamos en esta ocasión; que yo te sacaré a paz y a salvo de todo.
Y volviendo a los demás, les dijo lo mismo, y que no convenía en aquel lance resistencia ninguna; que si fuera menester, el Engañado y él metieran a todos los alguaciles de Sevilla las cabras en el corral.
-Hombre hay aquí –dijo un estudiantón del Corpus, graduado por la Feria y el pendón verde-, que, si es menester, no dejará oreja de ministro a manteazos, siendo yo el menor de todos estos señores.
El alguacil trató de su negocio sin meterse en más dimes ni diretes, deseando más que hubiese dares y tomares, doña Tomasa estuvo empuñada la espada y terciada la capa, a punto de pelear al lado de su soldado; que era, sobre alentada, muy diestra, como había tanto que jugaba las armas, hasta que vio sacar preso al que le negaba la deuda, libre de polvo y paja. El Cojuelo se fue tras ellos, y la Academia se malogró aquella noche, y murió de viruelas locas.
El Cojuelo, arrimándose al Alguacil, le dijo aparte, metiéndole un bolsillo en la mano, de trescientos escudos:
-Señor mío, vuesa merced ablande su cólera con este diaquilón mayor, que son ciento y cincuenta doblones de a dos.
Respondiéndole el Alguacil, al mismo tiempo que los recibió:
-Vuesas mercedes perdonen el haberme equivocado, y el señor Licenciado se vaya libre y sin costas, más de las que le hemos hecho; que yo me he puesto a un riesgo muy grande habiendo errado el golpe.
El soldado y la Tomasa, que también habían regalado al Alguacil, por más protestas que le hicieron entonces, no le pudieron poner en razón, y ya a estas horas estaban los dos camaradas tan lejos dellos, que habían llegado al río y al Pasaje, que llaman, por donde pasan de Sevilla a Triana y vuelven de Triana a Sevilla, y, tomando un barco, durmieron aquella noche en la calle del Altozano, calle Mayor de aquel ilustre arrabal, y la Vitigudino y su galán se fueron muy desairados a lo mismo a su posada, y el Alguacil a la suya, haciendo mil discursos con sus trecientos escudos, y el Cojuelo madrugó sin dormir, dejando al compañero en Triana, para espiar en Sevilla lo que pasaba acerca de las causas de los dos, revolviendo de paso dos o tres pendencias en el Arenal.
Y el Alguacil despertó más temprano, con el alborozo de sus doblones, que había puesto debajo de las almohadas, y, metiendo la mano, no los halló; y levantándose a buscallos, se vio emparedado de carbón, y todos los aposentos de la casa la misma suerte, porque no faltase lo que suele ser siempre el dinero que da el diablo, y tan sitiado desta mercadería, que fue necesario salir por la ventana que estaba junto al techo, y en saliendo, se le volvió todo el carbón ceniza; que si no fuera ansí, tomara después por partido dejar lo alguacil por carbonero, si fuera el carbón de la encina del infierno, que nunca se acaba, amén, Jesus.
El Cojuelo iba dando notables risadas entre sí, sabiendo lo que le había ocurrido al Alguacil con el soborno.”

Luis Vélez de Guevara

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