jueves, 24 de mayo de 2012

Párrafos de… “Manual de literatura para caníbales (2)” (Rafael Reig)






“Con visible esfuerzo, Darío se puso de pie, eructó, se sacudió las manchas de tierra de las rodilleras del pantalón y pronunció su legendaria frase sacramental, la que repetiría sin cesar a lo largo de su vida:
-Tengo sed.
José Nepomuceno le vio servirse dos copas seguidas de un líquido más oscuro que el whisky. Era Martell tres estrellas, su coñac favorito.
Antes de que le mandaran a acostar, alcanzó a ver de nuevo al poeta, otra vez en el patio, apretando ahora con las dos manos las nalgas de una sirvienta negra que iba cargada con una bandeja.
-¡Todo lo que llega al asador es carne, piojo! –le dijo Rubén con un gesto cómplice-. Carne, celeste carne de mujer…
Y se puso a recitar a voz en cuello:

La vida se soporta,
Tan doliente y tan corta,
Solamente por eso:
¡roce, mordisco o beso!





Esa noche, José Nepomuceno tuvo una pesadilla: soñó que en la bandeja de plata la mujer negra llevaba la cabeza cortada de Darío.
No volvió a ver al poeta hasta 1905, al otro lado del océano Atlántico y cuando Cuba ya era independiente.
Rubén había sido el Mozart de la literatura. Su nacimiento, en Metapa, Nicaragua, vino precedido de numerosos presagios y confusas señales: hubo un eclipse de luna, dos tormentas de batracios y cuatro incendios forestales. Durante todo el periodo de gestación del poeta, su madre tuvo ataques de hipo y el resto de las mujeres de Metapa dejaron de reflejarse en los espejos cada vez que menstruaban. El día 17 de enero de 1867 el cielo se cubrió de relámpagos, parecía una tela de araña que enredara constelaciones, planetas, aerolitos y estrellas fugaces; las aguas del Pacífico se tiñeron de rojo; en tierra firme se sintió un temblor, como de cascos o pezuñas de una lejana estampida de piafantes cuadrúpedos; luego los somorgujos cantaron sin piedad y sin dejar de repetir un torturante estribillo de cinco notas. Al amanecer del 18 se hizo el silencio, el horizonte se cubrió de sangre, en el mar cesó el oleaje, las flores de los jarrones perdieron de golpe todos sus pétalos: acababa de nacer el príncipe de los poetas.
-De mí sé decir que a los diez años ya componía versos y que no cometí nunca ni una sola falta de ritmo –presumiría luego Rubén.
A esa misma edad, sin embargo, su maestra ya tuvo que castigarle por las bellaquerías que hacía con una chica de la escuela.
Se crió como hijo de un tal coronel Ramírez, que fue quien le llevó a conocer el hielo. Con este recuerdo decisivo da principio Rubén a las memorias que publicó años después.





Además del hielo, el coronel le hizo conocer “las manzanas de California y el champaña de Francia”, con el que iniciaría un largo y penoso trayecto de bebedor sin remedio.
Se enamoró de “la garza morena”, Rosario Emelina Murillo, pero sus amigos se lo llevaron a El Salvador para impedir el matrimonio, que al parecer era imposible por una razón que entonces el poeta no podía aún adivinar.
En 1884 trabaja en la Biblioteca Nacional. Se lee de la primera página a la última la Biblioteca de Autores Españoles de Riva deneyra y, según asegura la leyenda, se aprende de memoria el Diccionario de la Real Academia entero.
En 1886 se va a Chile “a causa de la mayor desilusión que pueda sufrir un hombre enamorado”, es decir, la constatación de que la garza morena no era virgen. En esas condiciones, ni Rubén ni nadie podía casarse con ella, como ya sabían de sobra los amigos que le trasladaron a El Salvador.
En Santiago de Chile sigue una dieta rigurosa: se mantiene a base de arenques y cerveza. Vaya donde vaya, se ríen de él: ¿cómo se le ocurre a un indio lanzarse a conquistar la gloria? Le llaman indito, chorotega, mestizo, caníbal y mono bajado de un árbol.
Por fin, en 1888 publica Azul, el punto de arranque del Modernismo.
(…)
…Rubén se lleva de contrabando el Modernismo a Madrid.
Era verdad: “Peregrinó mi corazón y trajo de la sagrada selva la armonía”… (…)




Para la historia de la literatura fue aquella la novedad más importante que hasta entonces había llegado de América a España.
De América vinieron, que ahora recuerde, el trigo, las patatas, los loros, el bolero, los corridos mexicanos, mi Panamá fabricado a mano en Ecuador, el realismo mágico y los de Palacagüina.
Nosotros a cambio les llevamos la sífilis, la única religión verdadera, los caballos, el Quijote, la Compañía de Jesús y esos otros inventos españoles que han cambiado el curso de la Historia Universal: la fregona, el futbolín, el submarino de Isaac Peral, la guerrilla y el aparcamiento en doble fila.”

Rafael Reig

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