A la puerta de la Residencia le esperaba
un taxímetro con el motor encendido. El vehículo atravesó Madrid a gran
velocidad y se detuvo en el hotel Palace.
Pepe Ortega descendió, miró a ambos lados para
asegurarse de que nadie le seguía y entró en el hotel.
Llamó a la puerta de la suite presidencial.
-Dígame.
-Todas las tortillas de patatas son redondas
–aseguró Ortega.
-Adelante.
Era la clave convenida.
A la mesa había cinco hombres de mediana edad,
aspecto discreto y mandíbulas implacables. Pepe les llamaba “la Corporación ” y los
había identificado con números, ya que nunca le habían dicho sus nombres.
Sabía que entre los cinco controlaban más de la
mitad del capital financiero nacional.
-Caballeros, la cosa marcha –dijo Ortega con
entusiasmo.
Ninguno respondió y Ortega comenzó a perder el
aplomo que tanto le había costado reunir. Él era gallo del gallinero. A los
poetas los tenía en un puño. Esas cien señoras que formaban “la vida cultural”
madrileña comían en su mano. Los periodistas temblaban como gelatina en su
presencia. Sus queridas marquesas, esas mujeres fáciles en una edad difícil, se
le abrían de piernas o se la chupaban a la más mínima indicación, en cuanto les
hablaba de la “orificada tortilla”. Madrid era suyo, sin embargo…
Esos cinco hombres siempre le intimidaban. Ahora,
de pronto, se sentía un payaso con sus zapatos de dos colores, su pajarita, su
canotier y el ridículo bastón.
Aquellos tipos ni siquiera eran elegantes. ¿Para
qué? Ellos tenían el poder real.
Iban vestidos con trajes anodinos. No se
entusiasmaban con nada. Jamás daban muestras de impaciencia. Ni sonreían ni se
disgustaban. ¿Arte deshumanizado? Bueno, pues ahí tenía Ortega la
deshumanización y, la verdad, así, vista de cerca, le daba escalofríos.
Pepe Ortega tragó saliva y repitió con un hilo de
voz:
-Sí, en efecto, la cosa marcha. Muy pronto verán
resultados.
-Mire, señor –dijo Número 2 con tono de resignada
paciencia-, no se preocupe por eso.
-El ROI es cosa nuestra, Ortega, no tenemos prisa
–añadió Número 3, y luego, ante el gesto de perplejidad del filósofo, aclaró-: Return of the investment.
-El retorno de la inversión está calculado a
medio o largo plazo, ya se lo hemos dicho –remachó Número 5.
Ortega asintió. Número 2 volvió a tomar la
palabra:
-Number one:
consiga una generación literaria. Arrégleselas como quiera, no nos concierne. Y
no repare en gastos. Le hemos montado una Residencia a la inglesa, una Revista de Occidente, una editorial, en
fin… lo que haga falta. Y number two:
consiga un arte impopular…
-Un arte antipopular, más bien –puntualizó Número
5.
-Correcto. Un arte que divida al público en dos
grupos: una minoría que “lo entiende” y una mayoría que “no lo entiende”.
-Es como el cubismo, Ortega, ya sabe, esos
monigotes que pintan en París. ¿Ha oído hablar de ello?
¿Cómo podían tratarle así a él, al primer
filósofo de España, al seductor de aristócratas, al hombre que había leído a
Kant y a Hegel en su intraducible alemán?
Ortega sintió que la rabia le hinchaba las venas
de la frente. Sabía que se le estaban poniendo las orejas rojas como pimientos.
La Corporación
lo notaría y él no podía hacer nada por impedirlo. Cuanto más pensaba en ello,
más se le enrojecían, lo sabía.
Por supuesto –respondió ofendido-. Conozco muy
bien la pintura de Picasso…
-Le felicito, Ortega –le interrumpió Número 5.
-La pintura es más rentable –comentó Número 3.
-Hay que tener paciencia, esta es una inversión a
largo plazo –observó Número 2-. Cuando pase lo que tiene que pasar.
Siempre hablaban de lo mismo y Ortega estaba
hasta las narices de no entender nada. ¿Qué iba a pasar? ¿A qué venía tanto
secreto y tantos augurios? ¿Cuáles eran esas negras nubes que se cernían sobre
el horizonte?
Él, desde luego, no veía nada, todo iba sobre
ruedas, a pedir de boca y como la seda. Él veraneaba en Biarritz, donde leía a
Confucio. Las chicas practicaban el flirt,
con un concepto deportivo, orteguiano, del erotismo. Por las noches había
carreras de velocípedos en La Castellana. Le
invitaban al golf y luego, en la verandah
del chalet, estaba servida la mesa.
Comerían la “orificada tortilla”. Como él decía, cada uno era dócil a su dharma; eso era lo fundamental. No había
que revelarse contra el propio dharma.
El suyo era ser el primer filósofo español y había quien tenía como dharma jugar al golf, como la marquesa
de Tamariz, su “Alicia incalculable”… ¿Dónde narices estaba el peligro
inminente?
-Estos son los halcyon days, caballeros –resumió Número 3-, pero se acabarán
pronto.
-Of course
–dijo Ortega y, nada más decirlo, se sintió ridículo: había emitido algo como “ofcurs”, igual que si se hubiera
atragantado.
Otra vez los alciones. Había tenido que mirarlo
en el diccionario. En inglés, al parecer, los días alciónicos eran los días
felices, ligeros, aéreos. Nietzsche hablaba de eso, lo recordaba. La expresión
inglesa al parecer venía de esos días, en el solsticio de invierno, en los que
se apacigua el viento en el mar y los alciones hacen sus nidos. ¿Qué se habían
creído? ¿Qué él se chupaba el dedo? ¡Miau! Pues él, por su cuenta, ya había
elaborado toda una teoría, el alcionismo: la calma jovial, el sosiego activo,
el alcionismo de Cervantes, por ejemplo.
Sonaba bien, aunque de momento no se entendiera,
y con razón, porque Pepe aún no tenía del todo claro lo que quería decir.
Ya se le ocurriría algo, y entonces… ¿se iban a
enterar!
-Llegará un día en que nos interese vender
distinción, “capital simbólico” –le explicó Número 2.
-Entonces ya no servirá, no sé, pongamos por
caso, un Galdós, un Bécquer… Serán de calidad, a nosotros eso nos da lo mismo.
El problema es que los entiende todo el mundo –explicó Número 3-. Nosotros
vamos un poco más allá. Haga un esfuerzo, Ortega. Hay que crear un tipo de arte
que aporte capital simbólico…
-Ahí es donde está el negocio –corroboró Número
2.
-Un nuevo segmento de mercado, Ortega –concluyó
Número 4.
Usted va a crear una clase dirigente literaria:
unos mandarines, ¿lo comprende? Los encargados de darle valor a determinados
productos culturales, de convertirlos en capital simbólico.
Pensó que iba a estallar de rabia. Si seguían
tratándole como a un niño, le iban a reventar las orejas.
-¡Tengo a los mejores! Alberti, Lorca, Salinas,
Dámaso Alonso… -expuso Ortega.
-No estoy seguro de que lo entienda. Eso a
nosotros nos trae sin cuidado. Como si son un churro, Ortega, no hay ninguna
diferencia. Su cometido es crear un nuevo público que esté dispuesto a pagar a
cambio de distinción. Que piensen que entienden algo que el resto no entiende.
-Le voy a poner un ejemplo –ayudó Número 3-.
¿Usted cree que alguien distingue un Picasso de los garabatos de mi sobrina de
cinco años? Por supuesto que no, pero eso da lo mismo. Hay unos mandarines que
sancionan a Picasso como valioso y a mi sobrina, en cambio, no. Y eso nos
conviene a todos. ¿Por qué? Mire usted, ayer adquirí diez Picassos. Son diez
churros, Ortega, se lo garantizo, pero ¿sabe usted lo que pueden valer dentro
de cincuenta años?
-Hay mucho papanatas –se atrevió a decir Ortega.
-Nosotros preferimos hablar de capital simbólico.
No hacemos juicios de valor –le aclaró Número 2.
-Voy a organizar una sonada, pierdan cuidado
–explicó Ortega-. Revistas, recitales, polémicas en la prensa…
-Cuente con el presupuesto que necesite. No hace
falta que nos informe de los detalles –le indicó Número 5.
-Confiamos en usted, señor Ortega. Recibirá el
santo y seña para la próxima reunión por el conducto habitual –añadió Número 3.
Ortega se levantó, hizo, a su pesar, una
reverencia y abandonó la sala andando marcha atrás.
Estaba furioso. Sentía incandescencia en las
orejas.
Decidió visitar a una de sus queridas marquesas
felatómanas.
Rafael Reig
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