El
término Pensamiento Crítico puede resultar siendo una abstracción y hasta tener
un carácter tautológico, si no se precisa qué se entiende por tal denominación.
Una abstracción que puede convertirse en un mero enunciado, que se repite sin
mucho cuidado. Una tautología porque en rigor todo pensamiento que amerite tal
nombre debería ser crítico con todo lo existente y consigo mismo. Pero como hoy
se han entronizado en el mundo entero un conjunto de banalidades propias de un
pensamiento único, un pensamiento sumiso y un pensamiento abyecto, adquiere
sentido hablar de pensamiento crítico, no sólo para diferenciarse de estas
formas sino para rescatar la esencia de una reflexión que no se quede en la
mera contemplación, aceptación o apología de todo lo existente. En ese orden de ideas, y de manera algo
esquemática, intentaremos precisar cuáles serían en nuestro sentir y entender
las características del pensamiento crítico, que se encarna, por supuesto, en
hombres y mujeres de carne y hueso, quienes son los pensadores y las pensadoras
críticos.
1
Es un
pensamiento histórico: El sistema capitalista se
presenta a sí mismo como el fin de la historia, el mejor de los mundos, una
realidad insustituible sin pasado ni futuro y la realización plena del presente
perpetuo, que siempre gravita sobre lo mismo: sobre la producción mercantil y
el consumo exacerbado. Ni antes ni después del capitalismo se concibe la
existencia de otras formas de organización social, porque todo se sujeta al
endemoniado ritmo de la pretendida “destrucción creadora”, que promete un reino
eterno, aquí en la tierra, de opulencia y derroche. Para que todas estas
falacias se impongan se hace necesario cortar los vínculos de los seres humanos
con la historia, o mejor dicho, negar que nosotros somos seres históricos, que
estamos anclados al mismo tiempo en el pasado, el presente y el futuro, y que
en el pasado relucen los destellos de proyectos y alternativas de los vencidos
que iluminan el futuro, para que el presente no aparezca como una fatalidad que
tenemos que aceptar y contra la cual nada podemos hacer. Por eso, se ha
impuesto la amnesia y el olvido, para que aceptemos que siempre ha existido y
existirá el capitalismo, sin que podamos concebir otras formas de organización
social y otras maneras de relacionarnos entre nosotros y con la naturaleza.
Para
enfrentar esos prejuicios sobre la eternidad del presente capitalista, la
historia debe ser un instrumento indispensable de análisis y reflexión que nos
ayude a recuperar otras perspectivas, que nos recuerdan que el capitalismo es sola
una relación social históricamente constituida, que no representa ni mucho
menos el fin de la historia. El conocimiento histórico nos ayuda a comprender
que el presente actualmente existente es el resultado de procesos complejos en
donde, entre muchas alternativas, se impuso, a menudo con la violencia y la
irracionalidad, solo una de ellas. En breve, el pensamiento crítico se sustenta
en aquella célebre propuesta de Pierre Vilar de pensar históricamente, para
ubicar, localizar, relativizar, fechar, explicar, comprender y contextualizar
todos los procesos existentes, incluyendo al capitalismo.
2
Es un
pensamiento radical: Para develar la injusticia y la desigualdad se hace necesario ir a
la raíz misma de los fenómenos, con la finalidad de explicar sus causas
fundamentales. Esto es lo que quiere decir el término radical, hurgar en el transfondo de los
procesos, y no quedarse prisionero en el mundo de las apariencias. Un
pensamiento radical supone escudriñar sin concesiones en los mecanismos que
mantienen la dominación, la explotación y la opresión, llamando a las cosas por
su nombre, y desmontando las falacias ideológicas que se emplean para encubrir
con eufemismos la dura realidad. Por supuesto, la radicalidad del pensamiento
no es una cuestión puramente lingüística o retórica, puesto que la misma
utilización de ciertos conceptos (como capitalismo, imperialismo, clases
sociales, desigualdad) implica la adopción de un punto de vista, que tiene
consecuencias prácticas, en la vida de las personas que asumimos ese tipo de
crítica radical.
3
Es un
pensamiento anticapitalista: En sentido estricto, en la actualidad un pensamiento radical tiene
que ser anticapitalista, porque durante dos décadas se nos anunció que el
mercado perfecto se había hecho realidad tras la desaparición de la Unión Soviética y
su imposición garantizaba el crecimiento ilimitado y la satisfacción, vía
consumo, de las necesidades de todos los habitantes del planeta. Estas mentiras
han quedado hechas añicos por la crisis capitalista que se ha extendido por el
mundo desde el 2008, en la que se ha evidenciado que el costo de la crisis la
pagan los trabajadores, y los pobres, como lo estamos viendo en la Unión Europea ,
modelo por excelencia del triunfalismo capitalista, pero que hoy hace agua por
todos los costados y que sitúa al mundo en la peligrosa disyuntiva fascista de
la década de 1930. Si las cosas son así y se ha hecho palpable que el
capitalismo en lugar de contribuir a solucionar los problemas de la humanidad
los tiende a agravar con su lógica mercantil, basada en el lucro y el
crecimiento ilimitado, es necesario volverse a plantear una propuesta que vaya
más allá del capital.
4
Es un
pensamiento abierto: Para ser radicalmente
anticapitalista es indispensable apoyarse tanto en las más diversas tradiciones
revolucionarias como en el conjunto de las ciencias y las artes. El pensamiento
crítico precisa del dialogo permanente con diversos legados emancipatorios que
se han ido construyendo durante varios siglos en distintos lugares del planeta,
entre los que sobresale el pensamiento de Marx y sus seguidores más lúcidos, el
anarquismo, el ecologismo, el feminismo, el indigenismo y todo lo que ayude en
el propósito de reconstruir una agenda de lucha contra el capitalismo y el
imperialismo. Así mismo, como nos lo han enseñado los grandes pensadores de
nuestra América y de otros continentes (como José Carlos Mariategui, Antonio
Gramsci, George Lukacs), la reflexión crítica se enriquece en un dialogo
fecundo con las ciencias y la técnica, un intercambio necesario para afrontar
la crisis civilizatoria a la que nos ha conducido el capitalismo y en la cual
todos estamos inmersos. Porque esa crisis no se comprende al margen de los
impactos nefastos y contradictorios de las tecnociencias, lo que obliga a tener
unos mínimos rudimentos sobre las mismas, que permitan esbozar una distancia
crítica y mucha mesura y circunspección.
5
Es un
pensamiento que cuestiona la idea optimista de progreso: Tras
constatar los costos contradictorios de la filosofía de progreso, con todo su
cortejo de muerte y destrucción, es pertinente cuestionar al progresismo, en
todas sus variantes, y en especial el culto a la tecnociencia, por todas las
implicaciones prácticas que tiene. Hoy, cuando se ha impuesto la razón
instrumental y se ha generalizado el fetichismo de la mercancía que alienta la
lógica irracional de producir para consumir en un círculo vicioso cada vez más
destructivo, se torna urgente problematizar los proyectos progresistas que se
sustentan en el tener sobre el ser, en la cuantificación abstracta propia de la
mercancía despreciando el valor de uso, en la idea de consumir hasta el
hartazgo como sustituto del buen vivir en condiciones dignas. La crítica a la
filosofía del progreso es indispensable para abandonar las ilusiones sobre las
soluciones técnicas como forma de resolver los problemas que ha generado el
capitalismo (como los trastornos climáticos o la destrucción de los
ecosistemas), y volver a priorizar las soluciones sociales y políticas. Por
todos los avatares de los fallidos proyectos anticapitalistas del siglo XX y de
la tragedia ambiental y humana que se vive en China, ya no es posible seguir
rindiendo culto al Progreso. Esto, desde luego, resulta una idea poco popular
por la imposición generalizada del consumo de artefactos tecnológicos en la
vida cotidiana, pero que necesita plantearse para estudiar a fondo las
consecuencias nefastas de la ampliación a algunos reducidos sectores de la
población del modo estadounidense de producción y de consumo, frecuentemente
aplaudida como la máxima expresión de progreso, y que destruye a la naturaleza
y a los pobres.
Hay
que decirlo, esto no supone el abandono ni de la ciencia ni de la técnica, como
frecuentemente lo sostienen quienes creen que criticar al progreso es rechazar
por completo la modernidad y retroceder a la época de las cavernas. Más bien de
lo que se trata es de rescatar lo mejor de la modernidad para pensar en
construir otro tipo de civilización ecosocialista.
6
Es un
pensamiento ecologista y antipatriarcal: La destrucción ambiental se ha generalizado en el planeta, y
Colombia no es la excepción, y más ahora con las locomotoras de la minería y el
libre comercio. El ecocidio avanza de manera
incontenible al ritmo de la expansión capitalista por los cinco continentes,
como lo demuestran las cada vez más frecuentes catástrofes sociales, que
resultan de la destrucción de la naturaleza y de la mercantilización de los
bienes comunes. Esto obliga a atender, mediante la reflexión analítica, el
estudio de los límites ambientales del capitalismo y los peligros que eso
entraña para grandes porciones de la población, en primer lugar los más pobres.
Se necesita de una nueva sensibilidad que incorpore a la crítica
anticapitalista, que ha estudiado a fondo la contradicción capital-trabajo, una
crítica de similar importancia que dilucide la contradicción
capital-naturaleza, y que involucre a todos los sujetos sociales afectados por
esta segunda contradicción. En consecuencia, el pensamiento crítico requiere
ser profundamente ecologista, en una perspectiva que sea un complemento
indispensable del anticapitalismo.
Al
mismo tiempo, dados las notables contribuciones teóricas de diversas corrientes
del feminismo, en consonancia con el sometimiento de la mayor parte de las
mujeres, es prioritario que el pensamiento crítico asuma el cuestionamiento del
patriarcado y de todos sus componentes de opresión y de marginación de la mitad
del género humano.
7
Es un
pensamiento nacionalista e internacionalista a la vez: El capitalismo realimente
existente y sus ideólogos, entre los que sobresalen los neoliberales, se han
encargado de construir un falso dilema: ellos presentándose como los
globalizadores por excelencia, abjuran de todo lo relacionado con lo nacional,
como propio del atraso y de la barbarie. Esto lo han hecho con la finalidad de
justificar la entrega de la soberanía de los países y el regalo de los bienes
comunes que se encuentran en sus territorios, todo a nombre de una pretendida
modernización global. Al mismo tiempo, como respuesta a ese universalismo
abstracto, otros portavoces del capitalismo han suscitado feroces guerras
xenófobas en varios continentes, que han suscitado la xenofobia y la limpieza
étnica.
Contra
ese falso dilema –entre el universalismo abstracto y el chovinismo
nacionalista-, el pensamiento crítico debe y tiene que reivindicar otro tipo de
nacionalismo, junto con el internacionalismo. No se puede abjurar de lo mejor
de la configuración nacional en nuestra América, máxime en estos tiempos de la
vergonzosa desnacionalización que han impulsado las clases dominantes en estos
países, como se patentiza en Colombia. Esto no supone reivindicar ni mucho
menos un trasnochado patriotismo barato, propio de la mentalidad retrograda de
los terratenientes y ganaderos de Antioquia y otras regiones de este país.
Quiere decir, por el contrario, postular un nacionalismo cosmopolita, basado en
la máxima de José Martí: “Patria es humanidad”. Como quien dice, que estemos
asentados en nuestro territorio, pero para comprender mejor el mundo
relacionarnos en forma más adecuada con los otros países, y no creernos ni
mejores ni peores que los demás. Ese internacionalismo, además, es urgente
tanto para recuperar las mejores tradiciones de lucha de los dos últimos siglos
en nuestra América, como para solidarizarnos y compartir las utopías de los
oprimidos del mundo entero.
8
Es un
pensamiento anticolonialista y antiimperialista: Por reivindicar lo mejor de
lo nacional y lo mejor del mundo, el pensamiento crítico es, tiene que serlo,
anticolonialista y antiimperialista, porque hoy se ha reforzado el
colonialismo, que había sido seriamente debilitado en la década de 1960 con la
extraordinaria lucha de liberación nacional que adelantaron los pueblos
africanos y asiáticos, cuya gesta hizo gravitar la historia universal entrono a
lo que por entonces se llamaba el Tercer Mundo. Esta epopeya anticolonialista
generó imperecederos aportes intelectuales al pensamiento universal,
representados en la obra de Franz Fanón, Walter Rodney, Amílcar Cabral o Aimé
Césaire. Como ha quedado en evidencia hoy, el colonialismo en realidad nunca
desapareció, sino que más bien se encubrió bajo otros mantos y emergió con toda
su fuerza en las últimas décadas, asumiendo el viejo discurso eurocéntrico con
la retórica de la globalización. Esta nueva conquista, la colonización externa, en el caso de nuestra América, viene
acompañada de ese otro fenómeno que existe en este continente desde hace cinco
siglos, pero del que poco se habla, del colonialismo
interno, agenciado por las clases dominantes para mantener sus privilegios
a costa de la exclusión, discriminación y explotación de indígenas,
afrodescendientes y mestizos pobres.
La
nueva colonización es también, como siempre lo fue, cultural, y ahora
académica, porque de los centros hegemónicos de la cultura universitaria se
imponen nuevas modas intelectuales, que desdicen y niegan de lo propio de la
realidad de nuestro continente, de sus procesos de lucha y de sus propios
proyectos culturales, para implantar un lenguaje artificial e impostado,
elaborado para congraciarse con los nuevos imperialistas y sus mandarines
intelectuales. En consecuencia, el pensamiento crítico debe estar atento a
beber de lo más diversas fuentes, pero sin caer en las tentaciones de la
novedad y de las modas efímeras, impuestas desde Nueva York o desde Paris.
9
Es un
pensamiento que reivindica a los oprimidos
de todos los tiempos y a sus luchas: El pensamiento crítico pretende develar los mecanismos de
explotación y opresión en el presente, apoyándose en una visión histórica en la
que emergen los sujetos que se han rebelado contra las diversas formas de
dominación en diversas épocas. El conocimiento de los procesos históricos
señala que incluso en las peores condiciones, como en la época de la esclavitud
moderna, que perduró cuatro siglos (entre 1500 y 1890), hubo protestas,
sublevaciones y rebeliones, propias de lo que puede llamarse la hidra de la inconformidad de los
plebeyos. Cual hidra
mitológica que renace aunque se le destruya la cabeza, lo mismo ha sucedido en
diversos momentos de la historia del capitalismo, cuando a pesar de la tortura,
persecución y asesinato de líderes y dirigentes populares, la protesta de los
subalternos reaparece una y otra vez. Estudiando las luchas de los vencidos, se
alimenta el fuego de la inconformidad en el presente, porque aquéllos nos
acompañan desde la posteridad, con la memoria de sus acciones, de acuerdo al
postulado de Walter Benjamin de no pedir “a quienes vendrán después de nosotros
la gratitud por nuestras victorias sino la rememoración de nuestras derrotas.
Ese es el consuelo: el único que se da a quienes no tienen esperanza de
recibirlo” 1 . En resumen, el síndrome
de Espartaco basado en el lema “Me rebelo, luego existo”, debería sintetizar la
rememoración de los que han luchado en todos los tiempos, un componente
indispensable del pensamiento crítico.
10
Es un
pensamiento comprometido y no meramente contemplativo: Los enormes problemas que
afronta el mundo actual, agravados todavía más en nuestro continente por la
dependencia y servilismo de las clases dominantes, requieren tanto de una
reflexión seria y rigurosa, como del involucramiento de esa reflexión con los
problemas de la gente común y corriente. En pocas palabras, se trata de que el
pensamiento se encarne en sujetos concretos para devenir en praxis
transformadora, a la luz de los problemas específicos que afronta la mayor
parte de la población. No estamos hablando de una instrumentalización
artificial de las ideas, que abjure de la importancia de la reflexión y que
desprecie el trabajo intelectual, sino de la necesidad de vincular, de alguna
manera, esas reflexiones con los problemas reales de la gente. Me gusta
reivindicar nuestra actividad como propia de los trabajadores del pensamiento,
como lo hacia Julio Antonio Mella cuando decía: “Intelectual es el trabajador
del pensamiento. ¡El trabajador!, o sea, el único hombre que a juicio de Rodó
merece la vida, es aquel que empuña la pluma para combatir la iniquidades, como
los otros empuñan el arado para fecundizar la tierra, o la espada para libertar
a los pueblos” 2 . Si situamos
la elaboración de pensamiento crítico como un trabajo, y no como una refinada
actividad especulativa al margen del mundo real, tendremos más oportunidad de
vincularnos con el resto de trabajadores, incluyendo a los que con sus manos
laboran la tierra o fabrican las cosas. Así podríamos declarar, a nuestra
actividad como una artesanía del pensamiento, una artesanía que genera
productos intelectuales que, directa o indirectamente, deben tener alguna
utilidad para la gente.
Por
otra parte, el pensamiento crítico no abjura de sus compromisos y por eso sabe
que es perseguido y reprimido, porque pretende encarnar otro proyecto de mundo
y de sociedad, que resulta insoportable para los detentadores del poder y la
dominación en nuestro tiempo, donde quiera que se encuentren. El pensamiento
crítico hace suya la consigna del filósofo de Tréveris, su undécima tesis: “Los
filósofos se han limitado a interpretar el mundo, de lo que se trata es de transformarlo”.
En
ese mismo sentido, el pensamiento crítico además de estar comprometido con los
pobres y desvalidos, es un pensamiento alternativo, porque con ellos busca
elaborar propuestas anticapitalistas, planteando que otro mundo es posible y
necesario, si no queremos que el capitalismo sea el fin de la historia en el
sentido literal de la palabra, si dejamos que nos destruya a todos y a nuestro
planeta.
11
Es un
pensamiento universitario y extrauniversitario al mismo tiempo: La
universidad pública ha sido una conquista de las sociedades latinoamericanas,
conquista lograda con mucho esfuerzo y con el sacrificio de estudiantes y de
profesores. Durante mucho tiempo se ha buscado que esta universidad fuera un
espacio democrático y popular, lo que efectivamente se logró en algunos países
de la región, México es el principal ejemplo. En los demás, a pesar de los
obstáculos, la universidad pública ha sido durante algún tiempo el faro
intelectual que alumbraba con ideas y proyectos transformadores, que incidieron
fuera de los campus universitarios. Ahora estamos asistiendo a la
transformación de la
Universidad Pública en un mercado educativo que vende
servicios y quiere convertir a profesores y estudiantes en oferentes y clientes
de combos mcdonalizados. Para hacer realidad ese propósito es indispensable
erradicar de los campus a todos aquellos que cuestionen, critiquen y duden, ya
que la universidad de la ignorancia requiere profesores, estudiantes y
funcionarios obedientes y sumisos. En concordancia, la consigna de los
mercaderes de la educación es erradicar el pensamiento crítico del mundo
universitario, so pretexto de que no es ni útil ni rentable. Esa es la
situación que hoy afrontamos de manera directa todos los que hemos hecho de la
universidad pública nuestro proyecto de vida. Es necesario, entonces, defender
ese territorio democrático de los embates del capital nacional y extranjero,
para preservar la libre exposición y discusión de ideas, proyectos y propuestas
para construir naciones y sociedades justas e igualitarias.
Puesto
que el mundo universitario solamente representa a un ámbito reducido de la
población y grandes problemas de la sociedad son asumidos por organizaciones
populares, que construyen sus propios instrumentos analíticos, es necesario que
el pensamiento critico se relacione con esos proyectos y esas luchas, para que
aprenda de ellas y se nutra de esas experiencias, a las que luego podrá
realimentar en forma dialógica. Es decir, el pensamiento crítico también se
construye fuera de los espacios universitarios, en la calle, en la plaza
pública.
12
Es un
pensamiento digno: Para terminar, deben
mencionarse las implicaciones éticas del pensamiento crítico, lo cual está
relacionado con los intereses que representa, con las fuerzas sociales de las
que aprende, se nutre y a la vez alimenta, y a los valores que defiende. Al
respecto, la dignidad es una de sus características
distintivas. Por dignidad entendemos muchas cosas, entrelazadas y
complementarias: la independencia de criterio; la libertad de critica; la
insubordinación; la defensa de los desvalidos; el valorar a las cosas por lo
que son y no por su precio monetario; asumir los costos y las consecuencias de
lo que se dice sin hacer concesiones ni traficar con los principios morales; no
arrodillarse ni subordinarse a los amos y poderosos, a cambio de retribuciones,
o reconocimientos formales, que buscan la claudicación; y, mantenerse al lado
de los oprimidos sin importar que eso implique la marginación y la
criminalización. El pensamiento digno no se vende por unas cuantas migajas, no
se desmorona ante las lisonjas y halagos interesados de los mercachifles del
saber y de la investigación, no se subordina a los dictados de la figuración
mediática propia de la sociedad del espectáculo, no escribe ni diserta sobre
aquello que proporcione dinero y fama, no negocia con el saber como si fuera
una mercancía, no se cotiza en la bolsa de valores del arribismo intelectual.
Quienes cultivan el pensamiento crítico caminan con rectitud con la frente bien
en alto, por un sentido acendrado de dignidad, y no como le sucede a los
portavoces de la mentalidad sumisa, por desgracia la vasta mayoría que, como lo
afirma el dramaturgo italiano Darío Fo,
“andan erguidos porque la mierda les llega hasta el cuello”.
Notas:
1. Citado
en Michael Lowy, Walter
Benjamin, aviso de incendio. Una lectura de las tesis “sobre el concepto de
historia”, Fondo de Cultura
Económica, Buenos Aires, 2005, pp. 135.
2. Julio
Antonio Mella, “Intelectuales y tartufos”, en Escritos
revolucionarios, Siglo XXI
Editores, México, 1978, p. 44.
Fuente: Rebelión.
***











Notable artículo.
ResponderEliminarAlgunas notas: Introducción. Creo que es necesaria la distinción de los términos "pensamiento crítico". Decir que todo pensamiento es, por ser pensamiento, crítico en sí mismo (o, lo que es lo mismo, decir que la crítica es parte inherente al pensamiento) es una petición de principio. Mejor establecer los valores de los términos y dejar en claro cuáles son (con ello se evita, también, la crítica falaz, la que le otorga otros valores que no les son propios).
1. Es cierto, se quiere hacer creer que la victoria panglosiana es el punto final del hombre de hoy. Para ello se sigue recurriendo al famoso y falaz "fin de la historia".
3. el problema, ahora, radica en que el capitalismo es el dueño del mayor poder del momento (exceptuando el militar): el poder mediático. La batalla, hoy, es comunicacional. No es infrecuente encontrarse hoy con personas víctimas del capitalismo que lo defienden como si no hubiese otra opción posible (Heidegger y el "Estado de interpretado", etc.)
4. Hoy se está revisitando a Marx de manera constante (v.gr.:Eric John Ernest Hobsbawm) pero, como dije en el punto anterior, los medios insisten en demonizarlo más que nunca.
5. Otra vez Heidegger (crítica al tecnociencia). El último párrafo es fundamental. en un todo de acuerdo. (Iba tomando notas mientras leía, y el último párrafo me hizo tachar una extensa crítica).
6. Síntesis: La doctrina del Shock, de Naomi Klein.
7. Creo que latinoamérica -más allá de las crítica de las que es objeto (fundadas o no)- está avanzando en ese camino, aunque no es fácil.
8, 9, 10. En un todo de acuerdo.
11. Por fortuna, la universidad en Argentina, además de ser libre y gratuita, es un centro de formación y participación política (el cual es ampliamente criticado por el stablishment: "A la universidad se va a estudiar, no a hacer política").
Excelente post, excelente blog, como de costumbre.
Borgeano, te agradezco tu comentario. Precisamente decidí publicar este artículo de Renán Vega Cantor, que leí en “Rebelión”, porque pone sobre el tapete algunas de las cuestiones más claramente “actuales e importantes” que interesa debatir entre las filas de todos aquellos que están comprometidos, de una u otra forma, con el cambio “radical” del Sistema Capitalista.
ResponderEliminarEn mi opinión, lo más triste de la situación actual, es que precisamente cuando el capitalismo ha llegado en su delirante carrera a un punto tal de incoherencia interna y locura depredadora autodestructiva (me recuerda la portentosa imagen que crea Melville en Moby Dick, cuando describe a los tiburones cegados y furiosamente enfebrecidos por el olor a sangre de la ballena muerta, asestándose dentelladas en su propio vientre y mordiéndose frenéticamente sus propias tripas.) que aquellos que deseamos mandarlo, al capitalismo digo, al baúl de la historia, no podemos seguir mirándonos el ombligo y anclados en nuestros viejos sectarismos y, una vez más, darles a los poderosos la oportunidad de salir de su aturdimiento y levantarse de la lona. Es la hora de borrar del mapa este orden de cosas; no podemos dejar pasar esta ocasión histórica. El capitalismo y su insaciable avaricia y su afán desmedido de corrupción y destrucción ha puesto (objetivamente) en su contra, bien que en diferentes grados al 99% de la población del planeta. Es hora de arrebatarles el timón a esa minoría criminal.
Un saludo