lunes, 11 de junio de 2012

Los hijos de los días / Eduardo Galeano






Setiembre
28

Día del derecho a la información
  
   Quizá sea oportuno recordar que un mes y pico después de las bombas atómicas que aniquilaron Hiroshima y Nagasaki, el diario The New York Times desmintió los rumores que estaban asustando al mundo.
   El 12 de setiembre de 1945, este diario publicó, en primera página, un artículo firmado por su redactor de temas científicos, William L. Laurence. El artículo salía al encuentro de las versiones alarmistas y aseguraba que no había ninguna radiactividad en esas ciudades arrasadas, y que la tal radiactividad no era más que una mentira de la propaganda japonesa.
   Gracias a esta revelación, Laurence ganó el premio Pulitzer.
   Tiempo después, se supo que él cobraba dos salarios mensuales: The New York Times le pagaba uno, y el otro corría por cuenta del presupuesto militar de los Estados Unidos. 

Eduardo Galeano





Octubre
12

Día del Descubrimiento

   En 1492, los nativos descubrieron que eran indios,
   descubrieron que vivían en América,
   descubrieron que estaban desnudos,
   descubrieron que existía el pecado,
   descubrieron que debían obediencia a un rey y a una reina de otro mundo y a un dios de otro cielo,
   y que ese dios había inventado la culpa y el vestido
   y había mandado que fuera quemado vivo quien adorara al sol y a la luna y a la tierra y a la lluvia que la moja.  
 
Eduardo Galeano





Noviembre
22

Día de la música

   Según cuentan los memoriosos, en otros tiempos el sol fue el dueño de la música, hasta que el viento se la robó.
   Desde entonces, para consolar al sol, los pájaros le ofrecen conciertos al principio y al fin de cada día.
   Pero la música ha sido vencida. Los alados cantores no pueden competir con los rugidos y los chillidos de los motores que gobiernan las grandes ciudades. Ya no se escucha el canto de los petirrojos.  En vano los escasos ruiseñores se rompen el pecho queriendo hacerse oír, y el esfuerzo por sonar cada vez más alto arruina los trinos de los mirlos y las voces de los benteveos. 
   Y ya las hembras no reconocen a sus machos. Ellos las llaman, virtuosos tenores, irresistibles barítonos, pero en el estrépito ellas no distinguen quién es quién, y terminan aceptando el abrigo de alas extrañas.

Eduardo Galeano

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