viernes, 15 de junio de 2012

Hopper en el Thyssen: El “evento” del verano.








Edward Hopper es un pintor al que admira todo el mundo y no disgusta a nadie. Es un pintor muy resultón, no hay más que ver la gran cantidad de imágenes que ocupan las revistas, postales, posters, cubiertas de libros y blogs (como este) o webs…





El que más y el que menos dice adorar sus obras, sus personajes solitarios, sus paisajes misteriosos y desolados, sus imágenes silenciosas o musicales, jazz, blues… según el gusto del adorador de turno. Dado que el séptimo arte es cuantitativamente muchísimo más popular, es decir que disfruta de más audiencia que la pintura, pues también por ahí Hopper se ha hecho aún más “famoso” que la mayoría de sus colegas, independientemente del nivel de su aportación al arte pictórico (¡qué tendrá que ver una cosa con la otra!), y ello debido a que algunos cineastas inmensamente populares se han inspirado en algunas de sus obras a la hora de diseñar los  escenarios de sus inmensamente populares películas. 




Por mi parte, y ahí van los porqués, le tengo como un pintor mediano de obras amables (que solo inquietan a los plumíferos que a falta de repertorio –se dedican al cultivo intensivo de media docena de adjetivos-deben de estar abonados desde tiempos “ancestrales” a “lo inquietante”), domésticas y domesticadas (por sus escasas y mediocres aportaciones, forma y contenido, al oficio del Patrono San Lucas), de mediana técnica (salvo en su faceta de  grabador, hay que reconocer que sus aguafuertes son magníficos y además los estampaba él mismo, lo cual habla bien de él como alumno y del gran John Sloan como profesor. Pero con el pincel miren cómo en su desesperante impotencia maltrata las figuras y cómo en muchas ocasiones se hace la picha un lío con los colores) y escasa ambición artística, aunque de nuevo salvaría sus grabados (Total: aportaciones singulares: cero): una medianía. Me gustaría recordar que Hopper nació un año después que Picasso, que tuvo el privilegio de visitar a principios de siglo hasta en tres ocasiones  París, centro mundial del arte en plena efervescencia , y de camino Madrid y Toledo, y que sin embargo no participó ni tan siquiera olió un solo movimiento de vanguardia en toda su vida. Lo apunto por lo de la “ambición” artística, que no económica. De la que por cierto andaban sobrados Hopper y señora.



Algunos pensarán que ya está el sabihondo llevándole la contraria al resto del personal para fardar de “entendido”, bien, pudiera ser, pero, si no es demasiada molestia, no tienen más que poner a un lado todas las escenas de interior realizadas por Hopper y al otro lado ese cuadro de Sickert (que algún malvado ha incluido como complemento en la expo) titulado “Aburrimiento (1914)”. Y luego, si lo desean, hablamos: de lo que es pintura, de lo que es una mera ilustración, de cómo se “pinta” una atmósfera, una mirada hacia dentro o al infinito, una gestualidad elocuente, una incomunicación sutil, un espacio opresivo y su color en su exacta entonación y unas formas trabadas en un diálogo “plástico” (entiéndanme, es que estamos tratando de pintura), en definitiva de todos los elementos que acaban por producir ese riquísimo sistema de resonancias en el que nada suena a falso. Todo lo cual resulta imposible de trasladar fuera del lenguaje de eso que llamamos “pintura” y que, para su disfrute, solo exige a cambio: detenerse, dejarse invadir, mirar con atención, indagar, escarbar e imaginar un poquito  y ver (claro está sin los espurios prejuicios adquiridos vía medios de desinformación).
Y si a alguien no le parece suficiente, pues que se detenga en examinar las obras presentes, como referentes cronológicos, en la expo y pertenecientes a Degas (Una lonja de algodón en Nueva Orleans) o a Félix Vallotton. Cualquiera de ellos diez veces más pintor que el bueno de Edward. Tanto su formación como los muchos años que estuvo ganándose la vida como ilustrador de portadas de revistas “de luxe” burguesas, de hoteles y viajes, mucho me temo que fueron un lastre excesivo para Hopper y así lo hemos de reflejar a la hora de valorar su papel dentro del mundo de la pintura; es lo que hay, aunque sea “impopular”. La interesada sobrevaloración de su obra en los USA se ha trasladado al resto de los “cretinos” de los mercados “subdesarrollados” encargados de administrar el escalafón artístico. 




Para terminar con este asunto lean este esclarecedor texto que figura impreso en las paredes de la exposición:
“En 1949 Hopper pinta un cuadro titulado “Reunión nocturna”. El cuadro es adquirido, pero el clima de anticomunismo producido por la guerra fría es tan intenso que el coleccionista devuelve el cuadro por el temor de que la escena representada se pueda entender como una reunión clandestina de agentes comunistas.”
¡Ahí le han dao!
El bueno de Hopper, y su mujer y modelo no digamos, que toda su vida se mantuvo más a la derecha que el grifo del agua fría, pintando comunistas, ¡el acabose!
No, no, todavía no, que les voy a describir someramente el cuadro:
Tres personajes en una sala amplia, llena de mesas y  con un gran ventanal. Luz misteriosa que penetra desde la derecha. Uno calvo en mangas de camisa arremangadas sentado sobre la mesa. El otro hombre de pie, de espaldas, con el abrigo y el sombrero puesto. En el medio de ambos una mujer, rubia de pelo corto, más fea que Picio, de rasgos machorros, muy tiesa y con las tetas enfundadas en un sujetador/coraza agresivamente picudo: algo así como la señorita Rottenmeier, sin moño…
No cabe duda, una reunión clandestina de comunistas.




En la obra de Hopper no hay noticia de  los negros o miembros de otras etnias, ni de los pobres aunque sean blancos y protestantes, ni de los suburbios, no hubo ley seca ni nunca ocurrió la gran depresión… no hay, o se ignora o se borra ningún contexto histórico, bueno sí, algo hay, es una especie de sucedáneo de mundo/contexto sin conflictos  sociales, sin opresores ni oprimidos, lleno de gentes pulcramente vestida y adiestrada en el silencio e incomunicadas entre sí, ni siquiera se miran, no se sabe muy bien por qué razón (¿Y si no tuvieran para compartir ni una banal ocurrencia?) o interés y con una profundísima y tristísima y supuesta vida interior y cines solitarios y gasolineras solitarias y oficinas solitarias con sus atractivas y solitarias secretarias de ropas ajustadas por si algún mirón solitario y aburrido desde alguna solitaria ventana…



Y por decirlo todo ahí va: Al comienzo de la exposición han colgado un pequeño óleo sobre cartón titulado “Figura solitaria en un teatro” pintado en blanco y negro y probablemente en no más de media hora, que me parece una pequeña maravilla, una pintura extraordinaria y que, a mi entender, contiene todo lo mejor que llegó a dar de sí, el solitario Hopper. Es de 1904.
Ahora bien, si vuelvo a escuchar otras mil veces lo de la casa de Psicosis… en fin.
Pues eso, que voy a tratar de relajarme y de ordenar las sensaciones, impresiones y pensamientos que he experimentado “en” y  “tras” la contemplación de esta superpublicitada exposición de Edward Hopper. Adrede estoy insistiendo en el temita de las audiencias, la popularidad y la publicidad. Y lo hago así porque cada día que pasa y en cada exposición a la que asisto la “obra artística”, en mi opinión y no por casualidad, ocupa un lugar más secundario, menos importante, subsidiario: casi podríamos decir que a éstos eventos la OBRA asiste “de florero”. 




Me explico.
1. Una de las salas está dedicada a los grabados de Hopper; en las cartelas en las que jamás olvidan consignar al “propietario” de la obra y donde tratas de encontrar una mínima información “técnica” te informan que aquel grabado es: un grabado. ¿Aguafuerte? ¿Aguatinta? ¿Litografía? ¿Xilografía? ¿Linóleo? : un grabado y punto, ¡qué más da!




2. Ahora las visitas guiadas son mucho más numerosas, el negocio de los cacharritos con las “explicaciones grabadas” es cada día más importante. Se venden menos super catálogos de 500 páginas en letra minúscula pero se alquilan decenas de miles de veces los pinganillos. Los guías, lo he podido comprobar, no conocen la diferencia entre un aguafuerte y una litografía (¡qué más da!) y en cuanto les haces una consulta fuera del guión te remiten al Catálogo. Un par de señoras ya maduritas estaban arrobadas frente a uno de los aguafuertes exclamando: ¡qué bonito carboncillo! Y es entonces cuando se le ha acercado una vigilante y le ha pedido que, por favor;  guarde la distancia con la obra, señalándole la línea fronteriza marcada en el  suelo.








3. La expo finaliza con un montaje muy “espectacular y americano”. Se trata de un plató. Se ha reconstruido en cartón piedra una obra de Hopper. Una habitación con una cama en la que está sentada la señora Hopper frente a una ventana por la que entra el sol. En este caso sustituido por un potente foco “cinematográfico”. Se ha colocado un pequeño minarete y delante un marco o moldura vacío. Te colocas en el minarete y, ¿Qué ves? Pues un pastiche del cuadro de Hopper que parece hecho por un aprendiz fallero, que ya es decir. Y como guinda la sorpresa: Éste es el único lugar del Museo en el que se pueden realizar fotos, no sé si caen en la cuenta del porqué. Qué cosas. Otro dato a tener en cuenta es que este mamarracho está pegado a la tienda, que cada día ocupa más espacio y está abarrotada de ceniceros, bolsos, cuadernos, pañuelos, paraguas, sombreros… detallitos para recordar y regalar… todo de Hopper o del que toque.
Y de Hopper que más puedo añadir que no hayan glosado ya desde sus privilegiados púlpitos, mentes tan preclaras y rigurosas con los intereses de sus señoritos como las de  Muñoz Molina o Carlos Boyero, ese par de fieles adoradores hopperianos o del que toque adorar (que para eso están donde están y para lo que están y generosamente retribuidos como lo están).
Bueno, dicho está.


ELOTROOTRO

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2 comentarios:

  1. Luís, celebro este texto tuyo. Coincido plenamente. Hopper es un ilustrador mediocre y como pintor hay que decir que su obra no tiene tensión ni emoción, pero si nos queremos poner clásicos amantes de la belleza y puestos a pasar del nervio, y de la expresión más o menos comprometida, solo nos queda decir que su obra no es bella y no tiene proporción ni armonía. Es un artista que se prestó a la fagocitación capitalista, pierde por goleada ante cualquier expresionista contemporáneo suyo o ante cualquier otro representante del Movimiento Moderno, su obra no aguanta ningún postulado del Movimiento Moderno. Allanó el camino al Pop Art, lo cual es algo así como decir que abrió la puerta al adocenamiento artístico de la segunda mitad del siglo XX. No me gustó la exposición sobre Chagall que se hizo en el Thyssen, pero ahora, si me desplazo a Madrid, no será precisamente para ver la obra de Hopper sino para ver a mis amigos.
    Salud
    Francesc Cornadó

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  2. Amigo Francesc, si acabas desplazándote a Madrid este verano tienes buenas exposiciones donde elegir, en El Prado: El último Rafael, llena de grandes pinturas y una colección de dibujos extraordinarios. En la fundación Mapfre: Ernst Ludvig Kirchner y en el Caixa Forum: el gran Piranesi y, en el mismo Thyssen, una pequeña muestra titulada “Rostros y manos” en la pintura germánica antigua y moderna con obras de Durero, Beckmann, Kokoschka... Como ves, hay donde elegir.

    Un saludo.

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