viernes, 29 de junio de 2012

Deleuze sobre Sartre






ÉL FUE MI MAESTRO

Triste generación la que carece de maestros. Nuestros no son únicamente los profesores públicos, aunque tengamos gran necesidad de profesores. En el momento en que alcanzamos la mayoría de edad, nuestros maestros son aquellos que nos impresionan con una novedad mayor, los que saben inventar una técnica artística o literaria y encontrar la forma de pensar correspondiente a nuestra modernidad, es decir, tanto a nuestras dificultades como a nuestros difusos entusiasmos. Sabemos que el arte, e incluso la verdad, no tienen más que un solo valor: lo que es “de primera mano”, la auténtica novedad de lo que se dice, la “musiquilla” con la que se dice. Eso fue Sartre para nosotros (para la generación que cumplió veinte años en el momento de la Liberación). ¿Quién, excepto Sartre, supo decir entonces algo nuevo? ¿Quién nos enseñó nuevas formas de pensar? Por brillante y profunda que fuese, la obra de Merleau-Ponty era profesoral y dependía de la de Sartre en muchos aspectos (Sartre asimilaba de buen grado la existencia del hombre a un “agujero” en el mundo: pequeñas lagunas de “nada”, decía; Merleau-Ponty las consideraba como pliegues, simples pliegues y dobleces; de ese modo se distinguía un existencialismo duro y penetrante de otro más blando y reservado). Camus, ¡ay!, se reclamaba de la estirpe de los pensadores malditos, pero toda su filosofía nos conducía a Lalande y Meyerson, autores muy conocidos ya por los bachilleres. Los temas nuevos, cierto estilo nuevo, una forma nueva, polémica y agresiva de plantear los problemas, todo eso procede de Sartre. Entre el desorden y las esperanzas de la liberación, descubrimos o redescubrimos todo: Kafka, la novela norteamericana, Husserl y Heidegger, las infinitas actualizaciones del marxismo, el impulso hacia una nueva novelística… Todo pasa por Sartre, no solamente porque, en cuanto filósofo, poseía el genio de la totalización, sino porque sabía inventar lo nuevo. 




Las primeras representaciones de Las moscas, la aparición de El ser y la nada, la conferencia El existencialismo es un humanismo… fueron acontecimientos: en aquellas largas noches, aprendíamos la identidad de pensamiento y libertad.
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Ya en ¿Qué es la literatura? Esbozaba Sartre el ideal del escritor: “El escritor empuña el mundo tal y como es, en toda su crudeza, con todo su sudor y su hedor, con toda su cotidianeidad, para presentarlo ante las libertades como fundamentado en una libertad… ¡No basta con reconocerle al escritor libertad para decirlo todo! Es necesario que escriba para un público que tenga libertad para cambiarlo todo, lo cual significa, además de la abolición de las clases sociales, la de toda dictadura, la renovación perpetua de los mandos, la subversión continua del orden en cuanto éste tiende a establecerse. En una palabra, la literatura es esencialmente la subjetividad de una sociedad en revolución permanente”.
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Sartre acaba de rechazar el Premio Nobel. Es la continuación práctica de la misma actitud, el horror ante la idea de representar prácticamente cualquier cosa, ya sean los valores espirituales o lo que él llama el ser institucionalizado.
El pensador privado necesita un mundo que comporte un mínimo de desorden, aunque no sea más que una esperanza revolucionaria, un ápice de revolución permanente. Hay en Sartre una suerte de fijación a la Liberación, a las esperanzas frustradas de aquellos días. Fue preciso esperar hasta la guerra de Argelia para volver a encontrar algo de la lucha política o de la agitación liberadora y, en este caso, en condiciones mucho más complejas, puesto que los oprimidos no éramos nosotros, sino que teníamos que rebelarnos contra nosotros mismos. ¡Oh, juventud! Sólo quedan Cuba y los maquis venezolanos. Pero más grande aún que la soledad del pensador privado es la soledad de quienes buscan un maestro, quienes necesitan a un maestro a quien solo pueden encontrar en un mundo agitado. El orden moral, el orden “representativo” se ha cerrado en torno a nosotros. Incluso el temor atómico ha adquirido el aspecto de un temor burgués. A veces se propone hoy a los jóvenes, como maestro de pensamiento, a Teilhard de Chardin. Tenemos lo que merecemos. Después de Sartre, no solo Simone Weil, sino la falsificación de Simone Weil. Y no es que no haya cosas profundamente nuevas en la literatura actual. Citando al azar: el nouveau roman, los libros de Gombrowicz, los relatos de Klossowski, la sociología de Levi-Strauss, el teatro de Genet y Gatti, la filosofía de de la “sinrazón” que elabora Foucault… Pero lo que hoy nos falta, lo que Sartre supo encarnar y reunir en la generación que nos precede, son las condiciones para una totalización: aquella en la cual la política, la imaginación, la sexualidad, el inconsciente y la voluntad se reúnen como derechos de la totalidad humana. Subsisten hoy sus miembros dispersos. Sartre decía de Kafka: su obra es “una reacción libre y unitaria al mundo judeo-cristiano de Centroeuropa; sus novelas son la superación sintética de su situación de hombre, de judío, de checo, de novio recalcitrante, de tuberculoso, etc”. Y también el mismo Sartre es una reacción al mundo burgués tal y como el comunismo lo ha puesto en cuestión.
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El último libro de Sartre, la Crítica de la razón dialéctica, es uno de los más bellos e importantes de los que se han publicado en los últimos años. Confiere a El ser y la nada su necesario complemento, en el sentido en que las exigencias colectivas vienen a perfeccionar la subjetividad personal. Y, si volvemos a El ser y la nada, es para recuperar el asombro que nos produjo aquella renovación de la filosofía. Hoy sabemos mejor que ayer que las relaciones de Sartre con Heidegger, su supuesta dependencia con respecto a Heidegger,  eran falsos problemas apoyados en malentendidos. Lo que nos estremeció de El ser y la nada era solamente sartreano, y daba la medida de la contribución de Sartre: la teoría de la mala fe, en la cual la conciencia, en el interior de sí misma, desempeñaba su doble capacidad de no ser lo que es y de ser lo que no es; la teoría del Otro, en donde la mirada del otro bastaba para hacer temblar el mundo y para hurtárnoslo; la teoría de la libertad, que se limitaba a sí misma, construyendo situaciones; el psicoanálisis existencial, en el que se recobraba la opción básica de cada individuo en el seno de su vida concreta. Y, en cada uno de esos casos, la esencia y el ejemplo contraían relaciones complejas que daban a la filosofía un nuevo estilo. El camarero de un café, la joven enamorada, el feo y, sobre todo, el amigo-Pierre-que-nunca-estaba-allí, configuraban verdaderas novelas en la obra filosófica y obligaban a las esencias a latir a ritmo de sus ejemplos existenciales. Y en todas partes brillaba una sintaxis violenta, hecha de fracturas y prolongaciones, que nos recordaba las dos obsesiones sartreanas: las lagunas de no-ser y las viscosidades de la materia.




El rechazo del Premio Nobel es una buena noticia. Por fin, alguien no intenta explicarnos que, para un pensador privado, es una buena paradoja aceptar los honores de la representación pública. Muchos intentan ya involucrar maliciosamente a Sartre en una contradicción: manifiesta sentimientos de desprecio ante él porque llega demasiado tarde: se objeta que, de todos modos, Sartre representa algo; se le recuerda que, a pesar de todo, su éxito fue y sigue siendo un éxito burgués, se sugiere que su rechazo no es ni razonable ni adulto; se le remite al ejemplo de quienes lo aceptaron rechazándolo, empleando el dinero en obras sociales. Quienes de este modo juegan con fuego deberían recordar que Sartre es un espléndido polemista… No hay genio sin parodia de sí mismo pero, ¡cuál es la mejor parodia? ¿Convertirse en un anciano adaptado, en una autoridad espiritual coqueta? ¿O permanecer fiel a la liberación? ¿Soñarse como académico o como guerrillero venezolano? ¿A quién se le oculta la diferencia de calidad, de genio, la diferencia vital entre estas dos opciones o entre estas dos parodias? ¿A qué es fiel Sartre? Siempre el amigo-Pierre-que-no-está-nunca-ahí. El destino de este autor es dejar pasar una bocanada de aire puro con sus palabras, incluso aunque este aire puro, que es el de las ausencias, sea difícil de respirar.


Gilles Deleuze (28 de noviembre de 1964)  


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