“Al final de mi viaje hay un muro. Es un muro bastante especial. Para
empezar, es circular. En su interior, entre otras muchas, está la tumba del
poeta surrealista Marcel Broodthaers, amigo de Magritte, y la de Charles de
Coster, autor de las aventuras de Thyl Uylenspiegel y los tercios de Flandes. Y
también del escultor y pintor Constantin Meunier, el cual, mientras Rodin
adulaba a la burguesía con escenas mitológicas y poses intelectuales, se
ocupaba de retratar la dura condición del obrero en las minas de hulla.”
“Puede que ya no exista el internado. (…) Hay un enorme candado en la
reja. La puerta, pintada de verde, me parece menos imponente que entonces. La direction décline toute responsabilicé en
cas de vol ou d’accident. Me pregunto qué sentido tiene esta pancarta en la
parte inferior del muro, qué miedo habrían de tener a robos y accidentes, aquí
precisamente, tras estos muros, donde tantas vidas jóvenes se hurtaron al
mundo. ¿Qué fue lo que me robaron cuando entré aquí? ¿Qué otra vida podría
haber tenido de no haber estado en tal reclusión? ¿Qué fue lo que me
devolvieron, qué tipo de libertad, a partir del momento en que aquella monja
altiva y despiadada firmó mi expulsión? Mére Vipére: tal era el apodo que le
puse a la superiora en cuanto comprendí que el nombre de Mére Marie no le
convenía lo más mínimo; más adelante supe que habría conservado el apodo hasta
su muerte. Mére Vipére decidió que aquella niña de doce años que leía a
escondidas, bajo las mantas, las novelas de Alejandro Dumas y se interesaba por
las contiendas entre católicos y hugonotes no debía permanecer en tan honesto
lugar. Acabará usted como su madre, me espetó, herida e hiriente, cuando me
negué a bajar los ojos ante sus acusaciones.
Mi madre, a quien nunca terminé pareciéndome, vino a buscarme. Olía a
palmeras y a lejanías.”
“Todo razonamiento medianamente bien trabado da como resultado una
obviedad. Las conclusiones de un discurso están, como es sabido, contenidas en
las premisas; el razonamiento es simplemente un desarrollo, responde al gusto
que la mente tiene por el despliegue, su horror a la concisión, al vacío que lo
simple augura.”
Chantal Maillard
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